Revista D

Christian Rodríguez: “Lo más alto no es lo mejor”

El escalador que no quiere subir el Éverest porque prefiere disfrutar los ascensos desde una visión social y cultural.

Por Ana Lucía González

Christian  Rodríguez Morales (1976) es un montañista guatemalteco convencido de que  se pueden tener motivaciones muy distintas al escalar una cima de las que usualmente se venden,  como alcanzar el éxito o lograr una conquista personal. Rodríguez, además, no es aficionado al Éverest. Prefiere pensar que las cumbres son una oportunidad para disfrutar de la naturaleza y compartir con las personas.

Ha subido cerca de 400 montañas y más de mil ascensos en 16 países entre América, África y Europa. Desde el 2009 reside en el País Vasco, España, donde es guía de montaña profesional. Además, ha sido galardonado por su faceta como escritor y fotógrafo. Uno de sus enfoques es la proyección social de este deporte en discapacitados, niños, ancianos y personas sin hogar.

En esta entrevista, vía skype, Rodríguez comparte su pasión por la escalada.

¿Cómo conoció el montanismo?

Por una invitación de amigos en 1991. Donde vivía, en la zona 18, veía el Pacaya. Tendría 15 años y la verdad no tenía condición física, pues no hacía ejercicio. La pasé muy mal porque nos asaltaron y secuestraron. Sin embargo, me quedé con la naturaleza, que me encantó.

¿Qué lo hizo residir en España?

Fue una decisión amorosa. En Guatemala era profesor, me entrené como guía de montaña, a lo cual me dediqué por 15 años. En una de esas salidas, conocí a una chica vasca, Nekane. Subimos los volcanes Zunil y Santo Tomás. Ascendimos como desconocidos y bajamos como pareja.

Nos casamos y decidimos vivir en España. Ahora resido en Algorta, un pueblo a la orilla del mar, a media hora de Bilbao. Tengo dos pequeños, Maya de 3 años y un varón, Oihan Balam, que nació este 2 de mayo.

Su trabajo ha ganado reconocimiento en España.

En febrero pasado recibí dos premios. El primero, del concurso Cuentamontes, un certamen internacional de relatos de montaña con sede en Alicante. Es la 5ª ocasión en que quedo de finalista, entre casi 400 trabajos, de los cuales solo 10 se consideran seleccionados para publicar en un libro. También hay categorías en fotografía, pintura y poesía, todo relacionado con montañas.

El segundo fue un reconocimiento como amigo de la revista Pyrenaica, de la Federación vasca de montaña.

¿Cuál es su principal inspiración en estos relatos?

Practico un montañismo muy diferente al que venden en los medios. No me interesan los comerciales, ni los patrocinadores, sino más bien enseñar esta práctica a todo tipo de personas: niños, ancianos o discapacitados.

Por ejemplo, tengo un proyecto para enseñar guía de montañas a las personas sin hogar. Son jóvenes que viven en albergues, la mayoría africanos. En verano los llevo a la montaña y les enseño técnicas, con la idea de que repliquen esto a otros más.

¿Qué tipo de técnicas?

Debo cuidar las condiciones del clima, pues no tienen mucha ropa y los zapatos se los alquilan. En lugar de carpas, usamos hamacas, las cuales improvisamos con un trozo de tela y cuerdas. Se pueden hacer cosas muy sencillas, dependiendo del grupo.

Para usted alcanzar una cumbre no tiene nada que ver con el éxito, ni mucho menos con la conquista. ¿Qué lo motiva a escalar cumbres?

Me gusta la convivencia y la naturaleza misma. Claro, se busca la cima, pero a lo largo de todo el camino hay detalles súper bonitos por lo que no hace falta llegar a la cima para disfrutarlos.

Siempre he sido contrario a esas ideas de éxito. Voy tanto a las montañas y disfruto llevando gente. Muchas veces nos hemos tenido que regresar por que no se podía, o nosotros no fuimos capaces, incluso, por pereza. Pero no nos obsesionamos por ir a determinada cima. Cuando te venden éxito ponen de referente los picos más altos.

