Las redadas en Misisipi y sus secuelas en Comitancillo, San Marcos

En Comitancillo, luego de las redadas más grandes en la última década en EE. UU. existe preocupación, ya que, si hay deportaciones, esta impactará directamente en la economía del municipio que depende en gran parte de las remesas.

En Chicajalaj, del paisaje sobresalen las casas de dos plantas, sobre los rústicos inmuebles de adobe. (Foto Prensa Libre: Álvaro González)
En Chicajalaj, del paisaje sobresalen las casas de dos plantas, sobre los rústicos inmuebles de adobe. (Foto Prensa Libre: Álvaro González)

Una mujer tira la comida a los pollos en el patio de tierra de su casa en Comitancillo, San Marcos. A tres mil 500 kilómetros de distancia, en Canton, Misisipi, está su hijo, también alimentado pollos, pero en una granja industrial.

Las similitudes de Comitancillo y Canton no son casualidades, hace muchos años, atraídos por la oferta laboral, decenas de comitecos decidieron aventurarse y radicarse en uno de los Estados más pobres de Estados Unidos, condición que también favorecería, al menos eso pensaban, para no ser perseguidos por las autoridades migratorias.

El 7 de agosto pasado Canton cambió. Las redadas masivas ahí y en otras cinco ciudades del mismo Estado dejaron un saldo trágico: Casi 400 guatemaltecos fueron capturados por migración ilegal.

Adán es uno de los que se salvó de ser detenido en las redadas, ese día tenía turno de noche, aunque eso no impidió que fuera testigo del operativo que implementó ICE (Inmigración y Control de Aduanas, en inglés).

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A casi un mes de la redada, en Comitancillo, Jorge Jiguan, padre de Adán, recibió a Prensa Libre y contó que desde ese día la tristeza y el desasosiego lo embargan, porque teme que su hijo sea detenido puesto en prisión y regresado a Guatemala.

Las preocupaciones de Jorge, de 76 años, son muchas. Desde cómo conseguirá el dinero de sus medicinas, que Adán le envía cada mes, puntualmente, hasta qué pasará si sus nietos regresan a un país que no conocen, o peor aún, qué hará su hijo para mantenerlos puesto que en Comitancillo “no hay esperanzas para la juventud”.

En este lugar, originalmente predio de tráileres, habitan decenas de familias guatemaltecas originarias de Comitancillo, San Marcos. El  lugar sigue siendo muy rural, con apenas servicios básicos y urbanización. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Con cerca de 60 mil habitantes en un área de 113 kilómetros cuadrados que abarcan 16 aldeas y 46 caseríos, según las más recientes estimaciones del Instituto Nacional de Estadística, Comitancillo se ubica como uno de los municipios más pobres del país, con una tasa del 90 por ciento de pobreza y 44.1% de pobreza extrema, de acuerdo con el Plan de Desarrollo Municipal 2011-2025, elaborado por la comuna y la Secretaría General de Planificación de la Presidencia (Segeplan).

Ese informe destaca que el municipio tiene un Índice de Desarrollo Humano del 0.398 por lo cual se refleja “en las precarias condiciones de salud, alto grado de analfabetismo, 45.7%, y bajo nivel de calidad de vida de los habitantes”.

Ese cuadro de pobreza contrasta con la arquitectura que domina el paisaje de Comitancillo. Viviendas con amplios garajes y diseños sofisticados, en medio de angostos caminos de tierra y lodo, dan la bienvenida a los visitantes.

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En una de esas viviendas, en la aldea Chicajalaj, vive la familia Jiguan Orozco, la familia de Adán, o lo que queda de ella. Atraídos por el sueño de la prosperidad, los cuatro hijos del matrimonio se marcharon a EE. UU., tres hacia Nueva York y uno -Adán- a la pequeña ciudad de Canton, Misisipi, donde por años ha funcionado la procesadora de pollo Peco donde aún labora por lo menos hasta diciembre próximo, según le advirtieron en la compañía, que ya no quiere tener a trabajadores que no tengan un estatus legal en ese país.

En una tarde lluviosa de septiembre en Comitancillo, San Marcos,  varios adolescentes con su mochila en la espalda, van de vuelta a sus casas luego de una jornada de estudios que cumplen mecánicamente, por obligación, dicen. Algunos piensan graduarse del nivel medio, pero dentro ya incuban la idea de viajar a EE. UU.

“Digamos, aquí las familias a las que le mandan dinero les pagan a los jóvenes para que vean sus siembras, o también cuando construyen sus casas, pero si regresan a esas personas ya no va a haber dinero, y peor, no tendrán ni de qué trabajar”, dice Rony Matías, un joven de 29 años que integra la alcaldía auxiliar de Chicajalaj.

