Camilo Luin: su misión es decodificar la grandeza maya

Arqueólogo dedicado a entender la civilización maya por medio del análisis y recuperación de piezas e inscripciones.

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Camilo Luin y Juan Manuel Palomo revisan el texto jeroglífico del “Cuenco Castillo”, una de las piezas más representativas del arte maya prehispánico. (Foto Prensa Libre: cortesía Camilo Luin).
Camilo Luin y Juan Manuel Palomo revisan el texto jeroglífico del “Cuenco Castillo”, una de las piezas más representativas del arte maya prehispánico. (Foto Prensa Libre: cortesía Camilo Luin).

Camilo Luin se sintió desde pequeño atraído por conocer nuevas culturas, desde Egipto hasta las más cercanas, como los mayas, lo que lo llevó a estudiar Arqueología y luego a especializarse en Epigrafía. Actualmente es curador e investigador del Museo Popol Vuh de la Universidad Francisco Marroquín y participa en varios proyectos arqueológicos.

Por más de 15 años su carrera profesional ha girado alrededor de los jeroglíficos mayas, tiempo durante el cual ha reafirmado su pasión por las excavaciones, por descubrir y entender mejor la cultura que marca la identidad de Guatemala. El camino de la investigación le ha abierto paso alrededor del mundo y lo ha motivado a dejar huella como epigrafista.

¿Cómo comenzó su gusto por la Arqueología?

Desde pequeño, cuando estaba en el colegio, tenía interés en leer acerca de las culturas antiguas.  Cuando fui a inscribirme a la Universidad de San Carlos pasó por mi mente estudiar Odontología o Arquitectura, pero vi el pénsum de la Escuela de Historia, en donde se impartían las clases de Antropología y Arqueología, y me interesó.

¿En algún momento pensó que quizá es una carrera poco conocida en el país?

Definitivamente, a lo largo de los años de la carrera todos los que estudiamos Arqueología nos cuestionamos: ¿de qué vamos a trabajar? En Guatemala, muchas carreras que se dedican a la cultura no tienen un campo laboral muy amplio y no son bien remuneradas.

¿Por qué estas carreras no tienen mucho campo laboral?

Creo que es porque acá hay poco apoyo por parte de las instituciones que se encargan de salvaguardar el patrimonio cultural. Por ejemplo, los fondos del Instituto de Antropología e Historia del Ministerio de Cultura y Deportes no están canalizados para hacer proyectos arqueológicos grandes. Aunque sí se llevan a cabo proyectos de este tipo, siempre están financiados por universidades internacionales.

Su especialidad es la Epigrafía…

Sí. Un arqueólogo es un investigador que estudia civilizaciones antiguas a través de vestigios materiales para tratar de comprender la sociedad y cultura. La epigrafía es el desciframiento de los textos jeroglíficos, en este caso, de Mesoamérica. Se considera una de las ramas más importantes de la Arqueología, porque la escritura nos da una perspectiva mucho más específica acerca de la cultura. Nos provee, sobre todo, nombres de reyes, fechas de nacimiento o nombres de artistas.

Escultura que representa un murciélago. Ejemplos similares se han encontrado adosados a la arquitectura en la ciudad maya de Copán, Honduras. (Foto Prensa Libre: colección del Museo Popol Vuh, UMG).

La Arqueología no se puede enfocar solo en estudiar los grandes palacios o áreas habitacionales, sino que la Epigrafía ofrece la visión de la escritura. Es importante en Guatemala, porque el sistema de escritura maya es de los más desarrollados en América. Es una de las seis escrituras que se desarrollaron sin incidencia de otro sistema de escritura.

Los jeroglíficos mayas casi siempre relatan las hazañas de los reyes, hablan de sus esposas y de sus enemigos. Es como una propaganda política. Sin embargo, por medio de ella se ha conocido una red geopolítica de ciudades que se intercomunicaban a pesar de la distancia. Hace 20 años pensábamos que los mayas eran una civilización pacífica, que se dedicaba a la Astronomía, pero ahora sabemos que había lucha de poder, tenían alianzas y guerras. Es una sociedad muy compleja y dinámica que tuvo pugnas  para controlar los territorios y redes comerciales.

¿Cómo surge la decisión de tomar esta especialidad?

No hay muchos epigrafistas en Guatemala. Habrá, quizá, cinco en total. Incluso, a nivel mundial, seremos 70, aproximadamente. Yo me interesé por los textos jeroglíficos cuando comencé a trabajar al Museo Popol Vuh de la Universidad Francisco Marroquín, porque el curador de ese entonces, Oswaldo Chinchilla, tenía interés por la Iconografía. Entonces hablábamos del tema y luego fui su auxiliar de clase en la Usac. Tres años después conocí a Nikolai Grube, uno de los epigrafistas más reconocidos del mundo. Tuvimos comunicación porque viene una vez al año a dar un taller de escritura jeroglífica.

Después de trabajar juntos, en 2008 me invitaron al primer seminario de Epigrafía en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), y conocí al epigrafista Alfonso Lacadena. Al siguiente día de conocernos me envió todos sus trabajos. Entonces tenía en mi correo más de cien artículos científicos. Así, al mantener comunicación con epigrafistas y compartir nuestros conocimientos me abrí espacio. Luego comencé a publicar artículos con mis colegas como Dmitri Beliaev, con quien tengo un proyecto con la Universidad Estatal Rusa de Humanidades.

¿Recuerda su primer descubrimiento como arqueólogo?

