Cable a tierra

Se llama Jessica y necesita su riñón

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com
Hace unos días vi una nota en un medio de prensa. Un padre pidiendo apoyo y solidaridad para reunir un cuarto de millón de quetzales para poder hacer un trasplante de riñón a su hija que padece de enfermedad renal crónica. Ella se llama Jessica, tiene apenas 15 años y miles de ilusiones por vivir. A diferencia de muchos otros con su misma condición, 
Jessica ha tenido la fortuna de hallar un donante compatible, un ser humano cuya nobleza extraordinaria permitirá que esta joven tenga una mejor oportunidad en la vida. ¡Claro, si su familia reúne el dinero para hacer la operación!
 

No conozco a Jessica: ni es mi amiga ni mi pariente. Solo sé que ella y su padre no han perdido la fe durante todos estos años en que han luchado por la vida en una sociedad que no ofrece garantía de salud ni de atención médica más que para quienes pueden pagar por ella. Escribo esta columna como un modesto aporte para que Jessica pueda recibir su trasplante pronto, confiando en que los apreciables lectores que me leen semana a semana o eventualmente puedan dar su apoyo a esta familia que tanto lo necesita. Quienes deseen o puedan apoyar, está la cuenta número 3313019379 de Banrural, a nombre de Jessica Álvarez, o bien pueden contactar a su padre, don Rubén Álvarez, al (502) 43947331.

Lo duro es que hay muchas Jessicas en Guatemala. La enfermedad renal crónica se ha convertido en una de las primeras causas de enfermedad y muerte prematura en el país y no tenemos un sistema público de salud que garantice a las familias que podrán recibir el tratamiento oportuno que necesitarán, frecuentemente durante toda su vida, si no encuentran un donante idóneo. Datos del Ministerio de Salud muestran que entre el 2008 y el 2015 se ha duplicado el número de casos que se registran de esta enfermedad. Es un hecho que, a pesar de que tenemos todavía tantos niños y niñas que mueren por desnutrición, enfermedades carenciales e infecciosas, ya es innegable que, a la par, las causas de enfermedad y muerte se han multiplicado, diversificado y complejizado en Guatemala: la juventud está muriendo prematuramente por la violencia y los accidentes de tránsito, y otra generosa proporción de la población —que no son solo adultos mayores— presenta cada día más enfermedades que requieren atención médica y medicación continua.

Busque a su alrededor y verá que encuentra más de algún caso donde la familia se ve imposibilitada de resolver un reto de salud, simplemente porque no tiene el dinero para hacerlo. Les hablo de gente con trabajo, profesionales, “emprendedores”, con negocios propios pero que simplemente no tienen capacidad financiera para afrontar los costos de enfermar y morir en esta sociedad. ¡Se imaginan entonces las penurias de salud aún mayores que pasan las familias en situación de pobreza o pobreza extrema!

Esta vez, tal vez logremos juntar entre todos para pagar el trasplante renal de Jessica. ¡Ojalá que sí! La solidaridad con un ser humano concreto nos da esperanza y alegría. Pero ¿qué pasará con las demás Jessicas que están por ahí? ¿Cómo enfrentaremos como sociedad el reto de las enfermedades crónicas cuando no hemos podido superar todavía las muertes por carencia de lo más básico como es el alimento, el agua y la vivienda digna? Hay ejemplos de otros países cercanos que lo están haciendo; que lo intentan al menos.

Acá, en cambio, las autoridades están ocupadas, pero en eliminar los obstáculos que les impiden delinquir con impunidad. A esa gente no le importa si usted tiene para pagar su tratamiento o el de su familia. Es más, le dirán que “se resigne a la voluntad de Dios”, mientras ellos se comen su plato de camarones.

karin.slowing@gmail.com