Sergio Valdés Pedroni: cine, crítica y poesía

Cuatro décadas después de haber saltado de la psicología al cine, el realizador ha elaborado imágenes que se (de)construyen entre poesía, ficción y realidad.

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El psicólogo convertido en cineasta y crítico de arte. (Foto Prensa Libre: Cortesía Sergio Valdés)
El psicólogo convertido en cineasta y crítico de arte. (Foto Prensa Libre: Cortesía Sergio Valdés)

La pasión por la realidad de Sergio Valdés Pedroni se ha manifestado por más de cuatro décadas desde un accionar en las imágenes, como lo hacen pocas personas en el país.

Durante su labor ha hecho retratos audiovisuales a personajes de la talla de Luis Cardoza y Aragón, así como Joaquín Orellana. También ha mostrado una avidez por interpretar las huellas sociopolíticas de Guatemala en ensayos que se alternan entre la realidad y la ficción, bajo un manto poético.

Se le conoce como crítico, realizador de cine, escudriñador y, sobre todo, amante de la imagen.

Dicho amor comenzó a aflorar cuando su madre, Ana María Pedroni —quien fue semióloga e hija del poeta argentino José Pedroni— le leía poesía antes de dormir. Desde aquella época, asegura Pedroni, las imágenes comenzaron a tener otro sentido para él, el mismo que pregona hasta la actualidad.

¿Cómo llegó el cine a su vida?

Ingresé a la Escuela de Psicología en la Universidad de San Carlos en 1977 y entré al Grupo Estudiantil de Organización de la escuela. Era un grupo que abrazaba la preocupación de la Guatemala democrática, menos racista, violenta, militar y desigual. En ese proceso participé en la marcha de los mineros de Ixtahuacán en septiembre de 1977.

Acompañé a un grupo de estudiantes y campesinos. Cuando la marcha iba entrando por la calzada Roosevelt, se acercó un cura de la organización y me dio una cámara de ocho milímetros con cinco casetes. Me explicó cómo se usaban, y luego me pidió que grabara la movilización.

Puso en mis manos una cámara y ese evento me marcó. Fue una cosa magnética. Un año después me fui al exilio a México, obligado por la represión en Guatemala. La sensación de tener una cámara en mano también se fue conmigo.

Allá me metí a la Escuela de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma, que era mediocre en relación con la de Guatemala. A las dos semanas estaba harto de eso y en el proceso tuve contacto con el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Me dieron trabajo ahí para traducir del inglés al español documentos sobre cine y las nuevas tecnologías que se usaban en el video. Ahí me enamoré.

El día que fui a dejar los documentos traducidos, comenzaban las pruebas para el examen de admisión a la licenciatura en la Escuela de Cine. Me metí, fui superando cada etapa y gané el examen. Renuncié a la Escuela de Psicología y me dediqué a estudiar cine los siguientes cinco años; todo debido a esa cámara que puso un sacerdote en mis manos.

¿En qué momento decidió tomar y abrazar la imagen como una forma de vida?

Cuando vi que se enlazaba con mi interés por la psicología, que es una indagación con las imágenes.  Me di cuenta de que el cine era una herramienta adecuada para expresar certezas e incertidumbres.

Encontré en el cine la posibilidad de vincular mi amor por la psicología, el teatro, así como mi interés social y político. La cámara era la herramienta ideal para hacer posible el encuentro de esas tres preocupaciones.

¿Ha sido el cine, entonces, la herramienta para profundizar en esa pasión por la realidad que pregona?

Es una pasión por la realidad y la imaginación. Como dijo Luis Cardoza y Aragón, “hace falta mucha imaginación para entender la realidad”.

Hace falta imaginación, fantasía, apertura y poesía para entender un montón de cosas. El discurso político, sociológico o científico no alcanza a descifrar todos los misterios de la vida. La cámara es un vehículo para reunir todos estos ángulos.

¿Cuánto se ha logrado acercar a esa poesía e imaginación desde las temáticas que aborda?

Las películas son como testimonios. Los cineastas somos testigos de nuestro tiempo. Cada película es un pequeño guiño de esta realidad; es una ventana, una invitación a acercarse al mundo. Las películas no cambian nada, pero pueden modificar la sensibilidad o la forma de ver las cosas de una persona.

Lo que yo propongo son ventanas con memoria e imaginación para que la gente se vea y también a su mundo; que tengan un estímulo para renovar la mirada.

