Opinión

MIRADOR

El contubernio Líder-PP

Pedro Trujillo

Pedro Trujillo

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Pedro Trujillo

En la habitación 706 de un hospital encontró el MP a la exvicepresidenta Baldetti, refugiada y aquejada de “males” de última hora, de esos que afloran cuando te sabes acorralado por la justicia. Lamentable actitud de a quien la soberbia, la vanidad y la ambición cubrieron permanentemente durante esos efímeros “tiempos de gloria” que los políticos, equivocada y arrogantemente, idealizan eternos. El discurso del presidente, días después, agresivo, amenazante y petulante. —¡No me voy porque no me da la gana!—, vino a decir, dejó claro su pacto con Líder y con sindicalistas mafiosos y manipuladores.

Lejos de ser un espectáculo divertido o de provocarme jubileo, todo eso me resultó patético. Pareciera que esos corruptos llegaron ahí por méritos propios, pero no fue así, sino que obtuvieron 2,3 millones de votos, muchos de personas que ahora se suman al grito de “¡a la guillotina!”, mientras el jolgorio les hace olvidar las causas del problema: votantes que eligen mal, no participan o se suman cómplicemente a la ola de corrupción del partido que “le toca”. No siempre la culpa la tienen otros; lección por aprender.

La vieja usanza romana de pan y circo se tropicaliza, aunque importamos únicamente lo que distrae: el circo, con cómicos y payasos incluidos. La atención se centra en seguir derribando un sistema cooptado que se volverá a poner a prueba en apenas dos semanas, aunque se corre el riesgo de que las cataratas políticas nos hagan elegir, otra vez, a los mismos corruptos, callados e impávidos pero incluidos en las listas de los distintos partidos políticos. Este fenómeno de alegría social y limpieza política pareciera haberlos tocado solamente de forma tangencial.

Un presidente acabado y una exvicepresidenta presa, ambos judicialmente acusados, satisface el despertar de una sociedad dormida por tiempo, pero no es cambio sustancial. La mayoría de políticos corruptos son candidatos en la elección venidera. El vicepresidenciable de Líder, siete diputados y varios alcaldes del mismo partido, además de otros muchos repartidos por la geografía nacional, están listos para tomar el relevo de un país que se hunde, con la excusa de ser ellos quienes lo salven. Lejos de eso, darán un golpe de timón para que las mismas prácticas mañosas adopten otras formas que les permitan depredar y escapar del sistema judicial que los arrinconó. Cambiarán normas y promoverán nueva legislación, volviendo a engatusar a millones de votantes, quienes, para mientras, se desfogan y hacen esa particular y necesaria catarsis sabatina o piden sin éxito la renuncia presidencial.

Si los Barquín (Édgar y Manuel), Arreaga, Lohayza, Chávez, Rivera, Yanes y un largo etcétera de candidatos a diputados y alcaldes son opciones válidas, seguimos muy mal y con una metástasis de tal calibre que dejaremos de sonreír y festejar en pocas semanas, volviendo al pozo oscuro de la reciente “democracia” fallida. Hay que rehacer el listado de elegibles y sacar a los señalados por la justicia. No nos engañemos, el derecho a ser electo no existe per se, sino que se circunscribe a un ámbito local en el que la sociedad eleva el listón de honestidad, decencia y capacidad al nivel que desea tengan sus administradores. ¡Y lo exige!

Hay tiempo para todo. Festejemos los logros alcanzados, pero reservemos tiempo para reflexionar y fuerzas para actuar sobre lo que queda por hacer, evitando caer nuevamente en el error por años cometido. Los delincuentes habituales incluidos en las listas electorales siguen siendo el problema a solucionar, el tumor a extirpar, y pactan secretamente su escape y salvación.

Que la emoción no nuble la razón y permita que los malvados continúen.

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