Opinión

Catalejo

Nuestra realidad vista desde afuera

Mario Antonio Sandoval

Mario Antonio Sandoval

Cito: “desgraciadamente, Guatemala es uno de los pocos países de planeta que más rezagos ha tenido e incluso en algunos indicadores ha dado marcha atrás, como es el caso de la pobreza extrema, que se incrementó del 18.1% al 23.4% en los últimos diez años. Tiene la más alta proporción de la población en toda la región que no alcanza el consumo mínimo de energía alimentaria. La tasa neta de matrícula en educación primaria nos coloca entre los últimos ocho puestos y somos el país con más con el ingreso de mujeres con ingresos propios. Tenemos una de las más bajas representaciones femeninas en el parlamento de todo el continente, ya no digamos de indígenas. Hemos reducido la tasa de mortalidad de niños menores de cinco años, pero seguimos siendo el tercero elevado de todo el continente y el tercero más alto en mortalidad materna”.

Las palabras anteriores, impresionantes porque señalan con serenidad hechos muy preocupantes y lamentables, son parte fundamental de lo expresado por Edmond Mulet cuando hace algunos días recibió la Orden del Quetzal. A causa de su estancia en Haití como jefe de la misión de la ONU con motivo del terremoto de hace pocos años, su predicción de la “haitización” de Guatemala debe ser tomada muy en cuenta. Sabe del tema, y como expresó, conoce de primera mano los efectos del desastre y la miseria resultantes de las acciones ilegales e inmorales y corruptas de políticos irresponsables o peor aún, criminales, cuando tienen en sus manos los designios de un país.

A causa de la desoladora y muchas veces increíble situación por la cual atraviesa Guatemala, quienes se interesan en realidad por lograr beneficios tangibles deben escuchar estos conceptos, sin importar criterios o perspectivas económicas, políticas, ideológicas, religiosas, etcétera. No lo expresó un extranjero talvez interesado en vender pócimas mágicas y milagreras, sino lo hizo un ciudadano guatemalteco cuya experiencia de vida lo ha llevado por el mundo y le ha permitido ampliar el horizonte de su pensamiento. Nadie es profeta en su tierra, desgraciadamente, pero quienes tienen ahora algún nivel de importancia en el país necesitan comprender la crucial importancia de la participación a nivel individual o de integrante de cualquier grupo social en cambiar esa realidad.

La situación actual del país debe ser analizada como un todo, no solamente en forma individual de cada una de sus partes. Cabe una analogía: cuando un barco se está hundiendo, es necesario no sólo ver las aguas acercándose amenazadoramente para cubrir la cubierta y anegar el interior, sino fijarse y contar todos los agujeros por donde penetra el agua. La crisis no es particular o específica sino abarca todos los campos: sociales, políticos, económicos, académicos, deportivos. Datos como los señalados deben entenderse en su verdadera dimensión: el aumento de pobreza, por ejemplo, se muestra en términos absolutos, y también en términos porcentuales, con lo cual es imposible o extremadamente difícil planificar y lograr avances en cualquiera de los campos.

Los números son fríos. Cuando se comprende un problema, pero sobre todo sus causas y los efectos de la combinación de varias, se puede llegar a la mitad de la solución. Por supuesto, las perspectivas desde las cuales se realizan los análisis provocan conclusiones distintas, y esto cual incluye lo ideológico, lo político y politiquero, lo filosófico y sus ramificaciones económicas, jurídicas, étnicas, etcétera. Sin ese enfoque de la totalidad del bosque social, no de un árbol ni de una rama o de una hoja, el primer efecto es el atraso y sus complejas consecuencias. La tragedia de Guatemala se complementa con el cortoplacismo y la casi patológica actitud de desunión y de descalificación, por desconfianza y envidia de todos contra todos y la incapacidad de ver a mediano o largo plazo.