César Velásquez, líder comunitario de Comitancillo, quien fue concejal entre 2012 y el 2016, también asegura que las remesas ayudan a las personas, sobre todo a las más pobres que antes no tenían una casa digna, o que no podían enviar a la escuela a sus niños.

Ni empleo ni dinero

“Mis hijos se fueron porque la necesidad es mucha en este pueblo, tienen necesidad de comprar su terreno, de formar su hogar y se van porque aquí no hay dinero”, dice Jorge, con la ayuda de su hija, Reyna Jiguan, puesto que él no domina por completo el español y se comunica principalmente en mam, su idioma materno.

Don Jorge reconoce que se quedó muy triste con la partida de su hijo y, aunque afirma que le gustaría volver a verlo, así como conocer en persona a sus tres nietos, está consciente de que en EE. UU. Adán, su esposa y sus hijos tendrán una mejor vida.

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“He hablado con él, pero solo por teléfono, y así no es lo mismo”, expone Jorge, quien a la vez comenta que su tristeza se acentuó hace cuatro años, cuando murió la madre de Adán, cuando este ya estaba en EE. UU.

Reyna, 40, precisó que en Chicajalaj, así como en otras aldeas de Comitancillo, muchísimos jóvenes se han marchado a EE. UU. porque al llegar a los 15 o 18 años “no hay nada en qué desenvolverse”, porque “en este municipio no hay oportunidad de sobresalir”, aunque se estudie y se obtenga un título a nivel medio.

Al igual que su padre, cree que Adán, el menor de los seis hermanos y a quien recuerda como “el chiquito que siempre se reía”, estará mejor en EE. UU. En la aldea ha enviado algo del dinero para reparar la casa, pero no ha sido suficiente, comenta, porque debe mantener a sus hijos y le envía dinero a su padre.

La familia de Adán Jiguan. De izquierda a derecha, su hermana, sobrino su padre y la madrastra. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Nadie guarda la esperanza de que existan empresas que vean a Comitancillo como un lugar para invertir y generar empleos, “es un sueño”, dicen los residentes, que sí reconocen que sería responsabilidad de la comuna impulsar el lugar como polo de desarrollo para que el gobierno central lo tome en cuenta.

“Aquí solo se da el maíz, pero porque solo eso sabe sembrar la gente, aquí también se dan frutas, manzana, pera, ciruela, durazno… Si hubiera alguien que viniera aquí y nos ayudara a procesar esas frutas y hacer jugos, por ejemplo, tal ve nuestro pueblo progresaría sin necesidad de irse a Estados Unidos”, dice Matías.

Por el momento la alternativa para muchos sigue siendo viajar a EE. UU. Matías, de 29 años, reconoce que él ha tenido a inquietud de hacer el viaje, pero que lo ha detenido lo costoso del mismo. Los coyotes cobran Q90 mi por llevar a una persona sin niños, más intereses mensuales del 5%, lo que al final representa una deuda de más de Q150 mil.

Cómo llegaron a Misisipi

Como Adán, muchos comitecos tomaron un día la decisión de migrar hacia EE. UU. Pero ¿qué los atrajo a Misisipi? que por años ha ocupado el fondo de la tabla de los estados más pobres de la Unión Americana, según la Oficina del Censo de aquel país.

Al ser consultados los migrantes en ese lugar, todos coinciden en que simplemente escucharon que había una oportunidad para para trabajar y decidieron trasladarse. En seis ciudades, funcionan por lo menos siete plantas procesadoras de pollo en las cuales los trabajadores hacen extensas jornadas de hasta 12 horas de trabajo que incluye desde matar el ave, desplumarla, desmenuzarla hasta empacarla.

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El padre Roberto Mena, párroco de la iglesia San Miguel de Forest, dice que, además, en el lugar se han establecido desde años familias vietnamitas que se han dedicado a instalar granjas de pollo. Estas contratan a familias guatemaltecas para que se dediquen a tiempo completo a la crianza de los animales que posteriormente venden a las procesadoras.

Según el sacerdote, una vez empacados, los pollos se distribuyen a los supermercados de Misisipi, de otros estados de EE. UU. e incluso a Guatemala.

No obstante, Mena critica las extensas jornadas laborales y el que en la mayoría de las veces a estos migrantes les pagan menos del salario mínimo porque los contratistas se aprovechan de que tienen un estatus migratorio irregular.

