Pluma invitada

La comparación ilusa

Pablo Rodas Martini  @pablorodas

Como es usual después de cada elección en El Salvador, los analistas y los políticos guatemaltecos se afanarán por encontrar similitudes con la política chapina, los candidatos presidenciales incluso entre Nayib Bukele y ellos. Las elecciones salvadoreñas son como un meteorito que cada cinco años despierta comparaciones imaginarias y que este año despierta aún más interés debido a que ambas elecciones casi se cruzan en su ciclo veinteañero —cuando nuestros cuatro años coinciden con los cinco del lado salvadoreño—. ¿Cómo encapsular ese anhelo de analistas y políticos? Comparación ilusa.

Desde que Arena comenzó su reinado se ha querido cotejar la política de ambos países. Desde que se dio la victoria de Alfredo Cristiani en 1989, el Cacif se ha preguntado por qué Guatemala no ha podido replicar el modelo de un partido de derecha dominante. Por años procuraron descubrir la “piedra filosofal” de la derecha salvadoreña. La misma creación de Fundesa —entidad que aún sigue siendo la vanguardia intelectual del sector privado guatemalteco— no fue sino un intento por replicar a Fusades, el poderoso centro de investigación guanaco que le dio sustento programático a varios gobiernos de Arena.

La izquierda guatemalteca también pecó de ingenua. Al firmarse la paz, la URNG estaba convencida de que emularía la fortaleza que el FMLN había mantenido después de la firma de la paz en el vecino país. Parecía uno más uno igual a dos: tanto el FMLN como la URNG habían logrado un arraigo en capas urbanas y en el interior de cada país, y el FMLN y la URNG lograron conservar la unidad después de la guerra —la URNG la perdería pronto—. El dos, por tanto, parecía obvio: la URNG se consolidaría como uno de los principales partidos de oposición, si es que no como el más importante. El FMLN fue ganando más curules en cada elección, hasta llegar a la presidencia; la URNG pasó a ser… UF, expresión que de acuerdo a la RAE denota: “cansancio, fastidio o sofocación”.

En 2005 trabajé en Bolivia por cerca de un mes. A medida que más me adentraba en su desempeño económico, político y social me percataba de que tenía similitudes sorprendentes con Guatemala; las similitudes eran mayores que las que Guatemala podía tener con países tan cercanos como el mismo El Salvador. Guatemala y El Salvador son “substancias químicas” muy parecidas —gran inequidad en la distribución del ingreso, remesas cuantiosas, centros comerciales llamativos, crimen elevado, maras, etc.—, pero con algunos elementos clave muy diferentes, lo que ha devenido en dos historias político partidarias asimétricas.

Las “substancias químicas” que difieren son las siguientes. Primero, la composición racial es diferente. Nosotros tenemos una fuerte presencia indígena, lo que nos da una idiosincrasia muy diferente a la salvadoreña, y me refiero no solo a los indígenas, sino que a los mismos ladinos chapines. Segundo, El Salvador es casi un país urbano, donde todo queda cerca; Guatemala, por el contrario, tiene una mayor ruralidad, y las distancias son mucho más grandes. Por eso los partidos salvadoreños pueden crear presidentes de candidatos casi desconocidos, mientras que en Guatemala los candidatos tienen que competir dos o hasta tres veces para llegar a la presidencia —Jimmy Morales ha sido la única excepción del período democrático—. Tercero, El Salvador continuó la guerra civil por la vía democrática: lo que dio lugar al bipartidismo de muchos años, pero aún hoy, cuando Arena y el FMLN han sido derrotados, El Salvador tiene pocas agrupaciones políticas, mientras que la nuestra es abigarrada y caótica, con 20, 30 o más grupúsculos políticos.