Opinión

ALEPH

Tocar la paz, verla, olerla, saborearla

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

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Acuerdos de Paz

No soy Hobessiana —el hombre es un lobo para el hombre—. Creo firmemente en que la inmensa mayoría de los seres vivos, sobre todo los humanos, nacemos “neutros”; es decir, tenemos potencial para la paz o para la violencia, pero crecer ese potencial, en uno u otro sentido, depende mucho más de las circunstancias que nos rodean que de la genética. Vale la pena, como ya lo mencionara en un par de artículos anteriores, volver al Experimento Stanford para profundizar más en esto.

Recuerdo haber conocido al matemático, sociólogo y premio nobel noruego Johan Galtung, hace más o menos 20 años, cuando vino a Guatemala. Él y Santiago Genovés iniciaron algunos de los primeros diálogos abiertos de paz, en un país polarizado que tenía 36 años de vivir en guerra. Me identifiqué desde el inicio con mucho de las propuestas de ambos, pero recuerdo particularmente a Galtung hablando de las violencias directa, estructural y cultural, y relacionándolas con el tratamiento de los conflictos por medios creativos y no violentos para alcanzar la paz. Más acá en el tiempo y desde otra perspectiva, Slavoj Zizek habla de las violencias sistémica u objetiva, simbólica y subjetiva. Pero volviendo a Galtung, lo recuerdo diciendo que es necesario ir constantemente al fondo de la estructura social y cultural, con el fin de leer los lugares donde se origina el conflicto y llegar a prevenirlo.

Veinte años han pasado desde la firma de los acuerdos de paz guatemaltecos, signados entre la guerrilla y el ejército. Así, todos rotos como estábamos en 1996 por una guerra en exceso cruel —cuál no lo es— vivida en nuestros cuerpos y territorios, vimos cómo se iban juntando las piezas de un primer rompecabezas armado por diversos sectores. Otros sectores de poder se mantuvieron ajenos al ejercicio —políticamente correcto pero también necesario— de construcción colectiva que se fue tejiendo desde los distintos aportes, y señalaron claramente desconocer los Acuerdos, porque ellos tenían “su propia agenda”. Con todo, ese fue el primer intento de pensar y construir una nación entre personas y sectores de pensamientos divergentes.

Hoy, en medio de un mundo armado hasta los dientes, creo que pocas cosas son más difíciles y de más largo aliento que educar para la paz y vivir en paz, sobre todo en países como Guatemala, donde la palabra paz ha sido usada —por ignorancia, por falta de comprensión o por mala intención— para boicotear a la misma paz que invoca. Unos no entienden su significado, otros confunden la paz con la simple ausencia de guerra o de conflictos, y algunos más la manipulan maliciosamente hasta vaciarla de contenido y convertirla en el mayor obstáculo para una verdadera consecución de paz.

La paz es un proceso, es movimiento y una forma de vida, no un lugar adonde se llega. Para entenderla hay que olerla, sentirla, degustarla, tocarla, verla de frente y ponerla en relación. No es la utopía de los idealistas —aunque hay que soñarla primero—, ni el refugio de los cobardes —aunque sirve para reposar también—. Es estar plenamente consciente en medio de este mundo donde múltiples tensiones dialogan y se interrelacionan cada día, y sentir que vivir sigue valiendo la pena. La paz es lo imperfecto, lo que está en camino de ser, lo no acabado pero posible. Algo que ya nos merecemos en Guatemala, donde normalizamos violencias de altos decibeles cada día, porque ya nos arrodilló la costumbre de la muerte.

“Erste kommt das Essen, dann kommt die Moral” —primero va la comida, luego la moral—, decía Brecht. En un lugar como este, donde la niñez alcanza un 65% de desnutrición, la paz queda lejos. La diferencia entre llegar a ser un semillero de paz y seguir siendo uno de violencias es que todos y todas vivamos aquí como seres humanos. Partir de allí es lo mínimo. Lo demás son puras vallas publicitarias conteniendo una palabra de tres letras, y discursos políticos que se pagan con nuestros impuestos.

cescobarsarti@gmail.com