María Fernanda Ampuero: “La literatura es mi vehículo para gritar”

La ecuatoriana María Fernanda Ampuero está en Guatemala para presentar Pelea de gallos.

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María Fernanda Ampuero busca contar historias reales desde la ficción (Foto Prensa Libre: José A. Ochoa).
María Fernanda Ampuero busca contar historias reales desde la ficción (Foto Prensa Libre: José A. Ochoa).

La infancia de María Fernanda Ampuero quedó marcada por la presión de ser alguien que ella jamás fue.

Se considera rebelde, alguien que cuestiona constantemente, y que no sabe por qué ante tantas injusticias y tragedias en la sociedad, las personas permanecen impávidas.

Ampuero (Ecuador, 1976) se encuentra en Guatemala para participar en la Filgua, en donde presentará su libro Pelea de gallos, una compilación de cuentos que “narra desde diferentes voces el hogar, ese espacio que construye —o destruye— a las personas”.

En sus textos insiste en denunciar el trato y abuso de una región latinoamericana afectada por la desigualdad. Ampuero afirma estar enojada. Sostiene, en una entrevista con Prensa Libre, la reivindicación de la diversidad, la sexualidad y los derechos de las mujeres.

¿Cómo te sientes de participar en la Filgua?

Soy ecuatoriana entonces en proporción, recursos, distribución de la riqueza del país estoy hermanada con Guatemala. Siempre me parece entre heroico y desquiciado. Pero creo que el padre de todos nosotros fue un ser heroico y desquiciado como el Quijote de la Mancha. Aunque sea un poco cursi, creo que es quijotesco seguirle apostando a la lectura y al libro. No solo frente a la falta de apoyos de todo tipo, tanto gubernamentales, como fiscales, importaciones y etcétera, sino también frente a los monstruos como cadenas de librerías y editoriales, en nuestros países se siguen editando editoriales pequeñas, se trabaja por la literatura y se hacen estos eventos. A mí me conmueve que me inviten a ferias “pequeñas” como estas, que no son los monstruos de Fráncfort o Guadalajara, pero que hay mucha más emoción. Eso lo compensa todo.

Pasa algo paradójico, porque quizás aunque los lectores en estos países somos menos, vamos y estamos todos. Hay mucho agradecimiento y entusiasmo. La gente es grata, como lo soy yo cuando los escritores que admiro van a Ecuador. Es una gratitud especial cuando en este rinconcito del mundo aceptan la invitación.

¿Por qué elegiste ser escritora?

La respuesta puede ser cursi pero es real: más bien, la literatura me eligió a mí. Ni siquiera creo que la escritura me eligió a mí sino que la lectura. Sé que es un cliché y lo dijo Borges mejor que cualquiera, que estaba más orgulloso de los libros que había leído que los que había escrito, pero yo siento que la literatura es la única fe que mantengo, el único pensamiento mágico y religión que mantengo.

Yo era una niña muy distinta, una que no respondía a ninguno de los cánones de belleza ni de personalidad que se esperaba que tuviera una niña ecuatoriana. Yo era alguien que cuestionaba las cosas, rebelde, fantasiosa, que difícilmente encajaba. Siempre me sentí como outsider, marginal, y la mayoría de marginales vivimos en la literatura. Entonces encontré ahí como mi tribu y es muy importante el amor de la tribu, sea la que sea. Es muy importante sentirte amado por una tribu. No puedo imaginar que hubiera sido de mi vida sino encontraba eso. Seguramente sería una persona millones de veces más triste e insegura de lo que soy. Sería una vida desperdiciada. Creo que mi vida la aproveché por la literatura. Este suspiro de tiempo que voy a estar en la vida se volvió significante por la lectura.

¿Por qué es valioso hablar de temas como ser mujer y diversidad sexual en la región? ¿Consideras que sirve para identificarte?

Siempre digo que he disfrutado toda mi vida de todo tipo de literatura. La parte lúdica y la belleza. La gente que hace humor, sátira, ciertos poetas que logran embellecerlo todo. Yo quise ser poeta, creía que era el género al que me iba a dedicar, hasta que crecí y me di cuenta que en cada generación hay uno o medio poeta. No estaba tocada por esa magia y perfección. Soy admiradora de la poesía, siento que es el género madre y padre…

“Pelea de gallos” es una compilación de cuentos que busca derribar los muros de los hogares y mostrar sus imperfecciones (Foto Prensa Libre: José A. Ochoa).

