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29/12/12 - 00:51 Opinión

EDITORIAL

Acuerdos que siguen en deuda

Cada 29 de diciembre la fecha se torna propicia para que distintos sectores celebren a su manera un nuevo aniversario de la firma de los acuerdos de paz, y es inevitable que en algunos predomine la euforia, mientras que en otros la ocasión también permite recordar la enorme deuda que la concreción de esos tratados sigue teniendo con los guatemaltecos, pues es ineludible recordar que, de lo sustancial, muy poco se ha cumplido.

Ciertamente, los distintos gobiernos que se sucedieron tras la firma de esos acuerdos han ignorado buena parte de esos compromisos y, lejos de mejorar su aplicación, más bien han sucumbido a las presiones sectoriales, donde en un alto porcentaje tampoco ha existido la capacidad de ver más allá del entorno inmediato y la necesidad que este país tiene de encontrar el asidero en algo que lo haga avanzar con firmeza sobre bases sencillas, pero sólidas, y con una gran conciencia de lo que la Nación en su conjunto representa.

Desde sus mismos cimientos, la instauración de la paz debió sortear serios obstáculos, como la oposición política que un sector del partido oficial del momento ejerció para que el proyecto fracasara y eso simplemente arrinconó al gobernante de turno a aferrarse a una causa, como si esta fuera propia y no el esfuerzo de muchos guatemaltecos que habían participado en ese esfuerzo y quizá por ello es que ese proyecto se politizó de tal manera que se llegó al extremo de dejar casi al margen a muchos otros protagonistas.

Llegar al cese del conflicto armado tampoco fue el logro de un solo gobernante, y el mérito también correspondía incluso al primer gobierno de la era democrática, que sentó las primeras bases para el inicio de las negociaciones. De hecho, antes de la firma de la paz participaron en acuerdos previos representantes de otros tres presidentes y destacados integrantes de la sociedad civil, pero, como ha sido una característica de este país, muchos fueron marginados y los méritos empezaron a ser regateados, y en cierto sentido eso explica que cada quien busque celebrarlo a su manera.

Quizás por eso se explique la poca aplicación de aspectos valiosos establecidos en aquellos compromisos, porque han sido los políticos los que menos han tenido interés en su cumplimiento, como se comprueba con frecuencia en los contrastes con los que cada uno trata la resolución de viejos rezagos, como el resarcimiento, por mencionar apenas uno de ellos, que se ha hecho con disparidad, como se pudo observar hace poco. Mientras en San Marcos se vivía un drama humano, en Huehuetenango se repartían millones a expatrulleros de Autodefensa Civil.

Tampoco se le ha dado cumplimiento al reconocimiento pleno de una nación multicultural y plurilingüe, un rezago cargado de conflictividad que lo único que ha logrado es que sean los mismos grupos marginados los que busquen solución a sus demandas. Quizás la mayor deuda de los gobernantes y políticos sea el poco avance en la consolidación de una democracia plena. Al final, cada celebración de la firma de la paz es solo un festejo, desprovisto de un verdadero compromiso por el cambio.

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