Catalejo

Castillo Armas: 60 años después

Mario Antonio Sandoval

Hoy hace 60 años, en un corredor de la casa presidencial, fue asesinado Carlos Castillo Armas, protagonista del último magnicidio presidencial del país. Muy pocos guatemaltecos de hoy recordarán la fecha, por tratarse de un personaje histórico naufragado en el olvido, como prácticamente todos los protagonistas de la historia del país, la cual es desconocida y ha sido, malintencionadamente interpretada y explicada. A doce lustros de distancia, se debe hacer un honesto esfuerzo intelectual por colocarlo en el lugar donde debe estar, con sus errores y sus aciertos, y con la inevitable influencia de los sucesos histórico-político-ideológicos de la Guerra Fría, de la realidad geográfica del país y de sus complicados acontecimientos internos.

Los gobernantes entre 1945 y 1957 fueron Juan José Arévalo, Jacobo Árbenz Guzmán y Carlos Castillo Armas, a quienes se les puede criticar y alabar por muchas razones, dependientes del punto de vista de cada quien. Pero los hermana una circunstancia sin duda positiva y muy importante en estas seis décadas pasadas: no fueron corruptos ni se enriquecieron a la sombra del poder. A Arévalo lo señalaron absurdamente de corrupto porque según sus acusadores había enviado unas bolsas de cemento del gobierno para la construcción de una casa situada al final de la 9ª avenida de la zona 1. Era un país pobre, con muy pocos ingresos gubernativos, pero sus gobernantes y funcionarios no llegaban al pillaje descarado de las últimas décadas y lustros.

El 90% de los guatemaltecos de hoy no habían nacido cuando ocurrió el asesinato. Y los adultos entre 18 y 25 años no deben pasar del 1%. El cadáver fue llevado al salón principal del Palacio Nacional, donde llegaron a despedirlo miles de personas, sobre todo de clases populares. Mi abuelita me llevó y recuerdo a la gente llorando sobre el vidrio del sombraataúd y colocando monedas para ayudar a los gastos del funeral, como se hacía en los pueblos. Al día siguiente, encaramado en una rama de los árboles de la 20 calle, observé con asombro de niño de diez años el paso del féretro, halado por un jeep militar, y el caballo negro con las botas colocadas con los talones hacia el frente, vacías. Es uno de los recuerdos más vividos de mis tiempos de primaria.

Castillo Armas es una figura controversial. Ha sido vilipendiado y admirado, pero ambas posiciones se han ido borrando en la bruma del olvido causado por los enormes cambios ocurridos en el mundo y por ello también en Guatemala. Es curioso: el asesinato ocurrió exactamente cuatro años después del ataque al cuartel Mocada, en Cuba, por los hombres de Fidel Castro, con lo cual de hecho comenzó la etapa histórica, del castrismo, aun no terminada y con mucha relación con América Latina y Guatemala. La distancia en el tiempo permite un análisis sin tanta emotividad irreflexiva e irracional. La Historia se convierte en un juez inapelable cuando se le permite trabajar con balance porque las pasiones de determinados momentos o etapas desaparecen o pierden importancia.

Este asesinato marcó mucho del futuro. El crimen evidentemente fue originado desde adentro del régimen y se culpó a un soldado, Romeo Vásquez Sánchez, quien convenientemente se suicidó con su rifle luego de asesinar al presidente y después resultó tener un diario con ideas comunistas. Desde entonces pocos creyeron la absurda versión, luego compaginada con una venganza del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo, asesinado cuatro años después en Santo Domingo. La fecha de hoy debe servir para despertar el interés de quienes desean conocer siquiera algo de la historia guatemalteca para entender las raíces de los problemas y de la tragedia política actual, sobre todo en sus orígenes y desarrollo internos.