Opinión

Con otra mirada

Arquitectos celebran, agradecen y lamentan pérdida

José María Magaña

José María Magaña

En septiembre, los arquitectos de Guatemala celebramos la creación de la primera Facultad de Arquitectura en Centroamérica. Fue el 5-9-1958 cuando el Consejo Superior Universitario de la Usac nombró decano interino. Tan importante hecho es la materialización del sueño de tres jóvenes arquitectos que al principio de los años 1950 regresaron graduados de universidades de México y EE. UU. Fueron ellos Roberto Aycinena, Carlos Haeussler y Jorge Montes.

Para entonces había extranjeros y nacionales en ejercicio de la profesión que seguían enriqueciendo el paisaje urbano y arquitectónico de nuestras ciudades. Algunos, desde el trabajo institucional —municipalidades y Obras Públicas—, como a partir de la práctica privada, tarea que combinaron con la docencia. Tal el caso de Pelayo Llarena, quien, junto a Jorge Montes, es sobreviviente de aquel momento, cuando se introdujo en nuestro país la arquitectura moderna y contemporánea, cuyo máximo referente es el Centro Cívico de la ciudad de Guatemala.

De los primeros cinco lustros de aquella Facultad, es notorio su vínculo con las humanidades y artes plásticas; el cálculo estructural y materiales de construcción, junto a la teoría de la arquitectura y la ética profesional. Esa etapa produjo generaciones con formación integral, comprometidas con la realidad del país, en cuya obra fue incorporado el arte a escala urbana de los grandes maestros de la plástica, tanto en edificios públicos como en privados y casas de habitación.

Sería imposible nombrar a tantos colegas de esas tres primeras generaciones con quienes compartimos aulas y corredores, fuera en su calidad de jóvenes catedráticos o porque cuando mi generación entró a la Facultad, ellos salían; profesionales que han dejado huella. Reitero mi oportuno homenaje a Jorge Montes y Pelayo Llarena como representantes de aquel espectacular comienzo.

Los arquitectos Rafael Tinoco y Johnny Lacape, hacia fines de los sesenta, se perfilaban como diseñadores audaces y de vanguardia. Su edificio, El Triángulo, destaca por la limpieza de sus líneas, enfatizadas con elementos blancos, en tanto que el resto de las superficies fue resuelto con vidrio oscuro. Por las características de la parcela, el edificio tiene tres accesos que desembocan en un vestíbulo con rico juego espacial, integrado por el volumen de las escaleras, jardines, la luz; el pavimento de piedra laja cuadrada y un mural del artista Luis Díaz en el núcleo central de la circulación vertical.

Aprovecho para despedir a Johnny, quien, con gallardía, luego de una larga batalla, en plena semana de celebración, decidió dejar los espacios creados como recuerdo de su capacidad.

Debo reconocer el trabajo de infinidad de jóvenes talentos que sin proponérselo están haciendo camino al andar; como debe ser. La arquitectura es un ejercicio de intimidad creadora, cuyo resultado al primero que debe satisfacer es a uno mismo, pues de lo contrario, el proyecto debe quedarse en el papel.

La obra heredada de los fundadores —Aycinena, Haeussler y Montes— fue de tal envergadura que no ha sido superada, cosa lamentable, pues lo natural es que cada nueva generación supere a la anterior. El ejemplo nos fue dado, por lo que debemos ser innovadores en nuestras propuestas en beneficio y calidad de vida de los guatemaltecos.

Como profesional soy resultado de aquella fase de formación y me siento satisfecho por lo que hasta ahora hice, luego de que la Carolingia, el 7 de septiembre de 1973, expidió el Diploma acreditándome como miembro de la Facultad de Arquitectura, autorizándome para el ejercicio de la profesión correspondiente, con los honores y preeminencias debidas.