En “Luis y Laura” el cineasta retrató al escritor Luis Cardoza y Aragón. (Foto Prensa Libre: Cortesía Sergio Valdés Pedroni)

¿Qué lo estimula antes: la ficción o la realidad?

A veces es una idea de ficción, otras es una idea de tipo literaria o teatral, y en ocasiones, un evento de realidad que leo en un periódico.

¿A qué corresponde el retrato de personajes e historias disidentes en sus trabajos?

Tengo una afinidad con lo contestatario que desafía la idea de jerarquías, porque creo en la igualdad profunda de la condición humana. A nivel social, sabemos que es difícil concebirlo. Para mí el cine es eso. La pantalla es un territorio de fricciones donde se encuentra lo visual, con la palabra, la poesía, el teatro y la música.

Entonces, hay una intención sociológica detrás.

Puede ser, o tal vez, más antropología a condición de que todo acercamiento con aspiraciones académicas se encuentre en la poesía, porque al final tiene que ver con la imagen y esta es siempre un territorio sujeto a la lectura que le haga la gente.

Hay verdades estadísticas, pero incluso frente a ellas propongo un acercamiento libre e independiente y creativo, en donde las personas encuentren en una película elementos que le ayuden a formarse un pensamiento propio y complejo de la realidad, no a absorber las certezas de un cineasta que se cree redentor.

Valdés Pedroni en la grabación de “Querubines” junto al cineasta salvadoreño Guillermo Escalón. (Foto Prensa Libre: Sergio Valdés Pedroni)

¿Cuál considera que es el éxito de una producción audiovisual?

No es la cantidad de información, sino la calidad e intensidad de estímulo que produce en el receptor para que este asocie la imagen con su vida y entorno.

Lo fundamental del arte es lo que la gente recuerde de la obra, de la película, de un poema o de una crónica, aunque olvide le nombre de quien lo hizo; eso es totalmente secundario. El verdadero éxito es cuando alguna imagen permanece en la memoria, aun cuando se vuelve anónima.

Creo que uno de los problemas del cine guatemalteco es buscar con demasiado afán la aprobación de los públicos, festivales internacionales e incluso de Hollywood, cuando el verdadero premio es la aprobación del público inmediato, del entorno.

Producciones audiovisuales hasta la fecha:

  • Separación de bienes
  • Elogio de la autenticidad
  • Elogio del cine
  • Exilio de una promesa
  • El precio de la libertad
  • Historias de resistencia de las mujeres de Huehuetenango
  • Querubines
  • Discurso contra el olvido
  • Luis y Laura
  • La utopía perdida
  • La inspiración a escalones

Ha habido una insistencia por analizar y hacer críticas de productos artísticos. ¿Qué detonó esa convicción en usted?

Creo que la crítica es el sitio donde se funda el porvenir. El ejercicio temprano de la crítica es la condición para que los artistas, los cineastas y, naturalmente, el público, no se vuelvan narcisistas.

El problema es que se ha hecho de la creación artística un ejercicio de autocomplacencia.

La crítica juega un papel fundamental para que el artista revise sus herramientas, para que perfeccione, para que adquiera referencias en función de plantear dispositivos artísticos y discursivos más fieles a la imagen que impulsó su obra.

En este contexto pandémico, ¿qué consideraciones le han surgido a propósito de la creación artística?

El confinamiento se volvió consciente. Mucha gente vivía en un confinamiento alienado y ha tomado conciencia del vínculo y del contacto humano. Las personas han entendido la importancia de abrirse, de verse a través de los ojos de otros y de hacer un ejercicio de empatía.

En algún momento dijo que el cine permite la libertad. ¿Ha logrado liberarse desde su accionar cinematográfico?

Sí, pero de manera irregular y accidentada. Somos presos de nuestros fantasmas. Creo que donde he encontrado libertad es en el cine y quizá en la poesía. En la vida concreta y cotidiana, me ha costado respetar los impulsos de mi propia libertad y los de la gente que quiero.

Es fácil hablar de respeto y alardear de una posición anarquista, abierta y empática, pero practicarla es difícil. He traicionado mis proclamas de libertad y siempre he encontrado la oportunidad de resarcirme de esa herida a través del cine, porque es adictivo. Una vez alguien puso una cámara en mis manos, me jodió. La peor adicción que he experimentado es el cine y no creo que haya una cura.

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