El ecosistema inalterado de Marte que atrae a los terrícolas

Después de la Tierra, Marte es el planeta más estudiado de nuestro sistema solar. Hay satélites artificiales orbitándolo. Los astromóviles andan explorando en su superficie. Tal vez pronto haya un helicóptero retumbando en sus cielos, pues una serie de misiones nuevas están en camino o programadas para despegar pronto.

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El róver Mars 2020 de la Nasa almacenará muestras de roca y suelo en tubos sellados, en la superficie del planeta, para futuras misiones de recuperación. (Foto Prensa Libre: Ilustración de la Nasa)
El róver Mars 2020 de la Nasa almacenará muestras de roca y suelo en tubos sellados, en la superficie del planeta, para futuras misiones de recuperación. (Foto Prensa Libre: Ilustración de la Nasa)

El motivo detrás de todo esto es la esperanza de que Marte, como la Tierra, pueda acoger seres vivos o que tal vez lo haya hecho en el pasado. Además, conforme la tecnología se difunde y construir cohetes se vuelve más económico, más gente quiere unirse a la exploración de lo que sería la Biósfera 2. Al inicio, Marte fue un territorio exclusivo de Estados Unidos y la Unión Soviética. Japón fracasó en su intento de explorarlo en 1998. Europa envió su primera misión en 2003. India lanzó la suya en 2013. Los Emiratos Árabes Unidos se unieron al selecto grupo el 20 de julio. Y China, tras un fracaso en 2011, lanzó un intentó más el 23 de julio. El momento en que incluso las misiones privadas sean posibles está próximo en el horizonte.

Sin embargo, detrás de todo este entusiasmo, hay una preocupación. Si a final de cuentas resulta que Marte es estéril o si ya se extinguió cualquier tipo de vida que haya habitado ahí, la contaminación que las personas puedan causar al planeta al llevar bichos terrícolas quizá no importe. Pero, si hay marcianos, aunque solo sean humildes bacterias (o algo que de alguna manera sea equivalente), eso significaría que Marte es un ecosistema prístino (inalterado o puro). Por lo tanto, los que quieran explorarlo deberían andarse con cuidado, por prudencia científica y también moral.

Los astrobiólogos identifican dos tipos de riesgos en los encuentros putativos con alienígenas que en realidad no usen pistolas láser. La primera, la “contaminación de salida”, es que algunos microorganismos osados se vayan de paseo montados en una sonda espacial y, al llegar al planeta, decidan quedarse allá. La segunda, la “contaminación de llegada”, se trata del efecto contrario: que las muestras que regresen a la Tierra puedan portar consigo microbios extraterrestres.

El primer riesgo ya no es solo teórico. Los científicos suponen que los vehículos de exploración espacial y los módulos de descenso que ya están en Marte son portadores de decenas de miles de terrícolas microscópicos. Protegidos de la radiación por las sondas, es probable que estas bacterias estén latentes, pero no muertas.

Para que hubiera contaminación de llegada, sería necesario traer muestras de Marte. Eso aún no ha pasado. Pero el róver más nuevo de Estados Unidos, y que fue lanzado desde una la plataforma 41 de la Nasa, en Cabo Cañaveral, el jueves 30 de julio 2020, está diseñado para guardar muestras de regolito marciano (capas externas de polvo, tierra fina y rocas sueltas) y regresarlas a la Tierra en una misión subsecuente programada para 2031.

 

Vista tomada desde la órbita alrededor de Marte muestra la duna de arena, la primera visitada por el Curiosity Mars Rover de la NASA a lo largo de su ruta a las capas más altas del Monte Sharp, en 2012. (Foto Prensa Libre: Nasa)

 

La contaminación de llegada es la menos preocupante. Las sugerencias escabrosas de que los bichos marcianos podrían infectar a los humanos ignoran el hecho de que la bioquímica de aquellos muy probablemente es demasiado distinta a la de los organismos terrestres para que esto pueda ocurrir. Con laboratorios sellados se podría hacer sentir más seguros a los obsesivos.

La contaminación de salida es más preocupante. Algunos hacen eco de las preocupaciones terrenales sobre la conservación y sostienen que los humanos tienen la obligación moral de no dañar otros ecosistemas. Otros se inquietan por las implicaciones científicas. La vida en Marte, existente o extinta, podría ser uno de los descubrimientos más significativos en la historia de la biología. La contaminación podría dificultar nuestro entendimiento de este tesoro.

Según el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, los países sí deberían estarse preocupando por estos peligros. Pero este tratado no abunda en detalles, así que cada agencia espacial inventa sus propias reglas. Algo es mejor que nada. Pero, si más países visitan Marte, crecerán los argumentos a favor de que se establezcan criterios formales y globales.

Hay muchas ideas que vale la pena discutir. Algunos están a favor de la gestión de riesgos, según la cual habría que tener mayor cuidado al explorar las zonas de Marte donde es más probable haya vida, aunque en regiones más inhóspitas los estándares podrían relajarse. La “exploración reversible” sostiene que, si se descubre alguna forma de vida, los humanos tendrían que sacar del planeta las sondas desperdigas por la superficie marciana, junto con sus pasajeros microbianos. ¿Y los particulares también deberán seguir las mismas reglas que los Estados nación?

La cooperación internacional no goza de mucha popularidad por ahora. No importa: hay que intentarlo de todas maneras. El nacionalismo y el proteccionismo pueden ir y venir, pero la búsqueda de vida alienígena es un trabajo que lleva décadas.

Las contramedidas no tienen por qué ser costosas; de hecho, la experiencia dice que añaden solo 10 por ciento o menos al costo de una sonda espacial. Sobre todo, es difícil pensar en un problema más intrínsecamente global que el de asegurar que las formas de vida de un planeta no contaminen a las de otro.

 

c.2020 Economist Newspaper Ltd, Londres 24 de julio, 2020. Todos los derechos reservados.

Reimpreso con permiso.

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