Opinión

Aleph

El discurso que nos norma

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

“Los guatemaltecos necesitamos unirnos y concentrarnos en atender la crisis. Frente a las necesidades de los afectados, ¿dónde estaban y dónde están los grupos que hoy bloquean las calles?”, fue el mensaje en Twitter de @CACIFnoticias. Despertó una respuesta inmediata de muchísimas personas, de la jauría sin argumentos de siempre, de los “netcenteneros” de oficio, y también de ciudadanía de diversos sectores. La mayoría de respuestas eran contra el mensaje, incluso de otros empresarios que en WhatsApp se manifestaban en ese sentido.

Creí ver en esas respuestas el desplazamiento discursivo que se ha venido dando desde 2013 —debate por genocidio—, 2015 y 2017 —debate por corrupción e impunidad—. Y es que la mayoría de personas deseamos que la pobreza y la violencia terminen, pero hay enfoques distintos acerca de los caminos que podrían conducirnos hasta allí. A esos enfoques vienen amarrados discursos que se ponen más en evidencia en momentos de crisis, como ahora con la tragedia del Volcán de Fuego. Y como vamos de crisis en crisis, conviene leer el desarrollo de los debates políticos amplios que se han dado en torno a cada problema que enfrentamos.

Como referentes necesarios para este caso puntual de la tragedia que enfrentamos, tendríamos que hacer un detallado análisis de los discursos de los distintos sectores de la sociedad guatemalteca en cuatro momentos: 1. Posterremoto de 1976; 2. PosMitch, en 1998; 3. PostStan/Ágatha, en 2010 y 4. Posvolcán de Fuego 2018. Luego, tendríamos que medir esos discursos contra las acciones y resultados, para ver en qué dirección nos hemos movido. Porque más allá de ser solo tragedias “naturales”, son tragedias atadas a la exclusión en que viven millones de personas y a la mala respuesta gubernamental en varios casos. En este pequeño artículo no hay espacio para ello, pero sí podemos comenzar a identificar algunos de los discursos actuales, a partir de un Análisis Crítico del Discurso (ACD), que siempre pasa por revisar cómo se evidencian, a través del lenguaje, las relaciones de poder y las desigualdades existentes en nuestra sociedad.

El análisis de los tipos de argumentos, la recurrencia de patrones de ideas, las repeticiones de palabras, las estructuras sintácticas, las falacias, las figuras retóricas, todo eso constituye material de análisis. Y luego, queda el “corpus” de todos los discursos desde los distintos sectores, que pueden darnos una idea aproximada de nuestra sociedad. En el caso del mensaje que marca el inicio de este artículo, podemos analizarlo en dos partes: la primera invitando a la unidad, y la segunda llamando a la confrontación. Es una contradicción en sí mismo.

Por ello se explican respuestas como la de @saramelini en Twitter: “En su casa, trabajando sus tierras, alimentando a sus familias y viendo cómo su gente es asesinada como animales, siendo víctimas de un sistema desigual que los ha condenado al abandono, ahí estaban nuestros hermanos, sobreviviendo”. En medio de un mensaje de confrontación sin más argumento de peso que el de la unidad —que luego destruye— y el otro de victimización —con bastante de realidad—; en medio de esos discursos que un día ojalá dejemos atrás no porque entremos al silencio, sino porque tendremos un país de verdad, hay una Guatemala de exclusiones, marginalidad, impunidad, corrupción y violencia que nadie, en su sano juicio, podría negar. Los indicadores sociales, económicos y políticos hablan por sí solos.

Entendemos que, aunque cada vez somos receptores menos pasivos de los mensajes que todos los sectores emiten, hay claros responsables de primera línea en la construcción del corpus discursivo que nos norma y en las prácticas de esos discursos. Entendemos también que la democracia no se hace en las redes sociales, pero en ellas vamos viéndonos un poco en uno de tantos espejos.