Francisco Tún: Enigma y honestidad artística

Francisco Tún se diluyó en la historia del país luego de conmover a la escena artística de los setentas y ochentas. El culto a su personaje se mantiene vivo 30 años después de su misteriosa desaparición.

Francisco Tún impactó a la crítica de la época, pese a carecer de  una formación académica en las artes. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca )
Francisco Tún impactó a la crítica de la época, pese a carecer de una formación académica en las artes. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca )

Amplios paisajes con caminos estrechos que llevan a cualquier parte. Personas diminutas en las esquinas de los barrios de la ciudad. Personajes que juegan con una pelota, que comparten un domingo o que ven el mundo detrás de las rejas de una cárcel.

Estos podrían ser los tópicos que resaltan luego de una primera vista a varias de las pinturas más representativas del artista nacional Francisco Tún, quien nació en 1948 y se cree que falleció en 1989.

Su trayectoria artística fue marcada por una concepción nostálgica que plasmó de manera multilínea. El pintor abordó su obra desde un imaginario colorido y urbano, que tomó como inspiración la ciudad de Guatemala.

Las pinturas del artista fueron reconocidas por el mundo del arte guatemalteco de aquel entonces y ocuparon las paredes de los mejores espacios de la época, como la Escuela Nacional de Artes Plásticas, el Instituto Guatemalteco Americano, la Alianza Francesa y las galerías Macondo, Urraca, La Reforma y El Túnel.

Desde aquella época, la prensa, coleccionistas de arte, historiadores y artistas de diversas disciplinas se han estremecido por la obra de Tún.
Uno de ellos es Guillermo Monsanto, artista multidisciplinario, además de investigador, director y curador en la galería El Attico.

A principios de la década de 1990, luego de encontrarse con dos pinturas de Tún en un lote de obras que había comprado, Monsanto asegura que se sintió impactado por el artista.

En 1992, motivado por ese primer encuentro, Guillermo se dio a la tarea de investigarlo a partir de entrevistas a allegados de la escena artística de los sesenta, setenta y ochenta, así como en catálogos de arte y noticias de la época.

La soledad y la inmensidad se hacen sentir en la pintura “Acarreando agua”, de 1972. (Foto Prensa Libre: Cortesía Galería El Attico)

La investigación duró tres años y dio como resultado El mundo de Tún, una publicación en formato de libro que registra varios hechos interesantes y antes desconocidos de este notable creador.

Además del libro, Monsanto ha establecido una misión por reivindicar la figura de Tún en exposiciones que se han realizado durante los últimos 25 años en espacios como el Museo de Arte Moderno “Carlos Mérida” (en 1996), en el Hotel Casa Santo Domingo (2008) o en ArteCentro Graciela Andrade Paiz (2012).

Más de dos décadas después de su enamoramiento por el trabajo de Tún, Monsanto se remite a una anécdota con los artistas Dagoberto Vásquez y Zipacná de León, quienes en una ocasión manifestaron que la obra de Francisco fue única y “que nada se le comparaba”.

Marzo es importante en la historia del pintor guatemalteco en cuestión, pues se conmemora que ese mes, en 1978, el artista regresó a exponer, luego de una ausencia de cuatro años causada por la tristeza y el alcoholismo en los que se sumió luego de la muerte de su promotora Edith Recourat.

Además, el evento también coincide con la penúltima vez que se vio a Tún en un evento del mundo del arte, antes de su desaparición en 1989.

Obra periférica

Francisco Tún nació el 18 de agosto de 1948 en la ciudad de Guatemala, en el seno de una familia indígena—ladina en el área de La Limonada. De acuerdo con la investigación de Monsanto, estudió hasta tercer grado de primaria.

Una nota publicada en Prensa Libre el 10 de noviembre de 1996, a propósito de una exposición en ArteCentro Graciela Andrade de Paiz, rememora a Tún como alguien que solía ser “limpiador de carros, pero que se convirtió en un importante personaje de la plástica nacional”.

Dicho mérito surgió cuando el entonces joven de 21 años propuso unas pinturas en el certamen nacional de pinturas Shell, en 1969. Al evento acudió la crítica de arte y promotora cultural francesa Edith Reocurat, quien se sorprendió con el trabajo de Tún.

