Opinión

Economía para todos

La corrupción afecta el crecimiento económico

José Molina Calderón

José Molina Calderón

Con motivo del bicentenario de la Independencia de Guatemala 1821-2021, se examina la experiencia de la transparencia en la  lucha contra la corrupción.

La Lección Inaugural 2018 en la Universidad del Istmo de Guatemala, por la Dra. Reyes Calderón Cuadrado, lleva el título de La Experiencia de la Transparencia. El Rol de las Empresas y la Industria en la Lucha contra la Corrupción. Seguidamente, un extracto de la misma.

Los profesores británicos Doig y Riley (1998) se refieren a la “erupción anticorrupción”. Erupción que se evidencia, por ejemplo, en la cobertura mediática que recibe en diarios como The Economist, Financial Times o The New York Times. Me regocijo porque las universidades, los académicos, la sociedad guatemalteca y, en especial, el mundo empresarial de este país —como ocurre en el mío— sean sensibles a este problema.

Que se dedique su lección inaugural a la anticorrupción marca un camino de esperanza: esta comunidad, este país, quiere poner remedio. Con actos como este, reconocemos que en el pasado cometimos errores, que esos errores nos han hecho más humildes y prudentes, y que, desde esa humildad y esa prudencia, podemos sacar fuerzas para el cambio.

Es bueno que hablemos de ello, que esté en las agendas públicas y privadas. Todo esto es necesario, pero no es suficiente.

Hemos de ser conscientes de que no nos enfrentamos a una gripe nueva y pasajera. La corrupción no es un mal de nuestra época, ni tampoco un invento moderno. Es vieja, y sabe tanto por vieja como por diablo. Ya Isaías (33,15-16), que escribe en el siglo VIII A. C. y que no disponía de ningún estudio estadístico, alaba categóricamente a la persona que “se sacude la palma de la mano para no aceptar sobornos” y maldice a quienes los aceptan. En los libros santos de la mayoría de las tradiciones religiosas, la práctica económica del soborno, junto a la de la usura, se cataloga como una lacra social a erradicar.

En este punto, es lógico que nos venga a la cabeza una pregunta: si, siendo un fenómeno tan antiguo, no hemos sido capaces de atajarlo, ¿por qué vamos a conseguirlo ahora? ¿Merece la pena el esfuerzo? Porque incluso algunos servidores públicos honestos de países con alto grado de corrupción sostienen, frustrados, que muchos esfuerzos anticorrupción son maquillaje, pura estética: generan considerable carga de trabajo para sancionar solo irregularidades poco relevantes, que no acaban con el problema.

Mi respuesta debe ser nítida y contundente. No solo merece la pena el esfuerzo: es imprescindible.

Hubo un período histórico en que la economía liberal consideró a la corrupción como un second best y algunos académicos la defendieron como una lubricante capaz de engrasar los mecanismos políticos herrumbrosos. Pero ese tiempo pasó: hoy somos plenamente conscientes de que, a medio plazo, un entorno corrupto pasa irremediablemente factura a las sociedades, a sus personas y empresas. Que mina y destruye el desarrollo humano y económico.

Hoy, con base en largas series estadísticas y maduros análisis empíricos cross-country, podemos confirmar la intuición de Isaías: la corrupción sistémica lacra el crecimiento económico y aumenta los niveles de pobreza y de analfabetismo; reduce las cifras de productividad; dificulta el desarrollo de los derechos humanos y la igualdad política; amenaza la competencia empresarial; retarda inversiones nacionales y espanta a la inversión extranjera. Y, lo que quizás sea más importante, hoy, como ayer, sabemos que la corrupción contamina a nuestros funcionarios, políticos, empleados y empresarios, haciéndoles peores funcionarios, peores políticos, peores empleados y peores empresarios.

josemolina@live.com