Pero cuando me di cuenta que habían cosas que estaban de mis capacidades tomé la decisión de que la literatura fuera mi vehículo para gritar. No puedo hablar serenamente de las cosas que veo. Hay una frase que se repite, no recuerdo bien, que dice que si no estás enojada, no estás viendo suficientemente bien. Yo estoy enojada. Ya no puedo dejar de ver lo que ya vi. De hecho, me sorprende que todo el mundo no esté enojado y no estemos en la calle. En Ecuador, por ejemplo, hay un porcentaje de niñas embarazadas. La gente debería estar en la calle por eso, la policía tocando cada puerta. No entiendo cómo las cifras de feminicidios no están paralizando Centroamérica, México, no sé cómo no hay toques de queda… Esto es un genocidio.

Yo necesito gritar estas cosas. Que no puedo salir a la calle sin normalidad, que mi vida es diferente a la de mi hermano, que nació en el mismo hogar, con el mismo dinero, fue a un colegio equivalente, que tuvimos los mismos padres y, sin embargo, el mundo que habita no es el mismo que el mío. Que no lo han intentado violar. Y no es que yo viviera en una favela. Usamos la misma cuna, literal. Pero él no ha sufrido lo mismo que yo sufro. Él no ve un encuentro sexual siempre con un punto de pavor. ¿Te puedes imaginar que cada encuentro sexual lleve un porcentaje de temor? Es como una patología. No sé si los hombres se alcanzan a imaginar que yo, si salgo a tomar un café con alguien, debo mandar a mis amigas foto y datos de dónde y con quién estoy. Eso no lo hacen los hombres.

Ese otro mundo en el que nosotras vivimos es un campo de batalla. Es simplemente porque nacimos. Yo doy alaridos. Sé que este libro es todo alarido. Pero la tibieza es algo que me asquea. Yo fui muy religiosa, porque la religión también es otra tribu, otro consuelo, es una fantasía de ser querida. Eso es importante para una niña gorda y outsider, pero aunque nadie te quiere está la leyenda de que Jesús te quiere. Hay una frase en la biblia que dice “a los tibios los vomitaré de mi boca”. Está en la biblia y es muy bestia, es perversa, y eso se me quedó grabado. No puedo ser tibia y es terrible en varios aspectos de mi vida. Es difícil socializarte cuando no puedes serlo, pero no puedo hacerlo por lo que me ha pasado a mí. El libro no es autobiográfico pero todo es verdad.

¿Es importante contar esas historias para que personas se sientan representadas?

Tengo un compromiso con el grito, esa es mi forma de escribir, gritando. Creo que hay que reivindicar la escritura comprometida pero primero comprometida con la calidad. Mi primer compromiso es con la calidad literaria. Porque sólo así va a llegar el mensaje que yo quiero que llegue. Sólo así el lector va a sentir lo que el personaje está viviendo.

¿La literatura puede cambiar las cosas? Yo he conocido personajes que son más cercanas a mi vida que gente real que he conocido. La literatura me permite conocer a alguien que no ha podido conocer en otro. Quiero que la gente conozca estas mujeres, hombres y niños, tanto, que sea imposible mirar hacia otro lado. Creo que solo puedo hacerlo en la ficción. Soy periodista, soy cronista y hago trabajos periodísticos pero creo que esto es más poderoso. Inventar para mostrar de mejor manera la realidad, aunque suene paradójico.

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Este planeta, tal como lo conocemos, le quedan treinta años, según estudios recientes. No nos pongamos tan apocalípticos. Digamos que le quedan 100. Los resultados están ahí, estamos viendo el mar, que no hay agua, se extinguen los animales… Hay dos opciones: entretener a la gente mientras sucede el fin del mundo o gritar. El otro día pensaba, viendo la serie Chernóbil, que todo estamos viviendo en Prípiat, que es el pueblo de al lado. Todos estamos viviendo ahí y es momento de reaccionar. Alguien está intentando, además, que no se diga. No le voy a jugar el juego a la gente que está comprándose relojes de oro mientras el resto del mundo está muriendo.

Mucha gente me critica por excesiva. Lo excesivo es lo que está pasando, que una niña salga de su casa y no regrese. Siete diarias en Ciudad de México… Lo mío se queda corto de lo que de verdad viven esas niñas, de lo que le pasa a las mujeres que están casadas con violadores, asesinos. Esto no es nada. No voy a ser cómplice. Creo que la gente que es conciliadora y pasa de puntillas por los temas, es cómplice.

¿Qué piensas del éxito de Pelea de gallos?