Sí, fue cuando todavía era estudiante de la Universidad. Fue en el lugar en donde construyeron el Centro Comercial Gran Vía Roosevelt, y nos tocó excavar un entierro. Después de estar haciendo prácticas con cerámicas y ofrendas estábamos en una escena funeraria. Fue un reto, porque había que poner en práctica más técnicas y ser más cuidadosos para recaudar información. Como era un proyecto de rescate en un montículo nos tomó tres meses, aproximadamente. Estos trabajos son más rápidos porque son bajo la presión de constructoras y empresas.

Richard Hansen y Camilo Luin conversan acerca de las vasijas estilo códice de la colección del Museo Popol Vuh, Universidad Francisco Marroquín. (Foto Prensa Libre: cortesía Camilo Luin).

Uno de los momentos que más recuerdo fue entre 2006 y 2008. Estaba en un proyecto en Petén y me tocó excavar una acrópolis pequeña —lugar más elevado de una ciudad—. Era un palacio, y cuando terminé me percaté de que había encontrado el trono de un rey. Cuando lo terminamos de limpiar reflexioné en que nadie se había parado ahí en dos mil años. Esa es una de las cosas que más puedo experimentar, tener acceso a excavaciones y poder reconstruir la historia desde los aportes que se hacen.

¿Y de la Epigrafía?

Uno de mis primeros acercamientos con la Epigrafía fue en el Museo Popol Vuh, cuando comencé a hacer mi tesis de licenciatura, porque la basé en textos jeroglíficos que hay en el lugar y publiqué información que nadie conocía. Así comencé a ser reconocido en mi carrera.

El año pasado vimos que en el Museo hay una vasija de alabastro, un tipo de mármol joven,  que tiene el texto más largo que hayamos visto. Ahora trabajamos en la publicación de la información, junto a colegas rusos, y creemos que será un aporte importante a la Epigrafía a nivel mundial. El texto habla del Wayeb’, un tiempo sagrado para los mayas, que se basa en los últimos cinco días del calendario solar, en el que pueden pasar muchas cosas. Lo que se haga en ese tiempo afectará la vida del próximo año, por lo que se realizan varias ceremonias. El texto describe los rituales de esa fecha.

¿La Arqueología, en algún momento, se pelea con la construcción de nuevos lugares?

Es complicado, pero como arqueólogos no nos podemos oponer al progreso. Hay varios proyectos de rescate, que tienen como objetivo recuperar los artefactos que hay en un terreno que está en riesgo de desaparecer, con el fin de conservar los objetos hallados como patrimonio cultural.   Podemos decir que la Arqueología es destructiva e invasiva. Es decir, en Gran Vía excavamos esa tumba que ahora ya no existe. Lo único que queda son los hallazgos que hicimos como arqueólogos. Eso es importante  que los profesionales de esta rama lo tengan presente, tenemos la responsabilidad de hacer un trabajo preciso porque nuestras notas serán lo único que sobreviva con la historia.

¿Cómo podemos describir los jeroglíficos mayas?

En la historia de la humanidad, solo seis veces ha surgido la escritura sin tener influencia de otras. Eso es lo que hace a la escritura jeroglífica maya tan especial, que haya surgido sin la necesidad de otras. Además, la caligrafía es de las más hermosas. Si se compara con jeroglíficos egipcios, nos daremos cuenta de que la maya es más elaborada porque representa figuras humanas antropomorfas y zoomorfas, con exquisito detalle.

Vista general de la vitrina de urnas funerarias en la sala Posclásica del Museo Popol Vuh, Universidad Francisco Marroquín. (Foto Prensa Libre: cortesía Camilo Luin).

Además, el sistema de escritura de los mayas es logosilábico, que tiene dos tipos de signos, los logogramas, que son signos que representan una palabra por ellos mismos. Por ejemplo, la cabeza de un jaguar, que se lee B’ahlam y es la palabra “jaguar”, y las sílabas, que son la combinación de consonante y vocal, que nos dan un fonema.

TRAYECTORIA

Camilo Luin ha escrito más de 50 textos académicos acerca de la Arqueología y Epigrafía. Entre los más relevantes de los últimos años se encuentra:

El legado de los reyes. Catálogo de exhibición especial. Museo Popol Vuh, Universidad Francisco Marroquín. Guatemala 2019.

Dos vasijas mayas desconocidas de la colección del Museo Popol Vuh en Mexicon, Journal of Mesoamerican Studies‐, Revista sobre Estudios Mesoamericanos, Vol. XL, Nr. 6, Noviembre 2018. Coautoría: Dmitri Beliaev, Guido Krempel y Federico Fahsen.

“Un plato asociado a un gobernante de Piedras Negras, Guatemala”, en Mexicon, Journal of Mesoamerican Studies‐ Revista sobre Estudios Mesoamericanos, Vol. XXXVI, Nr. 3, Junio 2014. Coautoría: Sebastian Matteo, Sergey Veprestkii y Philip Galeev.

“El Sonido de los Dioses: Música, Transformación y Divinidad entre los Mayas Prehispánicos”, ponencia en XXX Simposio  de Investigaciones Arqueológicas en Guatemala. 18-23 de julio 2016. Ministerio de Cultura y Deportes, Dirección General del Patrimonio Cultural y Natural, Museo Nacional de Arqueología de Guatemala, Instituto de Antropología e Historia, Asociación Tikal. Coautoría: Heini Ikaheimo.

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