Opinión

Catalejo

Metas diferentes; valores perennes

Mario Antonio Sandoval

Editorial

Conforme han ido surgiendo los avances y cambios tecnológicos, los agoreros del mal han predicho el fin del periodismo escrito. Lo iba a matar la radio y la televisión, el cable y, más recientemente, las comunicaciones instantáneas electrónicas y las redes sociales. No es así. Ciertamente, ha habido necesidad de cambios. Por ejemplo, hace siglo y medio, las frases cortas para cubrir noticias resultaron de la necesidad de utilizar mejor el entonces caro telégrafo. Los medios audiovisuales hicieron también su parte. Hoy, la nueva tecnología ha provocado cambios en la forma del periodismo. Pero los valores se mantienen, como se han mantenido en toda actividad humana.

Tradicionalmente, las tareas del periodismo escrito se han podido dividir en informar, orientar y entretener, en ese orden. Ahora, el campo donde reinaba la noticia, se ha convertido en el de información noticiosa, más dirigida a presentar no tanto las noticias, sino sus razones. Poco a poco, la explicación de los hechos comenzó a manifestarse con fuerza, y por esa causa en este momento han adquirido particular importancia la explicación, la interpretación y la expresión de las conexiones de los hechos presentes y pasados, así como del futuro y sus posibles consecuencias. Es un periodismo realizado por periodistas, pero también con posibilidades de ser el producto del intelecto de personas con otro tipo de conocimientos de donde surgen noticias e informaciones.

Para mantener su lugar en la sociedad y en la Historia, el periodismo debe tomar en cuenta criterios nuevos o al menos con ciertas diferencias. Los periódicos exitosos han dejado de ser una fuente de aproximación escrita al público, para ser —por decirlo así— molinos de noticias e informaciones a través de ediciones electrónicas instantáneas. La multiplicidad y la facilidad de publicaciones, cuya motivación verdadera muchas veces es imposible de descubrir, por un lado obliga a los medios periodísticos originalmente escritos a ser mejores, mantener su profesionalismo con el cumplimiento de los valores no solo propios, sino coincidentes con los asignados consciente o inconscientemente por los lectores, convertidos en críticos más conscientes y severos.

Cada vez se afianza la crucial importancia de la posible confianza derivada del nombre, del logo de la institución periodística, como garante de la credibilidad de lo expresado en las publicaciones tanto impresas como electrónicas, pero también de la calidad y la actualidad de los temas de las columnas de opinión. La vorágine de los acontecimientos en cualquier país del mundo obliga a afianzar esta característica del periodismo orientativo y de quienes lo practican. Esta mezcla de circunstancias me hace estar seguro de la continuidad del periodismo escrito, sin duda de alguna manera distinto a como ha sido practicado, pero con los mismos valores de siempre: balance, profesionalismo manifestado en cualquiera de sus formas. Y por ello siento confianza y esperanza.

Vale la pena señalar el papel de quienes tienen la responsabilidad social de integrar las diversas formas de propiedad privada de las instituciones periodísticas. Al ser heredero de una tradición periodística de quienes en 1951 fundaron Prensa Libre, tengo claro ese papel, como lo tienen los demás socios. Los cambios realizados a partir de hoy en estas páginas responden al convencimiento de la necesidad de adaptación a los efectos derivados de los avances tecnológicos. Así se puede realizar en mejor forma la misma tarea de siempre, cuyos valores permanecen y pueden ser cumplidos porque trascienden a la manera de ser divulgados y se mantienen firmes aunque las personas cambien, o terminen su carrera por voluntad o porque finalizó su vida.