Revista D

Abuelita perseverante

La voceadora encanta por su carisma, amabilidad y dinamismo.

Por Roberto Villalobos Viato

Grajeda durante su faena diaria en la diagonal 6, zona 10 de la capital. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.
Grajeda durante su faena diaria en la diagonal 6, zona 10 de la capital. Foto Prensa Libre: Roberto Villalobos Viato.

Doña María Elena Grajeda, de 76 años, se levanta todos los días a las 3.30 de la madrugada para ir a trabajar.

Es voceadora desde hace 24 años, pero hoy, debido a los achaques de la edad, ya no camina entre los automóviles; en cambio, se sienta en el arriate de en medio de la diagonal 6, cerca del entronque con el bulevar Los Próceres, zona 10 de la Ciudad de Guatemala. En este lugar permanece de las 5.30 hasta las 7 horas; a veces hasta las 8.30.

“Mis familiares me dicen que ya no trabaje, pero no me hallo así; siempre quiero estar afuera”, dice.

Hace dos años salió lastimada de la cadera luego de que el piloto de un automóvil la atropellara, ya que este iba distraído hablando por celular. “¡El señor estaba hecho un papel!”, exclama, en referencia a que el individuo estaba pálido por lo sucedido.

“Se hizo responsable, pero la verdad es que no quise molestarlo ante los gastos que debía efectuar. ¿Para qué?”, se pregunta. Pese a ello, dadivosos la ayudaron.

De hecho, después del accidente le regalaron un andador y le recomendaron reposo, pero al mes ya estaba de pie. “La gente me aconseja que ya no continúe en este trabajo y me ofrece ayuda para mi sobrevivencia; yo les agradezco, pero a mí me gusta trabajar, aunque tenga que caminar con la ayuda de un bastón o que me duela la columna”, recalca. “No me gusta que me mantengan”, agrega.

Mujer ejemplar

Grajeda nació en la capital el 14 de febrero de 1940. Fue empleada doméstica, pero no continuó porque “se trabaja más de lo que pagan”, manifiesta.

Tuvo tres hijos, pero solo uno sobrevive, quien le ayuda a vender periódicos.

Asimismo, refiere que es católica devota, pero que ya no va a la iglesia con frecuencia porque le cuesta. “Las procesiones no me las pierdo”, cuenta.

Luego de trabajar se dirige a su casa en la zona 18, donde descansa por las tardes. “Veo la televisión pero solo un ratito, porque no quiero perder mis ojos”, sostiene.

Se duerme temprano para estar preparada para el siguiente día, pues afirma tener un compromiso con sus clientes entregándoles los periódicos en sus manos.

¿Cuándo dejará de trabajar? “Aquí estaré hasta que Dios me lo permita; vender periódicos me dignifica y me hace feliz”, concluye.