Es extraño el tema del éxito. A mí mis padres, aunque no son malas personas, me criaron para que no tuviera expectativas. Para que no sea la facilitadora de las expectativas del otro. Mis padres apostaron por el hombre de la casa, porque llevaba el apellido. Yo era alguien para estar ahí, dar felicidad y contentar a los demás. Les salió el tiro por la culata. Nunca se permitió el sueño de triunfar por una misma, sino conquistar a alguien triunfador.

La portada de “Pelea de gallos”, de María Fernanda Ampuero (Foto Prensa Libre: José A. Ochoa).

Aquello de ser dulce, delgada, pelo rubio, talentosa era para complacer a otro para que tu triunfo fuera conquistar a ese otro. Para mí, estar aquí, es un acto revolucionario. Ya es una subversión de lo natural. Que yo escriba, que viva de eso, que viva sola, en otro país y que no tenga hijos es una subversión que no se esperaba de mí.

Soy una persona que vive con un síndrome de impostora todo el tiempo. Es difícil cambiarlo. Siempre está esa hoja ahí de “no es suficiente”. Hay unos días que el éxito es grato y luego de en qué momento se darán cuenta que no es tan bueno. Es difícil creer que te mereces el éxito cuando eres mujer. Es difícil. La autoestima es un músculo tan poco trabajado por las niñas, las mujeres, además es como la obra maestra del patriarcado. Que nosotras mismas no creamos que nos lo merecemos. Batallo con ese síndrome. Me da pena, quisiera ir con la María Fernanda de diez años y decirle que es especial, que lo mereces. Por eso pienso que el éxito es relativo.

¿Qué se puede encontrar en el libro?

Juego con lo político, con decir que las experiencias individuales responden a una forma de conducta colectiva y que además repercuten en lo colectivo. Si tú tienes un niño maltratado en casa, y dices “que la ropa sucia se lava en casa”, que un padre cría a sus hijos, no, ese niño sale mañana a la calle. Para mí es una obsesión las casas, lo que pasa detrás de las cuatro paredes porque de ahí venimos todos.

No es casual que existan violadores, maltratadores y asesinos de mujeres. Esas personas salieron de casa y tuvieron una formación. No es un grupo de personas con enfermedad mental, no es así, el problema no es ese, sino que son hijos sanos del patriarcado y que las mujeres son inferiores y objetos de su placer. Eso se ve en la pornografía. Luego, cómo esos hombres van a tener una sexualidad sana.

Para mí era importante derribar las puertas y ventanas de esas casas. Ver y mostrar qué es lo que hacen los padres con los hijos. Alguna vez pensé que todas las casas son embrujadas. Tú podrías ver mi historia familiar y no hay algo grotesco. Y había un monstruo en esa casa, también en mí, porque uno sale de casa pero la casa no sale de ti.

Las peleas de gallos son una actividad reconocida en Latinoamérica. ¿Es el nombre del libro una provocación a ese tema y el de la masculinidad violenta?

Mostrar es lo que hago. Las peleas de gallo representan todo lo que está mal en este mundo. Son dos animales que normalmente no se matarían. Los ajustan para ser asesinos. No son tigres, son animales territoriales pero cuya naturaleza no está dada para que se asesinen. Aquí viene el ser humano, en su crueldad infinita, como el toreo, a ponerle un artificio asesino a los animales para su placer y su deleite. Aplaudir porque un ser vivo abra a otro para tu entretenimiento.

Siempre pienso que el mundo es esa gallera (palenque). Tienes a seres como centroamericanos y mexicanos, abriéndose los unos a otros, cuando en la platea hay gente responsable de esto. ¿Por qué los centroamericanos deben migrar? Porque hay gente que gana plata con eso. Nuestras vidas no las tenemos nosotros, como tampoco ocurre ni venezolanos ni ecuatorianos, sino la gente en la tribuna.

¿Cómo puede reaccionar un niño al ver una pelea de gallos? Si lo importante es preservar la vida. Un chico colombiano me contó que su padre le regaló un gallo. Lo trató como mascota, era su amor, hasta que un día el papá le dijo que el gallo iba a pelear. Este niño, que crío a ese gallo como su perrito, con ternura, lo vio a pelear. A los hombres tampoco los crían desde la ternura. Cuando a mí me cuestionan el feminismo les digo que los hombres también van a ganar. Nada más maravilloso que cuidar y ser cuidado. El mundo patriarcal dice que hay que destruir. Esa decisión de destruir, incluso del planeta, viene del patriarcado, que también puede haber mujeres patriarcales. Viene del sistema ese, de acabar con todo, que no importa la falta de agua o tierra, importa llenarse el bolsillo con dinero que no te vas a poder gastar.

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