Mauro Verzeletti: No me hice sacerdote para estar acomodado

El padre Mauro Verzeletti disfruta del futbol, un asado y volver cada año a  Brasil para hacerle compañía a sus padres.

Para el sacerdote Mauro Verzeletti, el contacto con la gente le abre el misterio de Dios. (Foto Prensa Libre: Esbin García)
Para el sacerdote Mauro Verzeletti, el contacto con la gente le abre el misterio de Dios. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Criado en el campo, tuvo algunos familiares religiosos  pero fue su convicción de servicio lo que lo llevó a realizarse a través de la caridad. Con 25 años de vida sacerdotal, 20 de ellos en Guatemala, Mauro Verzeletti abre las puertas de sus recuerdos y demuestra que detrás de la vocación por ayudar solo hay más ganas de seguirlo haciendo. 
 


Aunque Verzeletti es un apellido italiano, el religioso nació en Bombinha, una provincia de Río Grande del Sur, Brasil, a donde cada año regresa y pasa las fiestas de fin de año con sus padres, de 82 años, quienes esperan ver  a su hijo, el mayor de cuatro, que llega en busca de los quesos, las carnes y la atención de una madre que debe compartir la visita con la familia y amigos que no reciben al padre Verzeletti, sino a su hijo Mauro.
 
No le gusta exhibirse; en los días más duros de atención a la caravana pedía que no le tomaran fotos al preparar o servir platos de comida.
 
A sus 57 años, Mauro Verzeletti, Personaje del Año 2018 de Prensa Libre, tiene claro que ser misionero significa dejar todo atrás y “jugarse la vida por el bien de los demás”.

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¿De dónde viene esa vocación?
 
Hay una cosa interesante: mi abuelo tenía tres hermanas religiosas y mi abuela, dos hermanos sacerdotes, de la orden de  San Vicente de Paúl. Ellos querían que yo fuera de esa congregación. Es una congregación muy buena, dedicada a los pobres, pero sentí que, al hacer el discernimiento, la misión de los scalabrinianos era una misión que se acoplaba más a mi deseo, viviendo directamente el llamado de Dios con personas.
 
¿Es decir que la vocación de servicio viene de familia? 
 
Siempre me motivó, porque mi abuelo nació en Italia, emigró a Brasil después de la Segunda Guerra Mundial. No lo conocí. Pero por la cercanía con los scalabrinianos en el pueblo, sentí que era lo mejor.
 
Y con los migrantes, ¿cómo fue ese contacto  durante su juventud? 
 
Fue una formación muy importante, porque nos dedicábamos —en el seminario— a estudiar, pero los fines de semana íbamos a hacer trabajo pastoral. Íbamos a las periferias, a las favelas.

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¿Cómo cambió su vida ese contacto?
 
El contacto nos humaniza, nos hace personas diferentes, más sensibles, más hospitalarias, más abiertas para comprender el drama humano.
 
Podemos tener muchas teorías, conocimiento, filosofía, teología; sin embargo, si uno pierde el contacto con la vida humana, no está cumpliendo con el mandato del sacerdocio: el llamado al servicio.


 
¿En qué circunstancias fue su llegada a Guatemala?
 
En 1993 fui ordenado sacerdote de la Congregación de los Misioneros de San Carlos —scalabrinianos—. A partir de ahí la congregación me envió a ser misionero, y durante los primeros cinco años trabajé en la frontera de México y Estados Unidos.

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En 1998, la congregación me pidió venir a América Central, Guatemala, y desde entonces estoy aquí. Son 20 años dedicando mi vida al servicio de los migrantes y refugiados. Últimamente me pidieron ampliar la misión con una Casa del Migrante en El Salvador.
 
Son 20 años coordinando una casa a la que le ha tocado albergar hasta 14 mil personas en solo 10 días. ¿Cómo definiría el ritmo de trabajo?
 
Es un trabajo intenso, porque mi vida se divide entre Guatemala y El Salvador. Dirijo dos casas del migrante. Aquí, de paso; allá, desplazados por la violencia, deportados; en fin, es una situación muy compleja, que   uno hace porque realmente asumió esta vida, pero prácticamente la vida de uno está bien marcada.
 
¿Ha pensado en el retiro?
 
25 años atrás, cuando salí de Brasil, que los celebro este año, era un joven que jugaba futbol y volaba las fronteras. Sin embargo, claro que los años van siendo parte de la vida de uno y también las energías. Las fuerzas poco a poco van disminuyendo. Gracias a Dios, no tengo ninguna enfermedad y sigo con dinamismo, pero llega un momento en el que ya es evidente y el cuerpo siente que quizás hay, en un futuro, no sé cuándo, no tengo idea, hacer un trabajo de menos intensidad. Pero no me hice sacerdote para estar acomodado.

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 ¿Ayuda regresar a Brasil para recargar energías?
 
Cuando regreso a mi casa, la primera cosa es ir y ver a mi mamá, que se preocupa para prepararme la polenta, el queso, el salami, que está ahí, la comida que me gusta. Pero a mí me gusta volver al campo,  visitar a los amigos, oficiar misa los fines de semana. Es una vida con  gente del campo que me anima a seguir adelante.

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