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Música sinfónica guatemalteca

Paulo Alvaradopresto_non_troppo@yahoo.com

Último concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional en su presente ciclo, el pasado jueves 29. El auditorio del Conservatorio Nacional, con una buena asistencia de público. El público, ávido de escuchar un repertorio innovador e interesante. El repertorio, valioso; ciertamente justifica la denominación “temporada extraordinaria” cuando nuestra principal orquesta sinfónica brinda lo que se debe calificar como su cometido fundamental: la difusión de la música de Guatemala. Una música muy bienvenida, aunque todavía pendiente de un estudio a profundidad, de una ejecución frecuente y de una asimilación y divulgación mucho más amplias.

Entre los comentarios del folleto de mano apuntó el joven compositor Xavier Beteta que el programa de la noche trataba de reencontrarnos con Ricardo Castillo y Manuel Martínez Sobral y, de cierta forma, entablar un proceso de recuperación de su música. Fue así como durante la función se escucharon piezas de estos tres autores. A modo de obertura, “Guatemala I” de Castillo, para concluir con “Acuarelas chapinas” de Martínez Sobral. En la parte central y en estreno absoluto, el “Concierto N° 1 para piano y orquesta” de Beteta. El propio autor fue el solista. Como director de orquesta actuó el maestro Ernesto Calderón.

Es evidente que cuando procuran retratar lo guatemalteco, siempre se trasluce y resulta determinante la admiración que Castillo y Martínez Sobral sienten por los compositores europeos que inspiran su manejo musical de motivos y estímulos locales, tanto en lo conceptual como en lo técnico. Acertadamente indica el maestro Rodrigo Asturias –actor clave para el conocimiento y la puesta en valor de estos dos autores guatemaltecos– que ambas piezas, de 1934 y 1907 respectivamente, buscan trasladar lo visual a lo auditivo. De este modo es que los dos hacen alusión a los ambientes que formarían parte de sus vivencias y, a su vez, observan y reflejan el desfase histórico de una Guatemala que permanece en pugna con siglos de inmovilidad social. En franco contraste, la obra de Beteta también se vincula en cuanto a lo visual, desde su título “Tomás de Merlo” y los encabezados de sus movimientos, pero se libera en cuanto a su deuda artística. Este concierto para piano se refiere a tres de los seis cuadros del célebre pintor del siglo XVIII, que fueron sospechosa e impunemente sustraídas del Calvario de Antigua hace casi siete años (confróntese el artículo que a la sazón publicamos en este mismo medio, el 9 de febrero de 2014). Su lenguaje musical, empero, es personal: la construcción textural antes que melódica, ciertos tonos que funcionan como ejes alrededor de los cuales ocurren las intervenciones de la orquesta, el piano que repetidamente deviene un elemento obligado antes que protagonista y, en general, una solidez contenida, vigilante, alejada del malabarismo, que no es facilista pero tampoco se extralimita.

Felicitaciones a la Sinfónica Nacional y un saludo muy efusivo a Xavier, por habernos compartido la primera exposición pública de esta composición, no solo como autor, sino como ejecutante al piano, instrumento que domina de manera muy completa. Igualmente va un reconocimiento para Ernesto, al frente de la orquesta, cuyo desafío primordial sigue siendo la falta de costumbre para abordar música nueva. Esto se tradujo en interpretaciones que fueron adecuadas a las obras, pero cuya falta de soltura y de transparencia únicamente podrán superarse cuando esta clase de repertorio se convierta en parte habitual de la programación. Ya vendrá el momento en que su ejecución se acometa con naturalidad y un entusiasmo comprometido con el arte contemporáneo.

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