Opinión

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La twitercracia, riesgo universal

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

LOS CAMBIOS PROVOCADOS en las sociedades mundiales de hoy por los increíbles cambios tecnológicos tienen un tiempo demasiado corto y no ha sido posible señalar cuáles son los límites necesarios según se trate de personas comunes y corrientes a quienes estos avances les otorgan la oportunidad de expresar sus criterios y llegar a la mayor cantidad posible de gente. Este caso es muy distinto al de quienes, como consecuencia de sus puestos de importancia —política, económica, social, religiosa, etcétera—, al divulgar un criterio personal, este no puede evitar ser considerado como la voz oficial de una institución, así como el pensar —obligatorio o no— de todos los integrantes de una determinada institución en cualquiera de esos cambios.

DICHO EN OTRAS palabras, se debe aplicar un poco de sentido común para entender por qué a un derecho indudable según los criterios democráticos de las sociedades occidentales, determinadas personas deben renunciar o limitarlo en mucho cuando llegan a un puesto, debido a la decisión voluntaria de participar en el juego político. Algo parecido sucede con el derecho de ellos a salir a caminar por las calles —un ejemplo— pues esto necesariamente debe implicar trabajo extra para los sistemas de seguridad. Y la razón de tales limitaciones a la libertad de expresión es resultado directo de la inmediatez del alcance mundial de esta tecnología ultramoderna y omnipresente. Pero también, y en eso se debe insistir, existen razones muy lógicas.

ENTRE ESTAS SE PUEDEN señalar la necesidad de ser cuidadoso en el empleo del lenguaje, de conceptos políticamente comprometedores. Además, es cuestionable la idea de permitirle a los líderes mundiales causar crisis evitables, debidas a errores producidos por desconocimiento o porque los mensajes son redactados en medio de una reacción emotiva. Este tema es preocupante, por ejemplo, con el caso de Donald Trump, quien ha escogido este tipo de mensajes para dar a conocer sus criterios. Aunque haya una retractación posterior, puede ser demasiado tarde. Ya hay en este caso algunos ejemplos, conocidos en el mundo entero y sobre todo de manera inmediata, sin posible forma alguna de limitarlos y sobre todo de borrarlos.

EL ASUNTO SE COMPLICA porque no es justificable pensar en la separación persona-funcionario electo. Los twiters son una manera clara e irrefutable de manifestar un criterio institucional. Son una declaración pública, alcanzable literalmente para la totalidad de personas de un dispositivo electrónico en todo el mundo. Esto es sobre todo riesgoso en campos como el de la diplomacia, donde la escogencia de las palabras y de los temas es esencial para resguardar intereses y equilibrios. Sería desastrosa la necesidad de aclaraciones a funcionarios no idóneos. En el caso de Trump, es un riesgo real. Por ejemplo, sus apreciaciones sobre Putin, los servicios de inteligencia y haberse dado por aludido en un discurso de la estrella de cine Meryl Streep.

LA OTRA POSIBILIDAD de consecuencias también lamentables e impredecibles, resulta ser la descalificación de las palabras de los mandatarios como consecuencia de las aclaraciones sobre asuntos tratados de manera equivocada o imprudente. Esta “twitercracia” o “twitpolítica” se está convirtiendo en una de las razones causantes del descontento contra los políticos tradicionales generalizado en el mundo entero y con ejemplos como las elecciones estadounidenses o la salida de Gran Bretaña de la Comunidad Europea. Finalmente, el riesgo mayor lo constituye la posibilidad de la disminución de la figura presidencial a causa de considerar esa forma de comunicar opiniones sin base ni razón y por ello tampoco dignas de tomar en cuenta.