Una de las primeras obras de Francisco Tún con la cual participó en el concurso Shell. Se titula “El fruto del alcohol”. (Foto Prensa Libre: Imagen del libro ‘El mundo de Tún”)

Edith Recourat—Chorot nació en París y se había criado en un ambiente refinado. Llegó a Guatemala hacia finales de la década de 1930 y con el pasar del tiempo se involucró en el mundo del arte nacional, sobre el cual publicaba críticas y análisis en revistas y diarios como El Imparcial, ya desaparecido.

Intelectuales como el también francés Tasso Hadjidodou atribuían a Recourat haber sido la encargada de sacar a la luz y con “ojo clínico” la obra de Tún.

La promotora propició que el joven tuviese un espacio en El Imparcial y también que se hiciera un lugar junto a los artistas de la época, como Luis Díaz o Efraín Recinos.

“Edith le abrió las puertas y las posibilidades de presentarse en las nuevas salas de exposiciones del país. Es, en cierta forma, su relacionista pública”, sostiene Monsanto en El mundo de Tún.

El primer fruto de esa vinculación artística entre la francesa y el guatemalteco se dio con el logro de una primera exposición de Francisco en la

Escuela de Artes Plásticas en 1970. Cabe destacar que el joven, entonces de 23 años, no había estudiado artes y mucho menos en esa institución.

De izquierda a derecha: Manuel Herrera, el artista Francisco Tún, la propietaria de la galería Etcétera, Beatriz de Arias; el artista Daniel Schaffer y la crítica Edith Recourat. (Foto Prensa Libre: Imagen del libro “El mundo de Tún”)

A propósito de la exposición, Recourat escribió: “La creación de Francisco, limpia, refinada y de incomparable calidad estética, nace de una visión interior (…) Nada es inventado y todo es nuevo”.

Dentro de esa dinámica innovadora Tún se caracterizaba por mostrar una creación periférica —más próxima a lo que se concebía como arte popular— gracias a los pedazos de madera, planchas de metal, puertas y demás objetos que pintaba con esmalte acrílico, como el utilizado para impermeabilizar paredes.

Se ha dicho que el artista tenía una personalidad “fuerte y solitaria”, además de haber sido alguien que hasta cierto momento fue “jovial y respetuoso”, apunta el libro de Monsanto.

Entre 1971 y 1972 Tún expuso en otros espacios importantes para el arte en la capital: la Alianza Francesa, la Rectoría de la Universidad de San Carlos, el Instituto Guatemalteco Americano y las galerías Macondo y La Reforma. El mundo del arte lo valoraba por su sencillez y disrupción artística.

De él escribieron reconocidas figuras de la época, como el promotor e intelectual Tasso Hadjidodou y Arnoldo Ramírez Amaya, “el tecolote”. Le sobraban los elogios.

En 1973 Tún fue partícipe de dos exposiciones; una de ellas junto al artista Rolando Ixquiac Xicará en el Instituto Italiano de Cultura. La otra muestra fue colectiva para una subasta, en la que participaron Recinos, Ramírez Amaya, Marco Augusto Quiroa, Ixquiac Xicará, Nan Cuz, y Díaz, entre otros.

La obra “Solo mirando” es un acrílico que evoca los episodios que Tún vivió en la cárcel. (Foto: Foto PL: Imagen del libro “El mundo de Tún”)

De 1973 también se dataron algunos poemas del pintor. Del registro que persiste, son siete los pequeños versos impresos que logró resguardar el artista César Izquierdo. Estos poemas abordan temáticas cotidianas y se titulan La tienda, El ciclón, La carretera, La gotera, El peatón, La cana, El olvido.

Entre 1970 y 1974 Francisco logró que se llevaran a cabo ocho muestras personales, y también se destacó por participar como invitado en la clásica subasta de arte del país, Juannio.

A pesar del relativo éxito, las cosas cambiaron para Francisco en 1974, cuando Recourat falleció. La situación arrinconó a Tún hacia un estado en el que ingería bebidas alcohólicas con frecuencia, además de disminuir la producción de su obra por algunos años.

