Con otra mirada

La vuelta Guadalupe-Reyes

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

Para el mundo mesoamericano la celebración del día de Guadalupe tiene particular importancia, puesto que se trata de una imagen religiosa de 1531 cuyo origen está debidamente registrado por la historia. El misterio de su expresión en la tilma de Juan Diego sigue siendo motivo de investigación técnica y científica, pues no se terminan de entender infinidad de aspectos que rayan en lo inexplicable. Cada 12 de diciembre se celebra como una festividad indígena, como algo propio de nuestro mestizaje cultural y sincretismo religioso que supera las barreras del racismo; punto de encuentro de insustituible valor. Forma parte de nuestro ciclo navideño.

La festividad de la natividad del niño Dios tiene origen en el mundo pagano de la Roma imperial que celebraba las festividades saturnales, en honor al dios de la agricultura y la cosecha, que transcurrían entre el 17 y el 23 de diciembre. La conmemoración coincidía con el solsticio de invierno, cuando el sol sale tarde y se pone temprano, por lo que no había labor agrícola. Las fiestas se prolongaban durante siete días.

El 25 de diciembre celebraban la fiesta del Natalis Solis Invictio asociada al nacimiento de Apolo. Esa fecha fue considerada como día del solsticio de invierno. Cuando Julio César introdujo su calendario en el año 45 a. C., ese día debió ubicarse entre el 21 y 22 de diciembre de nuestro calendario gregoriano. De esa fiesta, se tomó la idea del 25 de diciembre como fecha de la natividad, es decir, el nacimiento de Jesús. Por eso es que en ninguna parte de la Biblia se menciona la fecha exacta del nacimiento de Jesús; así como que en el arte tradicional se le represente en forma del dios solar Helios o Sol Invicto.

Para los mayas, el calendario tzolkin consta de 260 días —kines— y tiene 20 meses. Está relacionado con la duración de la gestación humana, aunque otros lo refieren al ciclo del planeta Venus en su órbita al sol. Se combinaba con el calendario haab de 365 días, que tiene 18 meses —uinales— de 20 días —kines— cada uno y cinco días adicionales denominados uayeb, considerados libres, vacacionales y excluidos de los registros cronológicos, aunque eran fechados.

En otras palabras, cualquiera sea la cultura y el índice de referencia con que el hombre ha medido el paso del tiempo, el fin de la cuenta termina con el ciclo agrícola, y el agradecimiento por los frutos cosechados como garantía de la subsistencia. Agradecimiento con el que se ha permitido un respiro de varios días para festejar la vida.

Hoy, aunque para el homo urbanus el tema de la subsistencia se reduzca a contar con el dinero para hacer la compra en el mercado, supermercado o centro comercial, tiene claro que el ciclo navideño le ofrece la oportunidad de encontrarse con familiares y amigos, hacerse regalos como muestra de afecto, y compartir displicentemente lo poco o mucho que posee.

El festín, la celebración, el convivio y la parranda están incluidos. Los mesoamericanos llegamos a crear una nueva e importante tradición: La vuelta Guadalupe-Reyes, que lejos del origen religioso de sus extremos, el reto consiste en que el cuerpo aguante los esfuerzos supremos a los que será sometido de manera continua y permanente.

Se le apuesta a que una vez sobrevivido el desafío, a partir del 6 de enero se jurará por todos los santos no volver a comer y beber con el exceso anterior, y se hacen votos y vanas promesas por hacer dieta a fin que la ropa nos vuelva a quedar.

¡Que vivan las tradiciones del ciclo navideño!

jmmaganajuarez@gmail.com