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El presidente y sus guerras

Pedro Trujillo

Pedro Trujillo

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Pedro Trujillo Política

Rodeado por el Alto Mando del Ejército, del que forma parte —y que protege a un general acusado de graves delitos-, en el contexto del homenaje al soldado caído y en un centro militar —donde no queda de otra que escucharlo porque nadie puede salir de filas—, el presidente Morales volvió a la carga —y no de caballería— contra el ignominioso sistema que lo presiona, persigue y aturde.

Las arrebatadas declaraciones, aderezadas con una innecesaria y tragicómica victimización, se produjeron después de que Cicig/MP desvelaran un caso de financiamiento electoral ilícito a favor del partido que lo llevó al poder. Unos empresarios aceptaron haber entregado dinero para el pago de fiscales de mesa, el MP evidenció los hechos y el presidente —ex secretario general del FCN— con una patética autodefensa, culpa a “Raimundo y medio mundo” de ser perseguido junto con su esposa e hijos y haber sufrido un allanamiento ilegal hace casi dos años, del que, ¡oh maravilla!, guardó silencio hasta ahora.

Como mostró la comparecencia del MP, Morales quería presentarse como alguien impoluto, problema de identidad por el que atraviesa. Deseaba que el lema de campaña “ni corrupto ni ladrón” siguiera siendo eslogan de gobierno; sin embargo, como suele ocurrir en los sistemas presidencialistas, al ser designado presidente sin posibilidad de reelección, dejó de tener valor para el partido que decidió gobernar desde el Congreso y buscar un liderazgo de recambio para los próximos comicios. Se desentendieron de don Jimmy, y el diputado Ovalle —prófugo en búsqueda— decidió, junto con otros diputados tramposos —ahora incluidos en el nuevo comité ejecutivo nacional— mangonear el país a su antojo y capricho. El presidente fue rodeado por una rosca militarizada cercana al narcotráfico y al crimen organizado, y aceptó sumisa y mansamente la agenda que le hicieron.

El cambio de destino de cerca de 200 militares —inédito en la historia castrense—, el plante insolente del general Padilla, los dos coroneles capturados —uno por narcotráfico y otro por lavarle dinero a las maras— y la defensa de oficio que del gobierno hace un círculo extremista, perverso y organizado —dentro y fuera de Zavala— aclara quiénes están detrás del golpe técnico que no termina, afortunadamente, de cuajar, a pesar de haberse sumado el alcalde capitalino, su hijo —presidente del Congreso— y otros sectores acosados por un sistema judicial que investiga corrupción, lavado de dinero, abuso de autoridad y hasta complicidad en asesinato. Un panorama nada halagüeño que detona toda esta kafkiana situación.

El presidente ha tenido la oportunidad de reconducir su actuar hacia temas trascendentales en varias ocasiones, pero ha optado por inaugurar obras, entregar pupitres, aburrir a niños de escuela pública, subirse a tarimas para arengar a grupos que reclaman privilegios legales, pelear contra el mundo e intentar afanosamente, aunque sin éxito, anular unilateralmente el Convenio de Cicig, entre otras cuestiones “importantes y trascendentes”. Se entiende finalmente —como en esas series que tardan en acabar— la razón de su actuar paranoico y del de quienes lo apoyan: están siendo perseguidos por la justicia y hay evidencias suficientes para pensar que pueden ser encarcelados por largo tiempo. De esa cuenta, entre la espada y la pared, en un laberinto y bajo presión, intenta resolver un dilema cuyas opciones siempre son malas, así que optó por respaldarse con quienes obedecen y “no deliberan”, salvo cuando les conviene.

No sé si es momento de repetir 2015, pero en todo caso me parece que no está muy lejos. Por cierto, en aquel entonces no salió tan mal, por si el buen recuerdo de la experiencia alienta a repetirlo.

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