No obstante, las pinturas que ya había realizado durante los años anteriores adquirieron fuerza gracias a que espacios como la galería El Túnel —que manejaba casi en forma exclusiva sus obras— seguían distribuyéndolas. La organización Paiz lo tomó en cuenta en varias exposiciones colectivas, incluida una en China.

Últimas luminarias

Marzo de 1978 marcó otro hito en la vida de Tún. En ese mes, después de bastante tiempo de haber estado ausente en los círculos culturales, el artista fue invitado para montar una exposición en la galería Urraca.

La muestra no pudo ser más literal: llevó por nombre Tún ’78, y en ella se mostraron piezas pintadas exclusivamente sobre madera.

Una nota publicada el 9 de marzo de 1978 en Prensa Libre cita las siguientes palabras expresadas por el director de la galería, Otto Menéndez, a propósito de la muestra: “Uno concluye en que el trabajo de Tún ha existido por siempre, como también existía la realidad en la cual él vive y se inspira”.

Ese mismo año tuvo lugar la I Bienal de Arte Paiz, en la cual Francisco recibió una mención de honor por la obra Jugando pelota.  En 1979 expuso en la galería El Túnel y la invitación fue extendida por la Dirección General de Cultura y Bellas Artes. Esa fue la última vez que se vio a Tún en una exposición. Lo que vino después supuso un declive en la historia del pintor.

La geometría destaca en esta pintura que fue exhibida por primera vez en la exposición Tún ‘78. (Foto Prensa Libre: Imagen del libro ‘El mundo de Tún”)

Aunque en 1980 fue incluido en el catálogo de la II Bienal de Arte Paiz con la pintura La brama, su vida ya empezaba a desdibujarse. Ese mismo año la artista Ana María Martínez Sobral lo describió en un manuscrito como alguien con ojeras, manos manchadas, el pelo largo y barba sin cuidar. Su ropa era raída y sucia, señaló la artista.

En mayo de 1984 se presentaron sus obras en El Túnel, nuevamente con el patrocinio de la Dirección General de Cultura y Bellas Artes, pero Francisco no se presentó al montaje ni a la inauguración. No reapareció sino hasta 1985 con una mujer que, se dice, tenía aspecto extranjero y pedía posada junto al artista. La casa de Tún se había incendiado y dentro de ella se encontraban varias obras que perdió.

En esa época el artista atravesó varias experiencias que lo desestabilizaron todavía más: la muerte de su madre y su abuela, un accidente que le dejó una pierna dañada, su adicción al pegamento y al alcohol, así como una racha constante de detenciones y encarcelamientos en la capital, Chimaltenango y Panajachel.

Una vista de “La brama”, pieza creada por Tún en 1980 y presentada en la II Bienal de Arte Paiz. (Foto Prensa Libre: Imagen del libro ‘El mundo de Tún”)

Tún falleció en 1989, según apunta la investigación de Monsanto y varios registros en internet, basados en lo dicho por la hermana del artista.

De acuerdo con las publicaciones, Francisco murió luego de ser atropellado en una avenida capitalina. Había sido auxiliado por transeúntes, pero fue en vano. Se dice que algunos de sus familiares se dirigieron a una morgue para reclamar el cuerpo, pero una vez llegaron, este había desaparecido.

Ni la familia de Tún ni los agentes activos del mundo del arte cercanos a él tuvieron ninguna otra noticia del paradero del artista. A la fecha solo queda un recuerdo del enigma que fue.

Legado de sensibilidad y luz

Silvia Herrera, especialista en Filosofía y Letras y quien ha impartido cátedras de Historia del Arte, no descarta que Tún haya sido una figura excepcional a la regla del mundo del arte.

Según comenta, “su marginalidad era parte de su encanto, especialmente dentro del reducido círculo de artistas y críticos que había entonces”.

Además, la importancia de su obra —una que ilumina, sostiene Herrera— radicaba en que en ese entonces se popularizaba en el país la pintura naif (término atribuido a creadores sin capacitación formal y que evocan simbolismos propios), en la que Francisco encajaba estupendamente.