El Éverest, por ejemplo.

“Este deporte se idealiza mucho, por eso valoro la enseñanza de quien te cuenta que tropieza y comete errores”.

Sí, y es curioso porque estas montañas altas, al final, son las más fáciles de subir. Llega tanta gente que están muy acondicionadas a tanto público. En el Éverest, en cualquiera de los campos base, si pides una botella de vino, te la suben, las carpas tienen TV. Eso no se cuenta, pero te dan la impresión de que es más duro de lo que realmente es.

¿Lo ha subido?

No, tampoco me interesa. Se ha masificado, tan es así que el paquete más barato cuesta US$70 mil, más el costo del pasaje. En el Himalaya hay otras cumbres de entre 6 mil y 7 mil metros que nadie las ha subido, pero la gente está obsesionada por escalar la más alta.

Un caso más cercano es en Guatemala. El volcán más alto es el Tajumulco, pero muchos coinciden en que el Acatenango —el tercero más alto— es más hermoso y mucho más difícil de subir. Lo más alto no es lo mejor.

¿Qué experiencia personal puede poner en contraste?

Escalé la montaña más alta de Belice, Doyle’s Delight, de 1,124 metros de altura. Se certificó que fue la primera expedición en el 2008. Nos tomó ocho días pelear donde no había pasado nadie, con el grupo atravesamos unos 90 kilómetros entre la selva virgen.

Esas aventuras lo hacen regresar una y otra vez.

Hay muchísimas anécdotas. En el 2007, quería subir el cerro Mogotón de Nicaragua, pero estaba lleno de minas antipersona.

Fue minado durante la guerra y su ascenso estaba prohibido. Incluso estaba custodiada por militares. Estuve varios días investigando y encontré que se podía. El campesino Ramiro Estrada vivió en la cima antes de que la perforaran y le dejaron un camino libre. Coincidí con él y lo convencí de subir.

Quienes sí la habían escalado eran los campesinos del lugar, que por lo general son los mejores montañistas. Conocen su capacidad física, la naturaleza y controlan el clima.

Cuando regresé a Guatemala me di cuenta de que varios tenían reportes de su ascenso, pero era información falsa. En montañismo suele suceder que no hay medios de verificación, entonces se miente, incluso los famosos agrandan los hechos. Y la verdad no es tan complejo como lo pintan.

Prefiere hacer viajes a bajo costo, ¿cómo lo logra?

Gracias al trabajo de guía de montaña he conocido a mucha gente que me ha invitado. Además, viajo en transporte público, no pago guía porque tengo las credenciales, otras veces camino más de la cuenta para llegar al área. Uno porque me gusta, segundo; el transporte es muy caro. Incluso intento subir la cima lo más rápido posible, pues hay lugares que te cobran por el tiempo de estancia. En el Éverest, son tres meses.

¿Quién ha sido su maestro en este deporte?

Cuando vine al País Vasco, tenía el referente de una persona que ha hecho muchísimas cosas, mi profesor Alberto Iñurrategi. Asistí a una de sus charlas y ha sido lo más motivante que he escuchado. Era exclusivamente hablando de sus fracasos como montañista. En Guatemala se idealiza mucho a la persona que practica este deporte, pero alguien que te cuente que comete errores y tropieza es la enseñanza más rica de alguien que se dedica a esto.

Perfil

  • Presidente de  la organización vasca Lagun Artean (Entre amigos), la cual brinda proyectos de apoyo social en varias comunidades mayas de Guatemala. 
  • Técnico deportivo, guía de montaña en Europa.
  • Más de  60  cumbres  ascendidas en Guatemala.
  • En cinco  oportunidades ha quedado como  finalista en el concurso Cuentamontes, relatos de montaña en España. 
  • Premiado como Guatemalteco ilustre en categoría deportiva 2014, por Seguros Universales. 
  • En el  2012  obtuvo el primer lugar  como Mejor escritor de literatura de montaña, por parte de la Revista Pyrenaica, de la Federación vasca.