Opinión

Aleph

Entre dos fuegos

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Sucedió un 14 de julio de 1960, en el “manicomio” de la ciudad de Guatemala, más exactamente en el área donde hoy está parte del Hospital General. La nota de El Imparcial diría luego: “Esta escena de horror, captada poco después del siniestro, ofrece una dolorosa perspectiva de la magnitud del desastre. En el patio del ala de mujeres se hacinaban los cadáveres de las dementes que no pudieron salir del encierro. Alrededor de tres cadáveres enteros se puede apreciar el estado en que quedaron las demás, destruidas totalmente por las llamas”.

Desde hace casi dos décadas leo y escribo periódicamente sobre esto. Cincuenta y siete años después, otro incendio nos dejó sin aire. Esta vez fue en el Hogar Virgen de la Asunción, construido para dar protección a la niñez y adolescencia de Guatemala. Cuarenta y un adolescentes, también mujeres, murieron quemadas allí dentro. No pudieron salir del encierro al que las habían confinado porque las llaves tampoco aparecieron esta vez. Dos hechos que han cortado la historia de Guatemala por la mitad, simbólicos por demás, para señalar cuántas puertas nos quedan por abrir a las mujeres guatemaltecas.

En el medio de esos dos fuegos tuvimos una guerra de las más sangrientas del continente, con 200 mil muertos y 45 mil desaparecidos, más varios golpes e intentos de golpes de Estado, a tono con la Guerra Fría. Entre ambos fuegos vimos cómo los depredadores políticos y económicos pactaron el adelgazamiento y desmantelamiento del Estado a fuerza de voraces privatizaciones; soñamos con la paz posible sin que la ilusión durara mucho; presenciamos cómo el narcotráfico y el crimen organizado se enquistaron en la frágil estructura estatal, de la mano de corporaciones mafiosas que siguen sin querer irse; y llegamos a un 2015 que nos encontró con tan profunda indignación, que nos sacó a las calles. Y la corrupción sigue, aunque con muchos en la cárcel. La Guatemala telúrica de siempre.

Hoy, la crisis está en todas partes, y asistimos a uno de los momentos más oscuros de nuestra historia reciente. A tono con esa corrupción que nos come por todos lados, la semana pasada los diputados —que se resisten a pasar las necesarias reformas constitucionales y otras iniciativas de suma importancia para el país—, nos recordaron por qué el Congreso de Guatemala es un organismo tan desprestigiado y falto de credibilidad, cuando se recetaron un cobro “legal” de prestaciones que les protege de tener que devolver lo robado en bonos 14, aguinaldos y dietas. Mientras, Jimmy Morales (que gana -según la BBC- US$19,300.00 al mes), se retrataba en París con representantes del Cacif (¿?). Juntos, hasta rindieron homenaje al Nobel Miguel Ángel Asturias, el Gran Lengua, frente a su tumba parisina, mientras acá en Guatemala el Ejército degradaba a uno de los suyos por decir molestas verdades sobre las tradicionales relaciones de poder y sus protagonistas, y la justicia trataba de deducir las responsabilidades en el incendio del Hogar Virgen de la Asunción, abriendo para Morales la posibilidad de un antejuicio. El neuropsiquiátrico sigue ardiendo.

Por otra parte, en los últimos veinte años, la migración y la tecnología han llegado, por igual, a casi toda Guatemala. Frente a unas cifras alarmantes de pobreza, desigualdad, corrupción y violencia, vivimos una revolución tecnológica sin vuelta atrás. Los modelos de negocios y los empleos están cambiando, los migrantes regresando y los bosques desapareciendo. Me preocupa que la dignidad siga sin llegar a la vida cotidiana de la gente, porque con hambre, sin educación, sin salud, sin justicia, sin seguridad y con violencia, cualquiera se indigna y se enfurece. Tenemos un PIB estable, pero una moral muy baja, bajísima. Tenemos muchos edificios, porque Guatemala es una gran lavandería, pero la macroeconomía no se refleja en el correlato social. Así, ¿qué futuro tiene ese 70% de guatemaltecos que es menor de 29 años? Parece que entre los dos fuegos hubo un relato que se rompió, una sociedad que se despedazó y aún mata a sus mujeres.

cescobarsarti@gmail.com