Presto non troppo

Y dale con las marchas del Quince

Paulo Alvaradopresto_non_troppo@yahoo.com

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Paulo Alvarado
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“Si alguien es capaz de disfrutar marchando, en fila y al unísono, al ritmo de una música, simplemente ha recibido su gran cerebro por error; con la médula espinal le habría bastado plenamente.” Éste, entre tantos pensamientos expresados por el genial Albert Einstein, resume bien los problemas de un pueblo atascado en el fango de lo castrense y, de forma particular, la incapacidad que la educación escolar guatemalteca exhibe para producir estudiantes graduados que estén libres de atavismos espantosos. Está claro, además, que este aserto no es el favorito de quienes suelen compilar listados de frases célebres; a muchos les resulta difícil desprenderse de ese salto atrás que supone sucumbir a tradiciones afincadas en el pánico. Se acostumbran así a una necesidad creada, la de recibir los mandatos de sus superiores, para no tener que tomar sus propias decisiones. Así, igualmente, los estudiantes paran remedando prácticas muy ajenas al afán de paz que merecería todo pueblo.

Las marchas de septiembre comienzan en febrero. El negocio que representan, también. Desde los directores de escuela que –perezosa e imprudentemente, delegan las así llamadas festividades cívicas de sus planteles en agentes impulsores de marcas comerciales– hasta los mercaderes de uniformes, gorras, botas, banderas, accesorios e –incluso– instrumentos musicales. Todos y todas se esconden tras el conveniente eufemismo de una conmemoración mal entendida. Los primeros buscan evadir la responsabilidad de formar alumnos autónomos y pensantes; los segundos aprovechan cualquier oportunidad para lucrar con la ignorancia y el fanatismo nacionalista. Son meses y meses de apisonar los patios del instituto y las calles aledañas con sus burdas maniobras para-milicianas y un oído musicalmente sordo. Me atrevo, entonces, a entrevistar informalmente a un par de jovencitos que vienen de participar en uno de los socorridos desfiles del Quince, entre todo el estrépito y los grandes embotellamientos de tránsito que ocasionan. “¿Por qué participan en estas marchas?”, les pregunto. “Porque nos obligan”, responde la chica. “Pero, ¿les gusta?”, continúo. “Pues… es alegre”, contesta el muchacho, algo dubitativo. “Y ¿qué aprendieron?”, les interrogo. Un silencio incómodo precede a la respuesta. “La historia de los símbolos patrios”, dice él. “A seguir las órdenes del profesor y dar correctamente los pasos”, completa ella. Qué alejado deviene todo esto de una educación para el progreso de una sociedad, para la prosperidad de una nación, para la paz, para la vida.

En mi cabeza y en mi corazón siguen las preguntas. ¿Por qué en Estudios Sociales no se enseña una historia verídica de Guatemala, a fin de preparar a la juventud para la realidad, con trabajos de investigación que cuestionen lo que efectivamente ha sucedido aquí desde 1821? ¿Por qué en Educación Física no se hacen ejercicios sistemáticos de calistenia y aerobismo, en vez de promover peligrosas llevadas de antorcha en carretera abierta? ¿Por qué en Apreciación Estética no se aprende a hacer coreografías y música de veras, en lugar de meneos frívolos y bulla? Es que el sabor a fiesta y la algarabía de estos días podrían durar todo el año, no solamente media semana, si la educación primaria y secundaria estuviera orientada hacia la construcción de la paz, no a la exaltación de rutinas de guerra. Ah, pero para eso se necesita poner el énfasis en la cultura. Arte, ciencia, filosofía, creatividad, inteligencia. Viene bien cerrar con otro de los sabios aforismos de Einstein. “La paz no se puede mantener por la fuerza; solo puede conseguirse a través del entendimiento”.

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