Opinión

Pluma invitada

Fiel agradecimiento a la memoria de Miguel Ángel Asturias

Óscar Cáceres

Era el año 1953 cuando como estudiante vivía en la eterna ciudad de Londres, Inglaterra, adonde había arribado en  febrero de aquel año, en el peor de los meses del invierno, ya que en ese tiempo, como consecuencia de los resultados de la Segunda Guerra Mundial, faltaban muchas cosas como comida, aire acondicionado y demás que hacían que la vida fuera un diario sacrificio para sobrevivir.

Llegó el corto verano, por lo que, en el mes de junio, decidí tomar ventaja del cambio climático y hacer un viaje visitando Bélgica, Alemania, Francia e Italia. Salí de Inglaterra, pasando por Bélgica, pero al entrar a Alemania las autoridades migratorias se percataron de que en la fotografía de mi pasaporte faltaba el sello de autoridades guatemaltecas, lo que hacía mi documento sospechoso de ser ilegítimo y negaban mi ingreso a Alemania.

Fue por la intervención del encargado de la excursión en la que viajaba que se me permitió pasar por la Alemania de aquellos días, con la condición de que tan pronto llegara a Francia obtuviera el bendito sello faltante en mi pasaporte.

Llegué a París y tan pronto pude me apersoné a la Embajada de Guatemala de aquella ciudad, con el objeto de obtener el faltante sello en la foto de mi pasaporte. Llegué, y al requerir el bendito sello al secretario de la sede diplomática me dijo: “No es posible acceder a lo que solicita porque no tiene cómo probar que es usted el legítimo portador del pasaporte que nos presenta”, lo que en realidad era un hecho.

Principié contándole la historia de mi residencia en Inglaterra como estudiante en aquel país, lo que no le era suficiente al secretario de la Embajada para estampar el bendito sello faltante en mi pasaporte.

Yo insistía en la calidad de que como estudiante residía en Inglaterra, lo que probaba con los sellos de entrada a la Gran Bretaña y salida de Guatemala.

En muchos de los argumentos yo insistía en la legitimidad de mi pasaporte, lo que probaba con los sellos de ingreso a Inglaterra, en donde residía desde el mes de febrero de aquel año, lo que no fue suficiente.

En esas discusiones estábamos cuando en el corredor de la Embajada apareció caminando un personaje por mí y por el mundo conocido, y yo dije al secretario: “Allí caminando va Miguel Ángel Asturias, de nuestro recordado Diario del Aire”. Y se hizo el milagro: de inmediato pusieron el sello en la foto de mi pasaporte y, además, el secretario le informó al embajador sobre mi presencia y con tal motivo se me invitó a un almuerzo con los ejecutivos de la Embajada: el embajador, el secretario y el gran Miguel Ángel Asturias.

Qué gran orgullo haber sido atendido por los miembros de la Embajada y por Don —así, con mayúscula—, Miguel Ángel.

Por tal razón, pero con el orgullo de haber saludado al Gran Moyas, por este medio rindo un homenaje sincero, como guatemalteco, unido a todos los que añoramos al gran Miguel Ángel, para poner una flor en la tumba, que yo visité, en el cementerio que guarda sus inmemorables restos, en París.