Patinaje en Guatemala: ¿Qué pasó con aquellos tiempos de pistas de patinaje y música disco?

En el techo de la pista de patinaje colgaba una brillante y enorme bola con pequeños cristales, uno de los símbolos de las fiestas de la década de 1970, la cual hacía que el salón chispeara con numerosas luces de colores.

Jóvenes en El Resbalón, una pista que se inauguró el 19 de diciembre de 1980 y que estaba en el Centro Comercial Montserrat. Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL
Jóvenes en El Resbalón, una pista que se inauguró el 19 de diciembre de 1980 y que estaba en el Centro Comercial Montserrat. Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL

Ahí estaba un joven de unos 20 años vestido con playera y pantalón acampanado. Sentado sobre una banca, se sujetaba las cintas de sus patines grises con franjas y llantas amarillas. Por supuesto, los que tenía puestos eran de los quads —con dos llantas al frente y dos atrás, y con un freno de goma en la punta—.

Su novia, una hermosa joven de 18, estaba lista y lo esperaba a su lado. Lucía blusa de tirantes, falda corta y calcetas que le llegaban hasta las rodillas. Sus patines eran blancos con cordones rojos.

Un minuto después empezaron a patinar al ritmo de la canción Boogie Wonderland, del grupo Earth, Wind & Fire.

El patinaje era uno de los grandes entretenimientos de los guatemaltecos hasta la primera mitad de los años de 1980. Nada de celulares o tablets, y mucho menos tomarse selfies compulsivas ni de hacer stories para subirlas a Instagram o Facebook. Para entonces la cosa se trataba de mover el esqueleto. Tanto así que en la capital abundaban las pistas de ese tipo —en un trabajo hemerográfico se identificaron más de 30 en esa época—.

¿Le suenan Skateland, Rollerama, Dallas Skating Roll, El Cowboy, Tele-Patín, Disco Skating, Contakto, Gold Roller, Spacio 10, Xanadú o Novi Rolli? ¡Vaya tiempos aquellos!

Mirada al pasado

Mientras dejamos a nuestros protagonistas (la pareja de novios) dando varias vueltas sobre la pista —ahora escuchando Hell On Wheels (Infierno sobre ruedas, 1979), de Cher—, vayamos un poco más atrás en el tiempo.

En la Guatemala de 1926, más o menos, había una pista de madera en el interior del Cine Palace, que era propiedad de la familia Anker; esto era posible porque las butacas se podían quitar y poner y, así, emplear el salón para distintos fines. Había otra en el antiguo Teatro Capitol (donde hoy está el centro comercial del mismo nombre). En realidad fue ahí donde empezó a tomar auge el patinaje; posteriormente, los jóvenes lo practicaron en los parques Central y Concordia”.

Para la década de 1940, el patinaje ya era ampliamente conocido —a propósito, vale la pena recordar que muchos patinadores acudían al desaparecido Parque Navidad, donde hoy están la Municipalidad capitalina y el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social—.

En 1950 ocurrió una particular anécdota en la hoy llamada Plaza de la Constitución. Se dice que decenas de patinadores solían practicar ahí, pero que un día la Policía intentó desalojarlos por la fuerza. Los muchachos, entonces, se unieron y le exigieron a gritos al presidente Juan José Arévalo que les permitiera estar ahí. El mandatario accedió.

En 1959 se abrió una nueva pista en la Calle Mariscal Cruz 11-07, zona 5, a una cuadra del entonces Cine Reforma. El 15 de mayo de ese año publicó un anuncio que decía: “Lo que usted esperaba desde hacía tiempo, la pista de patinaje en madera única en su clase en Guatemala. Patines adaptables para todas las edades. Lo esperamos”.

“La patojada de los años cincuenta podrá recordar los momentos felices que se pasaban en el parque central, todas la tardes, luego de salir de clases, para ponerse sus patines de metal ajustables al zapato. Miles y miles de muchachos se agrupaban formando colas, trenecitos, organizando concursos alrededor de la fuente luminosa”, escribió Arturo Meany Rottman en una nota periodística del 20 de septiembre de 1984.

El boom de esta actividad en nuestro país fue hasta finales de los setentas —una vez superada la crisis ocasionada por el terremoto de 1976— y tomó forma a principios de los ochentas.

Las melodías

En encargado de la cabina de música empieza a pinchar el disco Mouth to Mouth (1979), del grupo Lipps Inc., y suena Funkytown: “Won’t you take me to / Funkytown / Won’t you take me to / Funkytown”.

Las ruedas de los patines hacen su particular sonido en la pista de madera. Los novios ya tienen las primeras gotas de sudor en la frente, así que se detienen un momento en la orilla. Toman aire. La chica compra agua en el snack bar que está ahí cerca, mientras que el muchacho saca dos toallas que lleva en una pequeña mochila.

Para patinar, muchos solicitaban Rock With You o Don’t Stop ‘Till You Get Enough, de Michael Jackson; Disco Inferno, de The Trammps; Stomp!, de Chet Faker; Celebration, de Kool & The Gang; Papa Was A Rolling Stone, de The Temptations; You Make Me Feel (Mighty Real), de Sylvester; Bounce, Rock, Skate, Roll, de Vaughn Mason & Crew; You’re The One That I Want, de Grease; You Should Be Dancing, de Bee Gees; o Dancing Queen, de Abba. La lista es enorme y los establecimientos sabían que la música era vital para atraer público: “Música-disco continua”, resaltaba Centro Seis en sus anuncios.