Adán Jiguan y su amigo José Luis Agustín en Canton Misisipi. El migrante guatemalteco dice que muy probablemente regresará a Guatemala. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Ciudad espejo

Bill Chandler, director ejecutivo de la organización Alianza por los Derechos de los Inmigrantes en Misisipi (MIRA, en inglés), un estudioso del fenómeno migratorio y social en ese Estado, explicó que los primeros trabajadores hispanos que llegaron al lugar fueron mexicanos, quienes perdieron sus empleos cuando las compañías en su país se fueron a otros continentes empujadas por el Tratado de Libre Comercio firmado entre México y EE. UU., en 1994, y entre este segundo y Centroamérica en el 2000.

Se calcula que a mediados de los 90 llegaron los primeros comitecos a Misisipi, según Chandler, porque las compañías se dieron a la tarea de contratar a guatemaltecos de las áreas rurales porque se les podía pagar menos. Aparte de Comitancillo, en ese estado también hay muchos connacionales de Huehuetenango.

Los guatemaltecos aceptaban el trabajo debido a que, por ser Misisipi un estado pequeño, se pensaba que ICE difícilmente llegaría. Por otra parte, el clima también les es familiar, sobre todo a fin de año donde hace un frío intenso, similar al que hace en el altiplano de San Marcos y Huehuetenango, sin que llegue a nevar.

Por aparte, las ciudades que habitan los comitecos son pequeñas, muy tranquilas, y están rodeadas de inmensos bosques de pino.

Los años pasaron y al mismo tiempo que florecieron las industrias procesadoras de pollo los comitecos se llevaron a sus familiares y estos a su vez a otros, a tal punto que familias completas habitan ahora estas ciudades.

En Canton, por ejemplo, hay un predio de tráileres que los comitecos los convirtieron en viviendas y prácticamente es una pequeña Guatemala en la periferia de esa ciudad. Ahí, para Navidad y Año Nuevo se queman abundantes cohetes y otros juegos pirotécnicos y hasta los propios estadounidenses se han acostumbrado a esos festejos y algunos los han adoptado.

También se cocinan tamales y ponche y se esperan la 12 de la medianoche del 24 de diciembre.  Para Semana Santa se preparan las comidas típicas, y aunque no hay descanso oficial como en Guatemala, el Sábado Santo no falta la Quema del Judas.

Bill Chandler, director ejecutivo de MIRA, habla de los orígenes de la migración de guatemaltecos a Misisipi. (Foto Prensa Libre: Sergio Morales)

Piensa regresar

Las redadas de inicios del mes pasado golpearon fuertemente la moral y el ánimo de los guatemaltecos en Misisipi, principalmente en Carthage, Canton, Forest y Morton, ciudades donde el 80 por ciento de la comunidad hispana es de Guatemala.

Adán teme lo que pueda pasar a sus hijos si algún día él fuera arrestado, por lo cual está tratando de poner todos sus papeles legales en orden para adelantarse a ese hecho y retornar por su propia cuenta a Guatemala.

Este migrante guatemalteco no sabe qué hará en Comitancillo, en su corazón de padre solo cabe la idea de mantener a su familia unida sin importar en qué país se encuentre, y aunque sus hijos no tengan más que una vaga idea de Guatemala, porque nunca han puesto un pie en este país.

Adán quisiera que las cosas fueran diferentes y es ahí cuando recuerda las palabras de Don Jorge, su padre: en Comitancillo hay muchas necesidades y no hay trabajo, ni dinero, porque si lo hubiera ¿para que su hijo se iba a ir?

“Aquí solo se da el maíz, pero porque solo eso sabe sembrar la gente, aquí también se dan frutas, manzana, pera, ciruela, durazno… Si hubiera alguien que viniera aquí y nos ayudara a procesar esas frutas y hacer jugos, por ejemplo, tal vez nuestro pueblo progresaría sin necesidad de irse a Estados Unidos”, insiste Matías.

Por el momento la alternativa para muchos sigue siendo viajar a EE. UU. Matías reconoce que él ha tenido a inquietud de hacer el viaje, la falta de dinero para pagarlo lo detiene. Los coyotes cobran Q90 mi por llevar a una persona sin niños, más intereses mensuales del 5%, lo que al final representa una deuda de más de Q150 mil y él lo sabe.

Si las familias no pagan, por el motivo que sea, por ejemplo, que sus parientes sean detenidos en tránsito o en redadas como las de Misisipi, tienen que entregar algún bien inmueble que puede ser una casa o un terreno, por el cual cada cuerda se cotiza de Q250 mil a Q300 mil.

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Carlisle Johnson Hace 3 meses

porque no arman un negocio de pollo? Es caro ahi comparado con Mexico.