Ideas

Un trabajador en el paraíso

Jorge Jacobs Fb/jjliber

El trabajador ya estaba harto. El sueldo no le alcanzaba. Sus amigos sindicalistas le hacían ver cómo el dueño de la empresa en la que trabajaba se aprovechaba de él. Él trabajaba pero el empresario se quedaba con las ganancias, le decían. El trabajador decidió que eso no podía seguir así. Él sería el dueño de su propio trabajo. Él se convertiría en empresario, le daría trabajo a sus compañeros y compartiría las ganancias entre todos.

El día menos pensado renunció. Utilizó sus ahorros para montar un negocio de comida. Se había propuesto hacer todo de acuerdo a la ley, y así empezó su descenso al averno. Establecer la empresa legalmente, inscribirla en la SAT y en los Registros. Como el suyo era un negocio de alimentos, debía también sacar los debidos registros sanitarios, cosa que le llevó infinidad de viajes, colas y extorsiones.

El tiempo pasaba, el alquiler corría, pero luego de mucho esfuerzo, finalmente, abrió las puertas de su negocio. Esperaba que el local se llenara, pero angustiado comprobó que apenas aparecieron un par de comensales. El segundo día fue igual. No entendía por qué no llegaban los clientes. Imprimió volantes y mandó a sus hijos a repartirlos. Al tercer día se presentaron algunos comensales más. Conversó con ellos y le comentaron que todo estaba bien, pero si quería tener éxito debía bajar el precio, ya que había varios locales cercanos donde se podía comer similar y a un precio más accesible. Les comentó que sus precios se debían a que él no era un explotador, les pagaba bien a sus empleados y hasta tenía planificado repartir entre todos las ganancias. Los comensales lo felicitaron por su buen corazón pero igual le dijeron que el problema es que ellos no podían darse el lujo de gastar de más en sus almuerzos porque si no ya no les alcanzaba para sus otras necesidades.

El extrabajador no se explicaba por qué los comensales —trabajadores también— eran tan incomprensivos, por qué preferían ir a comer a los otros locales donde no tenían esa conciencia “social”. Pasaron las primeras semanas y el negocio no mejoraba. A fin de mes, los trabajadores le exigieron su paga completa. Él les explicó que el negocio no había ido tan bien, pero ellos le reclamaron que habían trabajado lo acordado y él tenía que pagarles; si no, lo denunciarían en el Ministerio de Trabajo. El extrabajador tuvo que sacar los pocos ahorros que le quedaban para cubrir los sueldos “justos” que les había ofrecido a sus compañeros —porque no les llamaba trabajadores—.

Poco después el contador lo llamó para indicarle que debía pagar los impuestos. Le recordó que, aunque tuviese pérdidas, los impuestos eran sagrados para la SAT y los debía pagar o enfrentar las consecuencias, ya que la SAT era muchísimo peor que las tarjetas de crédito: si no paga antes del vencimiento, al otro día debía pagar una multa del cien por ciento. Cuando ya creía que su día no podía ser peor, se presentaron unos muchachos a su local. Eran de la clica de “seguridad local” y venían por la “cuota mensual”. Incluso amenazaron a sus hijos si él no les pagaba.

Esa noche estaba casi al borde del suicidio. Nunca se imaginó que ser empresario fuese tan difícil. Lo peor fue la incomprensión de sus compañeros, a quienes solo parecía preocuparles recibir su pago a fin de mes sin importarles si el negocio iba bien o mal. Esa misma noche decidió cerrar el negocio. Al otro día conversó con su anterior empleador, quien lo acogió de regreso.

El trabajador tenía ahora un entendimiento más profundo de lo que implicaba ser emprendedor en un país con tantas trabas y obstáculos. A partir de ese momento fue el trabajador más ejemplar. Finalmente entendió lo que cuesta crear, pero sobre todo mantener, un empleo. El averno de antes se había convertido en un paraíso, y viceversa.

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