Herrera asegura que el valor del cuerpo de trabajo de Tún se encuentra en que este se dejó llevar por lo que sentía, “por vivirlo a fondo y ser consecuente con eso. Fue coherente hasta el último momento con su propia visión”.

Asimismo, sugiere que hablar de este artista es poner en valor a un visionario que se dejó llevar por su única manera de ver el mundo y de reflejarla en “esas inmensidades de colores planos que inundan sus obras”.

“Siempre solo” es una creación de 1980. Mide 50 x 61 cm. (Foto Prensa Libre: Imagen del libro ‘El mundo de Tún”)

Las piezas que se han llegado a recopilar del artista se caracterizan por su amplia gama de colores, así como las escenas cotidianas y melancólicas que trascienden en ellas. A veces hay personajes, en ocasiones animales, pero siempre predomina una perspectiva casi ingenua de plantear el escenario.

Las obras de Tún se caracterizan, además, por ser de muy diversos tamaños. Algunas pinturas apenas ocupan 7.5 x 3.55 cm, y otras tienen 94 x 245 cm. Los formatos también varían: algunos paisajes están pintados sobre tela o madera, y hasta en cunas y vasijas.

Ese universo versátil en formatos y significados motivó la llamada tunmanía (término acuñado por el artista Zipacná de León), de la cual han sido seguidores varios guatemaltecos; entre ellos, artistas y coleccionistas de arte.

El reconocido DJ Francis Dávila asegura que la obra de Tún es “eternamente inspiradora” para los guatemaltecos que conocen su obra, porque los invita a cuestionar el entorno y los colores.

Dávila cuenta que ha podido ver de cerca las pinturas La brama y Mi casa no amarilla de Tún. Asegura que ambas piezas lo han hecho darse cuenta de que Francisco, sin proponerse ser un creador contemporáneo, lo resultó siendo. “Era único y estaba proponiendo algo sin voltear a ver a los demás”, enfatiza.

Amelia Palacios es arquitecta, coleccionista y presidenta de la Fundación Nacional para las Bellas Artes y la Cultura, un espacio que reúne un centenar de piezas artísticas guatemaltecas de todos los períodos del país.

Relata que su encuentro con la obra de Tún fue hace 15 años. Desde que lo vio se quedó impresionada por la sencillez que despliega “entre los colores y las formas, manifestadas desde algo elegante”.

“Jugando pelota” ganó una mención de honor en la I Bienal de Arte Paiz. (Foto Prensa Libre: Imagen del libro ‘El mundo de Tún“)

Dentro de su colección de obras guatemaltecas tiene dos pinturas pequeñas del artista desaparecido, que fueron adquiridas junto su esposo hace varios años, luego de una búsqueda insistente. Cuenta que los tesoros en miniatura de Tún fueron “cautivantes” para ambos.

Quien también aprecia en Tún esa intensidad es el fotógrafo y curador José Manuel Mayorga, quien se encontró con las pinturas de Francisco en distintos lugares durante la década de 1970: en un catálogo de Juannio, en la galería El Túnel y en casas de conocidos.

Le sorprendieron las distintas dimensiones de las punturas, los materiales utilizados y las composiciones de las mismas. De ese universo destaca los campos abiertos pintados, así como “esos caminos que se extienden sobre sinuosas lomas”.

Mónica Serra es artista plástica y en las paredes de su hogar descansan dos obras firmadas por Tún. Una de ellas muestra una gran planicie amarilla que se eleva hasta un cielo casi púrpura. La otra pintura, titulada Cada uno por su lado, muestra a unos jóvenes transitando por una calle desolada en distintas vías.

Estas son manifestaciones claras de la soledad plasmada por Tún, expresa Serra, quien cuenta que conoció la obra del artista a inicios de la década de 1990. Las pinturas la hechizaron por la técnica, pero también al tomar en cuenta que el artista no tuvo una formación académica en las artes.

Cuando se le pregunta por la importancia que, a su criterio, tiene Tún en el arte guatemalteco, la artista responde con un suspiro: “Es algo que va más allá de un espacio pictórico, es una alineación emocional…”