Pluma invitada

Aniversario de la visita de un santo a Guatemala

Publicado el

Archivado en:

plumas invitadas

El 7 de marzo de 1983, llega a Guatemala un santo. Un hombre libre que confió en las palabras de Jesucristo “Conocerán la verdad y la verdad los hará libres (Jn. 8,31-38)”, y las puso en práctica en su vida, creciendo y viviendo en libertad, a pesar de haber nacido bajo el régimen comunista en su natal Polonia, donde las libertades estaban restringidas, con una especial persecución a la Iglesia Católica. Hablamos de san Juan Pablo II, que nos trajo un mensaje de esperanza, amor y paz.

A su llegada al país, la situación política y social pasaba por un momento difícil, con una guerra interna que había durado ya 23 años. Lo recibe el presidente de facto José Efraín Ríos Montt, quien había llegado al poder por un golpe de Estado militar, con políticas antisubversivas que rayaban en el abuso de autoridad. Un dato especialmente incómodo fue la negativa del presidente a la solicitud del Papa de conceder el indulto a seis personas que habían sido condenadas a la pena de muerte.

Me centraré en la hermosa reflexión sobre el fundamento de nuestra fe, el misterio de la Santísima Trinidad. Es de particular emotividad, cuando llama la atención, en nombre de Cristo, a los hombres de todas las posiciones e ideologías, suplicando que recuerden que todos somos hermanos y debemos respetarnos y amarnos unos a otros, independientemente de nuestra corriente de pensamiento, raza, posición social, visión política y religiosa. Luego explica la estrecha e inseparable relación entre evangelización y promoción humana, que deben llevar al desarrollo y la liberación, donde no podemos ser indiferentes a los problemas sociales, fundamento de la doctrina social de la Iglesia.

Nos llama a vivir la caridad, a todos. De manera especial a los que tienen el poder económico y político de los pueblos, ya que es tarea de todos, cada uno según su responsabilidad, velar por el bien común, pero de una manera muy especial de los marginados, los desvalidos, los empobrecidos y los que sufren por la indiferencia o el egoísmo de los demás, pues todos poseemos la misma dignidad.

A los pastores de la Iglesia nos recuerda que debemos transmitir íntegro el mensaje de Cristo, poniendo especial importancia en la formación, pues de esto depende que se comprendan y se puedan explicar las verdades reveladas, de una manera clara. Además recuerda que no debemos ofuscar nuestra visión ni recurrir a ideologías contrarias a la fe, sino mantenernos fieles a lo que hemos recibido.

La última llamada que hace de modo muy enérgico es cuando nos dice que ya no haya más divorcio entre fe y vida, pues bien entendido, si la fe ilumina nuestra vida, viviremos adecuando nuestras decisiones y realidades temporales a la ley de Dios, según la fe que profesamos.

Existe la premisa de que el Estado es laico, y con toda razón no gobernamos los clérigos, sino personas que no se han consagrado al servicio de Dios entregando toda su vida a esto. Pero no se debe perder de vista que el hecho de ser laico no quiere decir que sea gobernado por pensamientos y prácticas malignas, y tampoco quiere decir pervertido o corrupto, que son deformaciones en las que se ha caído, al no entender la laicidad como se debe.

Es de todos conocido que quienes trabajan en puestos de gobierno, los encargados de impartir justicia, legisladores, empresarios, obreros, profesan una religión, y que en nuestro país el alto porcentaje es de cristianos, sea católico o evangélico, que son las más numerosas, y por eso se vuelve urgente que cada uno viva según su fe, no reduciéndola al ámbito privado, sino que la aplique en todo lo que hace, de esa manera se extirpan todos los males sociales.