Pluma invitada

Algoritmos en el Popol Vuh

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

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El reto más grande que tenemos en la vida es cómo resolvemos nuestros problemas… “cómo convertimos nuestras ideas en realidades”, susurró el Clarinero. Cuando una idea se multiplica miles de veces, sin perder su capacidad de solución, se dice en la actualidad que “hemos encontrado su algoritmo”. Estoy escribiendo un libro sobre este tema, solo que, en lugar de recurrir a la ciencia occidental, he descubierto que en algunos de los mitos milenarios del Popol Vuh se encuentran encriptados valiosos algoritmos que sorprenden.

A finales del siglo pasado, Fritjof Capra publicó El Tao de la Física (The Tao of Physics). La sabiduría que durante cientos de años ha sido incubada en las filosofías orientales como el budismo, hinduismo, los seguidores del Zen, del Tao y del pensamiento chino, Fritjof Capra la identificó como hermana gemela, con los descubrimientos que, en occidente, había hecho la física de la relatividad y de los cuanta.

Después de publicar este libro maravilloso, Capra viajó por el mundo y descubrió que miles de personas pensaban y sentían algo muy parecido a lo que él pensaba y sentía: que la realidad tiene dos lados. Uno, donde todo está unido con el todo, y no cambia, y, otro, donde todos nos vemos separados de lo que nos rodea y competimos por quedarnos con la mayor parte del pastel. O sea, por un lado somos como dioses que estamos unidos al universo y participamos en su devenir, y por otro nos matamos unos a otros por las migajas del pastel. Las filosofías orientales buscan sacarnos del mundo de las migajas y devolvernos el milagro de vivir a través de poner a prueba todo nuestro ser, retándonos a encontrar “el algoritmo” que nos conecta con la unidad que existe en todo lo creado. Jonas Salk, virólogo estadounidense, quien desarrolló la vacuna contra la poliomielitis a mediados del siglo pasado, expresaba que él reconocía que el universo se desarrollaba de manera caleidoscópica y de acuerdo a un orden interno. Que las personas pueden aprovechar este dinamismo que fluye continuamente, al punto de que intuyen la forma en que el futuro quiere emerger y por ello pueden apresurarlo. Que fue esa fuerza la que le impulsó a desarrollar la vacuna utilizando virus muertos en lugar de vivos, como las investigaciones sugerían.

Desde mi punto de vista, he encontrado lecciones encriptadas en los relatos del Popol Vuh que nos sacan de la visión del mundo fragmentado y nos recuerdan la conexión que existe con el universo. El mito de Ixquic, la madre de los héroes gemelos Hunahpú e Ixbalanqué, siempre me intrigó. Cuenta que Ixquic sale de Xibalbá cuando ya está embarazada de los gemelos y se presenta en la casa de Ixmucané como la futura madre de los hijos de su hijo, Hun-Hunahpú. La abuela la desprecia. Ixquic insiste. Para resolver el problema, Ixquic acepta el reto que le propuso la abuela: ir a la milpa y volver con una red llena de mazorcas de maíz. Al llegar a la milpa, Ixquic descubre que solo hay una mata de maíz con una mazorca. Desesperada invoca a los dioses y de pronto siente el impulso de arrancar las barbas de la mazorca y las coloca dentro de la red. ¡Y, zas, ocurre el milagro! La red se llena de mazorcas, al punto de que los animales de la montaña le ayudan a cargarla. Al ver la red, Ixmucané corre a la milpa y observa que en el suelo todavía está la huella que dejó el peso de la red llena de mazorcas. Entonces le dice a Ixquic: “Esa red de maíz es la prueba de que eres verdaderamente mi nuera. Tus hijos serán sabios”.

Desde nuestra mentalidad fragmentada, este mito no pasa la prueba. Pero desde la mentalidad del algoritmo cuántico, sí. Está visto que en la cosmovisión maya, como en el mundo cuántico, de la múltiple cantidad de posibilidades que existen para resolver un problema es preciso elegir la que está en total conexión con el entorno. Así, en un impulso creador, se encontrará el algoritmo, como le ocurrió a Ixquic. Es nuestro entorno, no nosotros, el que actúa, “el que convierte las barbas en mazorcas…”, esa es la gran lección. Si no me creen, ¿por qué Kodak, el gigante de la fotografía tradicional, quebró en el 2012, mientras que el algoritmo de Instagram, ese mismo año, fue comprado por Facebook por más de mil millones de dólares, porque en menos de 24 horas obtuvo más de un millón de descargas.