Carlos, el niño que sobrevivió a la explosión de una cohetería

Hace 16 años la familia Cotzajay de San Raymundo enfrentó una tragedia por participar en la elaboración de juegos pirotécnicos.

Carlos Cotzajay Suruy recuerda la tragedia que le cambió la vida en diciembre de 2002 y brinda recomendaciones a los productores de juegos pirotécnicos. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)
Carlos Cotzajay Suruy recuerda la tragedia que le cambió la vida en diciembre de 2002 y brinda recomendaciones a los productores de juegos pirotécnicos. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

El incidente en que Carlos sufrió quemaduras cuando trabajaba en una cohetería, en San Raymundo, Guatemala, ocurrió en diciembre de 2002, estaba en el periodo de vacaciones escolares y en lugar de disfrutar de su niñez jugando con otros menores se dedicó a ayudar a sus padres en la producción de juegos pirotécnicos.

Una mañana, Carlos elaboraba los cohetillos en el taller ubicado en la parte trasera de su casa, un primo fue a la cocina y removió en el comal las brasas, una de estas quedó prendida en su zapato y luego, al entrar al área de producción, rosó con pólvora y provocó la explosión de la cohetería.

“Estaba concentrado haciendo los volcancitos cuando mi primo entro y traía las brazas prendidas en un zapato, cuando sentimos todo empezó a tronar y yo quedé atrapado en la casa. Pasaron varios minutos y yo imaginé que solo fue un segundo, me rescataron, pero gritaba del dolor de las quemadas de mi cuerpo”, recordó Carlos.

Diecisiete años después de la tragedia Carlos lleva una vida normal, no ha prestado atención al morbo de los vecinos y visitantes al exponer las cicatrices de sus quemaduras en el rostro y manos.

“La gente que trabaja en este tipo de cosas -elaboración de juegos pirotécnicos- deben de tener mucho cuidado porque les puede pasar lo mismo que a mí. A nadie le deseo pasar por eso, es muy duro sanar de las quemaduras, tardé un año en recuperarme de las heridas”, relató Carlos.

Carlos es conocido en la aldea el Llano de la Virgen de San Raymundo, donde creció, y muchos lo identifican como el niño que sobrevivió a la explosión de la cohetería. Muchos vecinos aceptan y ven con normalidad que los artesanos de los cohetillos sean núcleos familiares.

Las ventas de cohetillos proliferan para fin de año en la ruta a San Raymundo y San Juan Sacatepéquez. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

Niñez

Jeremía Puluc, productor de cohetillos, explicó que las familias en ese lugar se involucran en la producción de juegos pirotécnicos porque es el único trabajo que se genera en la región en el que “pueden participar mujeres y niños”.

Los productores de cohetillos son conscientes del riesgo que conlleva involucrar a niños, según comentaron.

“Sabemos que este trabajo es peligroso. A las familias les decimos que no metan a sus hijos en esto, pero muchos les vence más la necesidad de producir cohetillos y saben que poniendo a los pequeños a trabajar obtendrán un poco más de dinero, se arriesgan por unos quetzales más”, expuso Puluc.

El lunes último en Pasajoc, San Juan Sacatepéquez, Guatemala, un picop que transportaba materia prima para elaboración de cohetillos explotó. El estallido dejó cuatro heridos que están graves en el Hospital Roosevelt.

Ricardo Top, líder comunitario de Pasajoc, señaló que cada fin de año -en noviembre y diciembre- son vulnerables las comunidades del área porque “prácticamente cada casa se vuelve un taller de cohetillos” y es por la demanda que hay, es la oportunidad de tener más ingresos económicos.

Solo en los tres municipios -San Juan Sacatepéquez, San Pedro Sacatepéquez y San Raymundo- considerados los productores de juegos pirotécnicos de la metrópoli viven 301 mil personas y se estima que unas 25 mil de ellas se dedican a la manufactura de estos productos. Entre esa población se calcula que hay siete mil niños.

La vulnerabilidad ha persistido en las coheterías, en 2013 la Procuraduría de los Derechos Humanos llamó la atención al gobierno: “Si el Estado garantizara que la niñez goce de los derechos fundamentales de alimentación, vivienda, salud, educación y recreación, no tendríamos ningún problema”.

Seis años después los riesgos persisten y la niñez sigue trabajando en los talleres de juegos pirotécnicos, hacen de ese trabajo la única profesión que desempeñarán por el resto de su vida.

Carlos sobrepasó las quemaduras, su autoestima está intacta y ha vuelto a tocar pólvora.

“La verdad es que ahora tengo más cuidado, perdí piel y parte de mis dedos, pero acá -en San Raymundo- no hay otro trabajo y tengo que ayudara mi familia. No me da vergüenza seguir elaborando cohetes es el único ofició que aprendí”, lamentó Carlos.

Los productores de juegos pirotécnicos cada año renuevan sus productos y este año la novedad son los volcanes de 1.70 metros de altura. (Foto Prensa Libre: Carlos Hernández)

La bodega

El noroccidente de la metrópoli se ha convertido en la bodega de producción de juegos pirotécnicos para la capital y otros departamentos del área central. En la época navideña es el taller de producción en el que participan familias.

Las avenidas principales se llenan de ventas de cohetillos en San Juan Sacatepéquez, San Pedro Sacatepéquez y San Raymundo. El movimiento comercial de los juegos pirotécnicos parece ser la oportunidad perfecta para que las familias en extrema pobreza tengan ingresos económicos por medio de la elaboración de los cohetillos.

Estos municipios cercanos a la capital –a 35 kilómetros– han sido permisivos con el involucramiento de niños en la elaboración de juegos pirotécnicos.

Gerardo Eliazar, sociólogo, señaló: “La situación de estos municipios cercanos a la capital debe analizarse con detenimiento y de manera integral. Basta con recorrer esa área en esta época y ver como las familias convierten sus casas en negocios de la pólvora, es el oro de la Navidad para estas comunidades relegadas del desarrollo metropolitano”.

El sociólogo criticó que las autoridades expongan la situación como “ustedes -las familias artesanas- son los que arriesgan a lo niños” y no se aborde el fenómeno como un problema social que tiene “su génesis desde la pobreza extrema”.

Control

La producción de cohetillos parece un gran negocio para todos los involucrados, pero periódicamente hay tragedias y cada una expone la pobreza extrema en que están sucumbidos los artesanos de la pólvora.

La cadena comercial no reparte las ganancias equitativamente. Puluc explicó que, “en todo el negocio hay algo que no se valora, es la vida de los que tocan la pólvora, el arriesgar la vida no va incluido en el precio de un volcancito o chiltepito”.

Puluc es artesano desde niño y logró obtener licencias para manipulación de materia prima. En la actualidad tiene una distribuidora de juegos pirotécnicos, pero es consciente de que otros artesanos no tiene la oportunidad de “capacitarse” y menos de “invertir en medidas de seguridad”.

Normas y seguridad

Los comerciantes de juegos pirotécnicos deben cumplir con normas de seguridad que exige las autoridades para comercializar los productos.

  • El negocio debe contar con licencia de aval del Ministerio de la Defensa Nacional (Mindef).
  • En el negocio debe haber un extinguidor de fuego en un área visible.
  • Tener recipientes con agua para controlar incendios.
  • Los recipientes con arena son necesarios para evitar la propagación de fuego en caso de incendio.
  • No exhibir los cohetillos al sol, las altas temperaturas pueden incendiar los juegos pirotécnicos.
  • Si violan las normas de seguridad se retira la licencia del Mindef.
  • Las autoridades pueden decomisar los productos
  • Hay multas de hasta Q50 mil por transgredir normas.

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