Opinión

Florescencia

Refugiados

Marcos Andrés Antil

Marcos Andrés Antil

Probablemente muchos estemos familiarizados con el significado de la palabra “refugiados”. A algunos quizá nos llegue a la mente la situación de Oriente Medio. A lo mejor, para la mayoría es más fácil asociar la crisis del éxodo involuntario de miles de personas con una situación lejana a nosotros —posiblemente para bloquear nuestra realidad.

Por increíble que parezca, a Guatemala cada día llegan personas buscando refugio. Hermanos centroamericanos, principalmente salvadoreños y hondureños, que huyen de su país por múltiples razones —entre algunas, la violencia, la pobreza y el progreso excluyente.

Aun cuando muchos de los centroamericanos que piden refugio son migrantes cuyo destino principal es Estados Unidos y México, y por lo mismo su estadía en Guatemala es temporal, el fondo del problema es el mismo: el desplazamiento forzado y la necesidad de asistencia humanitaria en tierra ajena.

Pero, por si fuera poco, el problema adquiere una dimensión propia cuando nos damos cuenta de que, sin necesidad de ser de otro país, miles de guatemaltecos sortean el mismo calvario: una especie de refugiados en su propio país.

Conozco la historia de amigos cercanos que, en un intento de proteger a su familia ante el acecho de la violencia, debieron dejar sus casas y colonias. ¿Qué ha sido de ellos? Han tenido que desplazarse hacia otras zonas de la ciudad y regiones del país. Algunos posando con familiares o amigos y muchos debieron ajustar sus gastos para sumar el costo de un alquiler. Son los refugiados internos, invisibles.

Leí la semana pasada que, en un informe, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) reveló que, en 2015, unas 400 mil personas pasaron por Guatemala en su intento por llegar a Estados Unidos, y que las peticiones de refugio han ido en aumento con los años. Algo más preocupante aún es que una importante cantidad de estas personas son menores de edad.

Las preguntas cruciales ante todo esto serían: ¿Podemos, como país y región, evitar la migración de nuestros conciudadanos? ¿Estamos preparados, como país, para atender las necesidades de acogimiento de los refugiados? Sin ir lejos, preguntémonos a nosotros mismos: ¿Estoy dispuesto a tenderles la mano?

Ciertamente que el número de personas que buscan el amparo en nuestro país ante la imposibilidad de seguir en el propio no llega a las dimensiones de las naciones donde hay guerra, pero no podemos desentendernos de un problema que cada vez se agrava más.

No puedo negar nuestra vocación hospitalaria, pero pretender darles una respuesta a estas preguntas o esbozar ideas de soluciones que requieren políticas públicas sería muy precipitado de mi parte. Es un tema muy complejo que requiere del concurso de muchos actores de la sociedad, el análisis de múltiples factores y el consenso respecto de propuestas —sin embargo, todo comienza con uno mismo: ¿Qué hago yo?

Lo que sí está claro es que en tanto no se aborden las causas estructurales de la migración forzada, como la exclusión social y la violencia misma, el progreso continuará llegando a pocos —para el resto de la población seguirá lento.

Mi intención al abordar el tema es no solo visibilizarlo, sino abrir el debate que nos lleve a buscar salidas. En mi humilde opinión, ante el debate, debemos considerar acciones que vayan con nuestros valores —tratar al prójimo como queramos que nos traten a nosotros.

Cuando tuve que migrar a EE. UU., tuve la fortuna de conocer a personas que me tendieron la mano. Ser migrante y refugiado por razones ajenas a nuestra voluntad no es fácil.

MarcosAntil.com