La buena noticia

Testigos fieles

La Iglesia en Guatemala cuenta con numerosos hombres y mujeres a quienes llama Testigos fieles, que son los que entregaron libremente sus vidas por amor a su pueblo, especialmente los más empobrecidos, y por fidelidad al Evangelio. Entre ellos destacan: Juan Gerardi, asesinado en la ciudad capital, en el gobierno de Arzú Irigoyen, 1998; Francisco Sthanley Rother, asesinado en Santiago Atitlán, Sololá; y Tulio Maruzzo, asesinado en Los Amates, Izabal, ambos en 1981, en el gobierno de facto de Ríos Montt. Tan solo por citar algunos.

En la Carta de los Presbíteros a las Comunidades Eclesiales, la primera vez que emiten un documento colegial en el que se pronuncian sobre la realidad social y pastoral, aseguran que les inspira y anima en su trabajo “la vida y testimonio de tantos presbíteros de ayer y de hoy que, en medio de tantas y tan graves dificultades, abrieron y abren caminos de esperanza y de promoción humana, con el fin de ayudar al desarrollo integral de nuestros pueblos; de pastores que en el silencio de su entrega sirvieron y sirven por opción evangélica a los más pobres; y, sobre todo, nos estimulan aquellos testigos fieles hasta el martirio y tantos sacerdotes laicos y laicas, religiosos y religiosas que han hecho de nuestra iglesia en Guatemala, una iglesia martirial”.

Los testimonios de estos grandes de la fe son una referencia importante para que los presbíteros se muestren ante el pueblo como “hombres de Dios”, sensibles a las necesidades de los que más sufren, conscientes del gran pecado de exclusión y humillación que sufre la mayoría de los guatemaltecos. También es un llamado a salir de sus propias seguridades y opciones cómodas, que no les dejan comprometerse en la construcción de la paz, la reconciliación y la búsqueda de caminos para aliviar los sufrimientos y angustias de la gente.

La conducta de los Testigos fieles es una llamada a mirar la realidad con los ojos de Jesús, lo cual significa hacerlo desde la fe y la esperanza, ante la dramática realidad que vive el pueblo por culpa de corruptos y ladrones que actualmente consolidan su organización criminal desde los organismos del Estado como son el Ejecutivo, el Judicial y el Congreso, y las municipalidades.

Analizar la realidad es una tarea importante que los presbíteros hacen con los laicos en el campo o en la ciudad, entre pueblos indígenas, en regiones campesinas y urbanas, en el centro o en las periferias. El contacto cercano con la gente, llegando, incluso, a rincones donde nadie jamás llega. Encontrarlos en sus propias casas, en sus poblados y aldeas, en su trabajo de cada día, son los espacios para leer la realidad y tomar postura en favor de ellos, que son esa “Guatemala profunda” que llaman algunos y que nunca ha estado en la mira de quienes han gobernado este país, incluyendo los actuales gobernantes.

Los presbíteros, como seguidores de Jesús, están llamados a vivir esta realidad del pueblo desde los últimos, desde los más pobres, desde los que más sufren, desde tantos y tantas que son hombres y mujeres, con la misma dignidad humana de hijos e hijas de Dios, pero que son materialmente botados a las periferias de la sociedad, como si fueran desechos inservibles y material de descarte.

Este llamado cuesta, pues a veces no se ha sido capaces de compartir con el pueblo empobrecido aquella advertencia que el Papa Francisco hace a todos de que “no siempre podemos (…) manifestar adecuadamente la belleza del Evangelio”. Pero añade que “hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (EG 195). Por eso es oportuno afirmar: “Ante el empobrecimiento del pueblo guatemalteco que nunca se anteponga la riqueza de sus pastores”.

pvictorr@hotmail.com