Tierra Nuestra

Año 2019: El pueblo decide

Manuel Villacorta manuelvillacorta@yahoo.com

Termina el año 2018. ¿Qué implicó para los guatemaltecos ese año que se pierde en el pasado? Para millones de pobres —la mayoría de la población— fue otro año complicado y agobiante, un año más de resistir en medio de carencias y tribulaciones. El pobre se debate entre el desempleo y los escuálidos ingresos que ocasionalmente logra reunir. La prioridad siempre es la compra de alimentos, aun cuando no siempre se logra adquirir lo suficiente para alimentar a la familia. Los servicios públicos como la educación, la atención médica y la seguridad ciudadana, cada vez son más limitados, escuálidos e  inalcanzables. Para los campesinos, obreros o pobladores de las crecientes áreas marginales, la vida en Guatemala es un desafío indescriptible. Todos los organismos internacionales y los centros académicos del país coinciden en que la pobreza y la pobreza extrema crecieron aún más durante los últimos 12 meses. La cada vez más reducida clase media no queda exenta de ese fenómeno. La caída de sus ingresos reduce como consecuencia inmediata su calidad de vida. Y el desempleo —que no solo afecta a los millones de pobres— ha obligado a la clase media a establecer nuevos patrones de vida: cuidar a extremo los escasos recursos disponibles, restringir el consumo e incluso recurrir al hacinamiento familiar, hijos que retornan con sus cónyuges e hijos a las casas de sus padres, ante la incapacidad de pagar una hipoteca o una renta. Y es que además del desempleo estructural vigente en Guatemala, hoy vivimos en medio de una agobiante incertidumbre laboral, en donde los bajos salarios, la ausencia de contratos y los cada vez más escasos beneficios laborales anteriormente existentes, restan certeza y seguridad para los trabajadores, quienes se debaten en una angustia cada vez más frecuente.

Es evidente que el gran empresariado nacional no considera lo anterior como problema propio, básicamente por esa lógica restrictiva que les anima a reducir sus costos operativos y buscar el beneficio financiero como prioridad. Para este sector sus objetivos inmediatos son radicalmente otros. A ello hay que agregar la incompetencia e irresponsabilidad del gobierno de turno que —al igual que los anteriores— carece absolutamente de una agenda de Estado y, por tanto, de verdaderas políticas públicas con orientación social. A la cada vez menor inversión pública hay que sumar la incompetencia gubernativa y la persistente corrupción. Pareciera ser que la población genera una dinámica social en donde no es ya necesaria la existencia del gobierno. Y es que, de hecho, nadie espera nada del mismo. Hay un divorcio entre el gobierno y el pueblo. ¿Una muestra de ello? ¿Podría usted, apreciado lector, exponer los nombres de tan solo tres ministros y explicar la política ministerial mínima que dicen ejecutar? Seguramente responder le será difícil. Y un pueblo que desconoce quién lo “gobierna” está condenado al fracaso.

Guatemala —a futuro inmediato— no puede persistir en medio de la indiferencia social e incluso la anomia colectiva. La pobreza, el desempleo, la inseguridad ciudadana y la corrupción son infecciones sociales que tienden a agravarse constantemente. Necesitamos más responsabilidad social, más organización y más participación ciudadana. Las próximas elecciones son quizá nuestra última oportunidad para evitar el colapso definitivo. La batalla entre la partidocracia corrupta y un nuevo liderazgo político en el país está latente. A partir de enero próximo se inicia de hecho el proceso electoral. Oportunidad política trascendental para que el ciudadano decida su futuro.

manuelvillacorta@yahoo.com