Los expertos

“Cada pista tenía algo que la distinguía”, recuerda Juan Carlos Sánchez, gerente de Loops, un centro de entretenimiento localizado en el km 17.5 de la carretera hacia San José Pinula y que, asegura, es el único que en la actualidad tiene una pista de patinaje sobre ruedas.

Entre los lugares famosos de los ochentas estaba El Cowboy, en la zona 7, frente a Utatlán I; al centro de la pista había un toro mecánico. “Los jóvenes íbamos no solo por la actividad física, sino porque también hacíamos amistades y se formaban muchas parejas”, comenta.

Coincide Roi Kelly, quien practica desde que tenía 7 años —hoy tiene 60—.  Se mantiene bastante en forma y ejecuta los movimientos con notable destreza. Esos conocimientos se los ha transmitido a su hijo, Sean (23), aunque él lo hace en los patines de línea, los cuales se volvieron famosos alrededor de 1990.

En los ochentas, numerosas tiendas ofrecían patines que, en algunos casos, llegaban a costar hasta Q80, lo cual era un precio elevado en aquella época —el quetzal tenía paridad con el dólar—.

A finales de la década de 1970 y principios de la siguiente era frecuente encontrar en los periódicos anuncios de pistas de patinaje. Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL

Para justificar el gasto, por supuesto, había que ir constantemente a las pistas. La entrada, en promedio, costaba desde Q0.75 hasta Q2 la hora, mientras que los espectadores pagaban alrededor de 25 centavos.

Asimismo, los establecimientos organizaban concursos y festivales. Los aprendices o quienes deseaban perfeccionar las técnicas contrataban instructores.

Fin de la fiebre

Como muchas cosas, al patinaje le llegó su punto de quiebre. A mediados de los ochenta, los almacenes ya colocaban anuncios que decían “patines rebajados”, “antes, Q70; ahora Q29.99” o “¡atención, atención, venta de patines que patinan solos!”.

Las pistas empezaron a cerrar. Las que quedaban ponían promociones como estas: “de lunes a viernes, dos por uno”, “venga con toda la familia; alquiler de patines gratis” o “pague Q0.50 y patine hasta desmayarse”.

¿Qué pasó? “Aparecieron otras entretenciones”, resume Sánchez. Asimismo, los jóvenes que venían practicando —básicamente los de la generación X— fueron cumpliendo años y terminaron por abandonar.

Solo algunas pistas alcanzaron los noventas, pero no fue por mucho tiempo más. Los patines quads, además, quedaron olvidados al aparecer los de línea. Hubo un nuevo boom, pero fue breve.

Hoy, el patinaje ha adquirido cierta relevancia debido a dos razones fundamentales: entre los mayores, por la nostalgia. Entre los niños y los adolescentes debido a una serie de televisión argentina llamada Soy Luna, que tiene como protagonista a una chica (Luna Valente) cuya vida gira alrededor del patinaje sobre ruedas —de hecho, usa de los tipo quads—.

Sin embargo, no es como antaño. En la memoria quedan los tiempos en los que se iba a patinar con los amigos o con la pareja al ritmo de la música disco, o bien, se descansaba en la orilla de la pista acompañados de una malteada y una hamburguesa, a la vez que se conversaba bajo la luz chispeante que dispersaba la bola de cristal que colgaba del techo.

Las pistas de antaño

Estas eran algunas de las que estaban en la capital en los 70’s y 80’s.

  • Capitol Roller, en el Centro Capitol, sobre la Sexta Avenida de la zona 1.
  • Centro Patín se promocionaba como “la pista más grande, moderna y céntrica”. Estaba en la 11 calle 6-28, zona 1.
  • Rollerama era la pista de patinaje de Bolerama. Aseguraba que sus instalaciones eran las únicas en Centroamérica con aire acondicionado. Estaba en la ruta 3, 0-61, zona 4.
  • Dallas Skating Roll, en la 16 avenida 11-85, zona 6. Tenía “fabulosas luces que danzan al compás de la música”.
  • El Cowboy contaba con mil 600 varas cuadradas de pista de madera. Se localizaba en la 2 calle 31-47, zona 7. Tenía juegos electrónicos y billares; en el centro de la pista había un toro mecánico.
  • Skateland. Era una de las más famosas; se localizaba en la Avenida La Reforma y 3 calle, zona 9.
  • Pista Roosevelt, sobre la calzada homónima (9 avenida, zona 11). También en esa vía estaba Ovni (35-69 de la misma zona).
  • Otras pistas eran Auto Mariscos, Centro Seis, Contakto, Cynelandia, Diverticentro, El Recreo, Esquilandia, Gold Roller, Happy Wheels, Novi Rolli, Patín Plaza, Roller Boogie, Roosevelt Rink, Skating Rink, Spacio 10, Speed Wheels, Teen Agers, Tuti Rolly y Xanadú.

*Lea el reportaje completo en la edición impresa de la Revista D del domingo 3 de febrero del 2019.

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