La era del fauno

Llegar a adulto mayor en Guatemala

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Un anciano camina apoyado en su andador de cuatro patas. Dos piernas delgadas sostienen su cuerpo encorvado. Se dirige hacia el sanitario. Se desplaza muy lentamente, pasa cerca de Información, donde un niño es cargado en brazos de su madre. Ese niño, que ha de tener un par de meses, si bien le va terminará sus días como ese anciano. Si bien le va. Nosotros, el resto de guatemaltecos, estamos entre ese niño y el anciano.

El señor apenas tiene energías para dar un paso tras otro y se demora en ir al sanitario lo que uno tarda en darse una buena ducha. A pesar de eso, es afortunado porque muchos a su edad, en este país, no tienen la posibilidad de acudir a las clínicas de un hospital privado, económico, pero privado, como es el caso.

Entre el niño y el anciano estamos, decía; tal vez, tratamos de alejarnos de la condición del niño y de evitar llegar a la situación del adulto mayor. Puede que a eso se refiriera Brecht en su poema El cambio de rueda: “Estoy sentado al borde de la carretera, el conductor cambia la rueda. /No me gusta el lugar de donde vengo. /No me gusta el lugar adonde voy. /¿Por qué miro con impaciencia el cambio de rueda?” (1953)

En algunas culturas, la ancianidad es recompensada con el cetro, con el arribo a lo más alto de la jerarquía. A partir de allí se es venerable hasta la muerte. En otras culturas no se engarza la edad a la sabiduría, pero a los mayores se les brinda bienestar, óptimos servicios de salud y paseos por el mundo. Conocí al abuelo japonés de una amiga, que poseía los dos atributos. Veneración y bienestar. También conocí a un adulto bastante mayor, cercano a los 100 años de edad, alegre, nada místico ni rezador, holandés; aun cuando estaba serio tenía en la cara pintada una sonrisa pícara y auténtica. A esa edad no se puede fingir. Andaba en zapatos tenis, ropa holgada como deportista y comía cereales, sin babear. Llegó a esa edad con la fortuna de ser, como dicen los gringos, un viejo clean. A eso aspiramos, a llegar limpios, sin fastidiar a nadie y saludables. Imposible.

La dicha en la adultez será consecuencia de haber llevado una vida desarrollada en un hábitat cordial. No por gusto la palabra cordial viene del sustantivo corazón (cordis). El bienestar o el calvario dependerá de la situación de cada país. El nuestro es hostil con los mayores. En este país, la gente muere joven. Japón tiene un rango de ancianidad de 42 por ciento; Holanda, de 24 por ciento, y Guatemala, del 7 por ciento. Ese porcentaje que llega a la vejez, ese 7 por ciento lo hace con esfuerzos desgarradores, como podemos constatarlo en las calles y los hospitales públicos. Si son pobres, como la mayoría, los ancianos carecen de atención médica y es impensable que viajen durante un par de semanas a bordo de un crucero.

Se pensará que es injusto comparar a Guatemala con dos países desarrollados. Hagámoslo, entonces, con Cuba, país al que algunos odian aun cuando tiene altos índices de salud y cero analfabetismo. Para empezar, su extensión territorial es muy parecida a la nuestra (Cuba tiene un área de 110,860 km²; Guatemala, 108,889 km²). El rango de ancianidad cubano es del 20 por ciento y sus habitantes tienen una esperanza de vida de casi 80 años (Japón, 85). Mundialmente, Cuba ocupa el puesto número 12 en servicios de salud, cercano a Estados Unidos, Suecia, Suiza, Francia, Holanda y Alemania (Guatemala ocupa el puesto 101).

Ya vuelve el anciano. Ya se llevaron al niño. Y bueno, los datos los tomé, entre suceso y suceso, de la página de la CIA (World FactBook 2017). Perdonarán ustedes la referencia.

@juanlemus9