Catalejo

Acorralado por sus propios yerros

Mario Antonio Sandoval

Cuando los guatemaltecos votaron en las anteriores elecciones, lo hicieron en realidad contra Sandra Torres y la horda de la Unidad Nacional de la Esperanza, como en la primera vuelta lo habían hecho contra Manuel Baldizón, ahora refugiado bajo las naguas de la virtual presidenta de Nicaragua. Estaban plenamente conscientes de la modesta capacidad de Jimmy Morales, y consideraron a cualquier persona menos peligrosa para manejar el país. Esto muchos lo han olvidado o no quieren recordarlo, pero así fue. Durante los veinte meses pasados se cumplieron predicciones de una errática presidencia, pero además, de la ruptura de las promesas de no corrupción y no latrocinio, a las cuales se une la integración de personajes y asesores oscuros.

El mandatario se encuentra rodeado de demasiados mediocres y malintencionados, y eso explica la salida de muchos de quienes han preferido irse del gobierno. Su poca capacidad política le impide entender las razones políticas —no partidistas ni politiqueras— existentes entre bambalinas, y en esto coincide con quienes lo aconsejan actuar de manera brusca, a veces lindando y en otras cruzando la tenue línea de la torpeza. El más reciente ejemplo lo constituye la idea de ir a la sede de la ONU a pedir la salida de Iván Velásquez, secreto causante de enorme revuelo cuando se hizo público gracias a la prensa. El peor efecto iba a ser la renuncia de Thelma Aldana de la dirigencia del Ministerio Público, así como el seguro rechazo en la ONU a la solicitud.

Los adversarios de la Cicig tienen una mezcla de motivos ideológicos y de temor de caer en las investigaciones de ese ente internacional, vergonzoso pero necesario ante el pillaje generalizado desde hace tantos años en Guatemala y sobre todo la desvergüenza de mostrar con descaro los efectos de la corrupción. El caso del hermano y el hijo del presidente fue la causa del rompimiento de las relaciones, pero no se debe dejar de señalar —por otro lado— la natural reacción de la gente cuando la Cicig dirige sus baterías contra dos personajes de importancia menor en el espectro político, e involucrados en un caso de monto muy mediano, con el aparente olvido de otros de cantidades exorbitantes, como los relacionados con fideicomisos ediles de sumas estratosféricas.

Por primera vez en mucho tiempo, hubo consenso generalizado en contra del mandatario ante lo absurdo de la idea central del viaje a la ONU. Los numerosos consejeros retrógrados del presidente creyeron haber obtenido una victoria pírrica, pero no lo lograron. La Cancillería debió trabajar horas extra para darle a la idea la categoría de rumor, pero no había tales, y para fortuna del país no se realizó la declaración presidencial. Hubiera afectado de manera personal a Jimmy Morales, merecida porque la responsabilidad y la culpabilidad de las acciones políticas caen en esta ocasión sobre sus hombros, no sobre quienes lo convencen, ya sea de actuar o de no hacerlo. Por eso los errores se vuelven un corral donde cualquier político queda encerrado.

El presidente debe tener claro: son inútiles y contraproducentes esfuerzos como intentar remover a Iván Velásquez. No tiene alternativa a colaborar, ante las investigaciones anunciadas ayer por el comisionado de la Cicig para todos los partidos políticos. En torno a la andanada contra este funcionario de la ONU, quienes le hicieron la sugerencia al presidente deben ser expulsados porque representan intereses oscuros o son incapaces de descubrirlos. Por aparte, calificar de chantaje la salida voluntaria de Thelma Aldana debería costar el puesto al vocero presidencial, porque cada persona puede escoger con quién trabaja y de salir cuando no esté de acuerdo con ideas absurdas y porque lo anunciado ayer explica el origen de ese absurdo.