Cuando los premios sirven como un desincentivo

Nadie agradece ser invitado para servirle de adorno a un grupo que recibirá aplausos por compromiso. A nadie le hace gracia ir a escuchar discursos llenos de autoalabanzas y panegíricos.

Los premios y las ceremonias de premiación son una seña que marca el tipo de organización y el clima que impera en una entidad. (Foto Prensa Libre: Servicios)
Los premios y las ceremonias de premiación son una seña que marca el tipo de organización y el clima que impera en una entidad. (Foto Prensa Libre: Servicios)

Cuando nos toca estar al frente y dirigir a un grupo de personas, uno de los temas relevantes de preocupación general es la motivación y la forma de mantener el ritmo y el mejor desempeño de la gente.

Los premios y las ceremonias de premiación son una seña que marca el tipo de organización y el clima que impera en una entidad. Con independencia del tipo de empresa de que se trate, la manera en que se seleccionan los premios y a los premiados habla a gritos del estilo de dirección y toma de decisiones que se llevan a cabo. Por supuesto, los premios buscan impulsar el buen desempeño de los colaboradores, destacando aquellas cualidades que se valoran, las conductas que merecen un reconocimiento y procederes que son ejemplares. Sin embargo, pueden ser un arma de doble filo sino se tratan con el cuidado ya que pueden traer consecuencias contrarias a lo que se quería lograr. Cuando la dirección de una entidad no pone atención, los premios y las ceremonias de premiación causan un efecto contrario en el equipo de trabajo.

Imaginemos el poco probable caso de una ceremonia de premiación en la que sea evidente que se está premiando a familiares y amigos en vez del mérito al desempeño. Por supuesto, el efecto que se produce no es agradable más que para los premiados —a veces ni para ellos— el ambiente se vuelve gris, oscila entre la decepción, la rabia y la tristeza de quienes, a pesar del esfuerzo no fueron considerados y la arrogancia de quienes sin mucho entusiasmo fueron a recibir algo a las claras, inmerecido. Peor aún, si los parámetros de desempeño fueron mal calculados o los evaluadores más que premiar, quisieron castigar.

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Siempre he creído que una ceremonia de premiación debe destacar lo mejor y más selecto. Premiar a todos, no me resulta pertinente. Esos premios en los que se da medalla por participación me parecen ridículos, porque obran en sentido contrario: en vez de motivar una mejor conducta o un resultado destacado, se promueve la mediocridad. Entonces, estos premios sirven como un desincentivo y en vez de ayudar, desmotivan. Es decir, cuando no se premia el desempeño el resultado que se causa justo el contrario al que se espera.

Sin embargo, una de las peores conductas es premiar el amiguismo, el nepotismo y considerar suficiente mérito el estar cerca de alguien que tiene la capacidad de otorgar un premio. Los aplausos que reciben los que son galardonados por pertenecer al grupo reinante son flojos y desencantados. Desde luego, el efecto es de amplio espectro. El resto de las personas se siente infravalorado y la decepción puede llevar a perder talento —que busque otro lugar donde sus méritos sean tomados en cuenta— o generar una desmotivación que forje desempeños grises y anodinos entre el equipo de trabajo.

Los premios buscan impulsar el buen desempeño de los colaboradores. (Foto Prensa Libre: Servicios)

 

No nos engañemos. Cuando se trata de trabajar, mantenernos constantemente motivados es una obligación, dar lo mejor de nosotros mismos es la razón por la que nuestros empleadores nos pagan. No obstante, eso de la automotivación, no siempre es posible. Ya sea porque llevamos años realizando la misma tarea, porque algo en la organización no nos agrada o porque los incentivos monetarios y corporativos no son los adecuados, la tristeza nos puede atacar en cualquier momento, especialmente si sentimos que nadie hará diferencia si trabajamos con excelencia o no. Si, como cereza del pastel, atestiguamos aplausos a un círculo selecto que festeja y premia el favoritismo con parcialidad, el ánimo se desinfla.

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Entender estas sutilezas es importante. Para un verdadero líder, es esencial concebir cuáles son las conductas que desestabilizan la felicidad laboral, la armonía profesional que se puede estar propiciando en nuestro equipo de trabajo. Premiar es un incentivo que debe llevar a la gente a sentirse orgullosa y encaminada a hacer lo posible por ganar un premio. Pero, si de antemano se sabe que el dado está cargado o si la meta es alcanzable sólo para aquellos que forman parte de un círculo selecto, no podemos sorprendernos de que la gente se sienta apática y desestimada.

El escenario empeora cuando la gente se da cuenta que fue convocada a una ceremonia para servir de comparsa. Nadie agradece ser invitado para servirle de adorno a un grupo que recibirá aplausos por compromiso. A nadie le hace gracia ir a escuchar discursos llenos de autoalabanzas y panegíricos a obras cuya autoría y operación se están adjudicando quienes no tuvieron que poner otra cosa más que su linda cara.

Este tipo de errores son más comunes de lo que quisiéramos admitir. Suceden en grandes corporativos, no sólo en empresas familiares; aunque es ridículo ver como el padre pone en el estrado al hijo para recibir ovaciones por el simple hecho de llevar el mismo apellido; es terrible ver llegar a sujetos a los que nada más les falta aprenderse la tonada para rebuznar y ver como se regodean en méritos inexistentes y virtudes que sólo ellos pueden ver.

Esto nos puede llevar a perder objetividad y afectar el desempeño de toda la organización. Se generan círculos viciosos en los que los premiados para seguir perteneciendo al clan de poder, se vuelven lambiscones y dejan de decir aquello que un director, un dueño de empresa o un emprendedor debe escuchar. Esto causa mucho daño. Pensemos en el cuento de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador en el que quienes debieron advertir, no dijeron nada por miedo y mandaron al rey a desfilar desnudo por las calles. Claro, los espectadores, se murieron de risa.

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En esta condición, al pensar en premiar al equipo de trabajo, es necesario recordar cuál es el sentido de esa tarea que desempeñan, algo que sea destacable en el camino y por lo que debemos de dar gracias y no podemos olvidar, sino destacar. Hay que tener claro por qué nos hemos dedicado a lo que hacemos y cuál es nuestra función dentro de la empresa. Hacerlo, siempre sirve para reflexionar mejor acerca de las actividades que llevamos a cabo diariamente y las que deben ser galardonadas.

Crear mucha expectativa en torno al premio y tener como resultado una puesta en escena para aplaudirle a ciertos personajes, trae como consecuencia enojo justificado. A nadie le gusta hacer el papel de foca y servir de comparsa para hacerle el caldo gordo al compadre, al amigo, al hijo, si no merecen recibir lo que les están dando. Es preferible, no hacer público un bono que no fue ganado por la buena; o dejar de emitir diplomas para gente que no cumplió mínimamente con lo necesario; o ahorrarse la molestia de organizar un evento de premiación si todo está arreglado.

Una de las mejores formas de desmotivar a un buen equipo de trabajo es matarlos de aburrimiento con una ceremonia de premiación que tiene un discurso celebratorio como si se estuvieran viviendo dos realidades alternas: la verdadera y la que te quieren hacer creer.

* En alianza con Forbes México y Centroamérica, artículo de Cecilia Durán Mena.

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