Bien público

¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?

Jonathan Menkos Zeissigjmenkos@gmail.com

Hoy hace un año fallecía Zygmunt Bauman, dejando un amplio legado de conocimiento sobre la realidad actual y cómo los ciudadanos la pueden afrontar. En 2014, Bauman publicó el libro ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, en el que desarrolla los pilares de la desigualdad social, y nos recuerda la gran contradicción que existe entre la realidad que afronta a diario la mayoría de personas y esa idea de que “la mejor manera de ayudar a los pobres a salir de su miseria es permitir que los ricos sean aún más ricos”, narrativa construida por una minoría poco democrática que vive del fundamentalismo del mercado y profesa la ideología del derrame asentada en opiniones y argumentos fraudulentos y engañosos.

Bauman analiza lo que denomina “principios de injusticia” —la normalidad de la exclusión, el elitismo eficiente, el fundamentalismo del crecimiento económico y la competitividad, y la inevitabilidad de la desigualdad— que sustentan el camino a la casi irreflexiva sumisión de muchas personas a la desigualdad social. Para comprender Guatemala, a estos principios es preciso agregar el racismo y los votos a favor de la impunidad. En las sociedades basadas en la injusticia se ha terminado normalizando, por ejemplo, el desempleo y los salarios de hambre, la pobreza, la discriminación racial y de género, el empobrecimiento democrático de los contenidos educativos, la transformación de los derechos en privilegios para quien pueda pagarlos en el mercado, e incluso, la naturalidad con que se pactan negocios turbios entre agentes privados y la administración pública, sean estos construcción de carreteras, compras de bienes y servicios o privilegios fiscales.

La riqueza lograda valiéndose de la injusticia no nos beneficia a todos. Por el contrario, aumenta la desigualdad y, en el mediano plazo, tampoco beneficiará a aquellos que hoy se enriquecen. Los bajos salarios son un lastre para las familias, además impiden dinamizar la actividad económica y ampliar la base tributaria. La baja carga tributaria de la que disfrutan, y por la que siguen pujando en este país, algunos de quienes más recursos poseen, impide fortalecer las políticas públicas que mejoran el bienestar social y la infraestructura económica, e incluso aquellas que garantizan un mejor sistema de justicia y probidad. Como recuerda Bauman, “la primera víctima de esta profunda desigualdad será la democracia, a medida que todos los bienes necesarios, cada vez más escasos e inaccesibles para la supervivencia y para llevar una vida aceptable se conviertan en objeto de una rivalidad encarnizada (y quizá guerras) entre los que tienen y los que están desesperadamente necesitados”.

Por el bien de la sociedad y de los individuos se debe repartir la riqueza de forma más justa. En ese sentido, el libro cierra con una reflexión sobre la necesidad de no cesar en el empeño de buscar reformas políticas que permitan sustituir el modelo actual por uno basado en “el anhelo humano de la coexistencia que conlleva la cooperación amistosa, la reciprocidad, la generosidad, la confianza mutua”, entre otros valores urgentes para la vida en democracia, y que se deben reflejar en el mercado laboral y en una política fiscal moderna y justa: más ingresos públicos recaudados con efectividad y justicia (quien más tiene, más paga); un gasto público con metas de desarrollo e inclusión evaluables; más transparencia y probidad en el actuar de la administración pública; cerrar los caminos a la corrupción, pública y privada, y aumentar la participación de los ciudadanos en la gestión de lo público.

jmenkos@gmail.com