Catalejo

Belia, la columnista del mensaje íntimo

Mario Antonio Sandoval

Hace algunos días, una persona muy querida por mí desde hace décadas  anunció su retiro de las páginas de Prensa Libre. Se trata de Belia Pinto de Meneses, quien durante 60 años escribió con el seudónimo de Mensajes Íntimos una de las columnas más interesantes de la historia de este periódico y, en general, de la prensa guatemalteca.  Si bien en otros países son relativamente comunes ese tipo de mensajes dirigidos a una persona en particular, pero interesantes para otras por referirse a problemas de muchas vidas,  especialmente  de mujeres, la manera tan única de ella al expresarse con toda propiedad, así como la profundidad de los mensajes escogidos durante estas seis décadas   hicieron despertar el interés de lectores de todas las edades.

Belia es, fue y seguirá siendo no solo una dama, sino alguien dispuesta a escuchar, a dar consejos basados en una sólida base ética y moral, expresada desde la perspectiva del laicismo bien entendido. No fueron mensajes religiosos en el sentido de proselitismo para determinado grupo, sino porque permanecieron siempre dentro de los cánones del mensaje cristiano, entendida esta palabra en su sentido general de seguidores de Cristo, no de propagandistas de una religión o secta, sobre todo. Basta con abrir cualquier parte del libro con la recopilación de sus columnas para comprobar esto con creces. Y me imagino cuántas personas anónimas se beneficiaron y se seguirán beneficiando, porque los temas de los textos resultan ser sempiternos.

En esta columna de hoy se entrecruzan emociones. Por un lado, lamentar el fin de una columna y, por otro, aceptar el bien ganado retiro y dejar de ejercer la disciplina de escoger el tema. Belia, con sus Mensajes Íntimos, demostró durante seis décadas cómo el buen periodismo se puede manifestar en tantas formas y por ello tuvo siempre una legión de lectores muy diferente a aquellos interesados en la temática normal de las columnas. Escribir como ella lo hizo es difícil porque se debe ser moral sin llegar al panfleterismo y porque muchas veces el mensaje laico es más sólido, a causa de provenir de alguien a quien se le percibe como más cercano. Son miles, creo, quienes la recuerdan como alguien cuyos criterios los beneficiaron en etapas difíciles de sus vidas.

Ya en lo personal, Belia me hace recordar mi lejana infancia. Ella trabajaba durante los cincuentas en la vieja redacción de Prensa Libre, y decidió un día —sin duda para tener quieto a un patojo de nueve o diez años, inquieto hasta ser jodón— contratarme para ayudarla en sus tareas sellando las facturas del periódico, por lo cual mi salario era de 25 centavos, cifra muy alta en esos tiempos… Siempre hemos recordado con Belia esa anécdota. De hecho se constituyó en mi segunda patrona, porque mi mamá, María Inés de Sandoval, también me contrataba por 15 centavos diarios para limpiar los vidrios y barrer todos los días el corredor y el zaguán y también recoger las hojas de los naranjales del patio de la vieja casa, pero –eso sí — con el pago del séptimo día.

Pasados los años comenzó mi admiración por su forma tan emotiva de escribir. Jamás podría yo hacerlo igual. Y lo reitero: me imagino la cantidad de personas a quienes esos Mensajes Íntimos han ayudado a resolver algún problema personal. Con seguridad esas frases de Belia han contribuido a llevar paz a corazones, a sobreponer el dolor de tragedias, a tomar decisiones difíciles, a ver las cosas desde perspectivas diferentes. Belia pertenece ya a la larga, complicada, variada y tantas veces trágica historia del periodismo nacional. Al decirle adiós, le agradezco por su tarea realizada y al mismo tiempo la insto a gozar plenamente de hoy en adelante, ya sin el dulce yugo de la hora de cierre. Su obra está allí, lista para quien quiera conocerla y admirarla.