Justicia

Detrás de la cinta amarilla

Son los hombres y mujeres que están detrás de la cinta amarilla. Su trabajo es fundamental para que un fiscal en la Corte pueda probar un delito, se llaman recolectores de evidencias. 

Por Claudia Palma

El Ministerio Público debe recabar evidencias en los hechos criminales y comenzar investigaciones. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)
El Ministerio Público debe recabar evidencias en los hechos criminales y comenzar investigaciones. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

Muchos son abogados, ingenieros o arquitectos que en traje de fatiga analizan hasta el último milímetro de la escena del crimen. Cargan hasta con la más pequeña evidencia —ropa que pueda tener manchas de fluidos orgánicos u otras sustancias, orificios, desgarros, huellas, etc—, pues saben que al armar el inmenso rompecabezas de un caso, cada pieza que recojan puede ser determinante.

Todas las escenas del crimen incluyen una planimetría —representación a escala de todos los detalles del terreno sobre una superficie plana—. En el caso de un asesinato, la planimetría permitirá establecer, por ejemplo, si la víctima murió en donde fue encontrada o si el cadáver fue llevado a ese lugar.

“El crimen es impredecible”, afirma Esteban Hernández, subdirector general de Investigación Criminal del Ministerio Público. En ocasiones, el personal de esa unidad analiza hasta nueve escenas del crimen en la ciudad.

Trabajan turnos de 32 horas —24 en la calle y ocho más que les toma rendir informes—. Luego descansan 48. Los equipos, casi de manera invariable, están integrados por un planimetrista, un fotógrafo y un embalador.

Los recolectores de evidencias están en todas partes, tanto en la escena de un asesinato como en un allanamiento en donde se ha ejecutado una detención, en las incautaciones de dinero o de drogas, en casas que han sido objeto de robo, en secuestros o cuando existe más de una versión sobre un crimen que deba investigarse y sea necesaria una nueva inspección.

Llueve o truene

“Me dan miedo los vivos, no los muertos”, es una frase acuñada en este oficio.

Álvaro Santizo Arana trabaja desde hace nueve años en este oficio. De él depende coordinar el trabajo en una escena del crimen. Sabe que hay tareas que no pueden esperar, como el barrido de la prueba de fulminante, para determinar si hubo presencia de residuos de disparo en la víctima o las impresiones dactilares.

En invierno, sin embargo, una mancha de sangre en la pared puede correrse o diluirse, los casquillos pueden perderse en el lodo. Es un trabajo en el que no hay horarios para comer o dormir. Tampoco se está exento de riesgos y algunos vehículos de investigadores han sido atacados a balazos.

El tiempo que toma analizar una escena del crimen puede ser desde dos horas, cuando se identifica a un indigente en la vía del tren, hasta cuatro días, si los fiscales se encuentran en una escena dantesca, como los 27 cadáveres decapitados en la masacre perpetrada en la finca Los Cocos, en La Libertad, Petén, en el 2011.

Dominio propio

Ser un recolector de evidencias requiere gran dosis de serenidad. A veces es necesario trabajar en medio de insultos de quienes exigen que el cuerpo de la víctima no se toque.

En otras ocasiones, afirman Leonel Hernández y Óscar López, dos analistas de escena del crimen con más de 15 años de experiencia, es imposible no conmoverse por el llanto y los gritos de los dolientes. En suma, es un trabajo que requiere dominio propio, ser observador, analítico, tener razonamiento lógico y mucha vocación.