Catalejo

Semana Santa y la guatemalidad

Mario Antonio Sandoval

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Mario Antonio Sandoval

A partir de mañana, con la procesión de Jesús Nazareno del Consuelo, de la iglesia de La Recolección, comienza el fenómeno cultural denominado Semana Santa, como resultado de su origen religioso. A causa de sus características peculiares, desde hace muchas décadas es realmente una manifestación de la vida y la cultura como la viven los guatemaltecos. Se le puede estudiar entonces como una mezcla de expresiones de la cultura nacional y constituye por ello una de las peculiaridades por las cuales es interesante visitar Guatemala, pero al mismo tiempo mantener lo más incólumes posible una serie de tradiciones cuyo valor trasciende al catolicismo, aunque éste sigue siendo parte fundamental de la celebración.

Desde la perspectiva religiosa católica –es decir universal— y hasta cierto punto de las demás expresiones del cristianismo no-católico, la Semana Santa conmemora la pasión y la muerte de Cristo, de manera aún más notoria a como festeja su nacimiento. Esto se explica porque la teología relacionada con el Salvador del Mundo tiene un elemento fundamental en la salvación de las almas. He ahí su importancia. Desde hace más de mil años, las iglesias católicas han tenido la costumbre de hacer procesiones de las esculturas de Cristo, pero dentro de los templos. Se pierde en la noche de los tiempos a quién se le ocurrió sacarlas por las calles, y esa acostumbre llegó con los galeones españoles a las colonias del inmenso imperio de Carlos V.

Por alguna razón, las procesiones alcanzaron en Guatemala una enorme importancia y tamaño, talvez a causa de la excelsa calidad de las esculturas religiosas antigüeñas, tan buenas o incluso superiores a las europeas, pero esto es cuestión de gustos. Varios siglos después, el tamaño de las procesiones capitalinas es sin duda el más grande del mundo, aunque las de La Antigua y Quetzaltenango tampoco se quedan atrás en su impresionante solemnidad. Las de la capitanía tienen a su favor el impresionante marco de las ruinas, de los volcanes y las jacarandas. Las esculturas y decoraciones de las andas, así como las alfombras, se van extendiendo en belleza e ingenio. Pero el acontecer cultural de la Semana Santa tiene otras manifestaciones propias.

No se puede olvidar la vestimenta de los cucuruchos, los soldados estilo romano, la comida especial de la época, las bandas acompañantes, interpretando marchas guatemaltecas. Incluso son parte del paisaje cultural los vendedores de granizadas, buñuelos y demás dulces típicos, aunque estos se presentan en otras festividades. Pero sobre todo es indudable un hecho: se trata de las agrupaciones de personas más grandes del país, porque en algunos casos tienen doce horas de recorrido. Es igualmente impresionante y valioso ver por las calles a imágenes representativas de esos siglos de historia del arte nacional, arropadas por túnicas, a su vez manifestaciones similares de esto.

Religiosidad, arte sacro, artesanía de ropa, música, gastronomía, tradiciones —como la quema de Judas, multitudes en parques y en calles, embotellamientos de tránsito, largas colas para poder comer algo en un lugar, precios mayores a los normales, dónde comer, largas caminatas para llegar a donde se pudo dejar el vehículo, viajes a casas de descanso, playas y otros lugares del interior del país para encuentros familiares. En fin, un acontecimiento único por su origen y por la manera cómo se ha desarrollado. Las expresiones de Semana Santa merecen ser calificadas como parte del patrimonio cultural de la nación porque, como expresé antes, han trascendido su valor e importancia religiosas para volverse parte integrante de la guatemalidad.