Pluma invitada

Docentes, exigencias y reconocimiento

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Una anécdota que sucedió hace algún tiempo en Alemania: los médicos, jueces e ingenieros le solicitaron a la canciller de ese entonces, Ángela Merkel, la nivelación de sus sueldos con los de los maestros, pues estos tenían el salario más alto de la Nación. Ella les contestó: ¿Cómo los nivelo con las personas que los formaron y educaron?

Así debe reconocerse la labor del docente, de la persona que dedica su vida a formar y educar a las nuevas generaciones; es valorar el rol que tiene en el desarrollo de la sociedad y del país en general.

No cabe duda de que ser maestro en nuestro país representa grandes desafíos y retos. Una labor llena de circunstancias adversas y condiciones deplorables. El maestro debe cumplir con su responsabilidad ante las autoridades; debe responder con buenos resultados ante los padres de familia; debe lograr que sus alumnos aprendan y se formen como buenos ciudadanos; debe ser ejemplo y modelo de conducta ante la sociedad. Todo mundo le pide cuentas; es decir, es objeto de auditoría constante y permanente bajo las circunstancias y condiciones que todos conocemos. Debemos repensar cómo valorar la labor del maestro y brindarle las herramientas necesarias para que realmente se convierta en el sujeto que con su trabajo y dedicación contribuya al desarrollo del país.

En la actualidad, dados los cambios de la sociedad, la escuela demanda otro modelo de maestro. Uno que asuma un nuevo rol, que responda a los desafíos del presente y futuro de la sociedad, que esté preparado para enfrentarse a situaciones difíciles y complejas que plantea la diversidad cultural, el entorno socioeconómico, la globalización, los avances de la tecnología y la presión de los cambios tan acelerados que se producen en los procesos sociales.

Por esto, la función del maestro adquiere mayor relevancia y trascendencia, pues su misión deja de ser la de transmisor de conocimientos a las nuevas generaciones, para convertirse en guía y mediador del proceso educativo. Es un facilitador de aprendizajes que ayuda a sus alumnos a que aprendan a aprender a lo largo de la vida; a ser personas de bien y éticamente responsables; a hacer cosas con lo que saben en servicio del bien común; y a convivir con otros, en un marco de equidad, inclusión e interculturalidad.

Los que somos maestros de vocación tenemos claro que esta profesión que escogimos no es para acumular riqueza material, sino para hacernos más humanos, para ser ricos de esperanzas y recuerdos. Sin embargo, pertenecemos a un gremio de trabajadores que siempre está buscando mejorar condiciones económicas, laborales y sociales; que los centros educativos posean lo básico para poder atender dignamente a los alumnos: infraestructura adecuada, alimentación diaria, útiles y materiales educativos.

Se le pide al docente guatemalteco ser líder, competente y capaz, tener vocación, ser ejemplo, tener amplia cultura, etc., pero ¿qué clase de líder, qué tipo de ejemplo? Se dice que nuestro país necesita un maestro que haga realidad la calidad en el aula, que logre excelentes resultados en sus alumnos y que brinde una formación integral, pero ¿cómo y con qué?

Ser maestro en Guatemala tiene un gran valor y es una proeza, pero ser un excelente maestro que inspire y que sea ejemplo para sus alumnos requiere de un gran sacrificio de tiempo, dinero y familia, dadas las circunstancias y condiciones en que desempeña su labor.