Liberal sin neo

Cisne negro

Fritz Thomas fritzmthomas@gmail.com

La más antigua conocida ocurrencia de la frase “cisne negro” proviene del poeta romano Juvenal, del siglo II, y con el tiempo cobró vigencia para referirse a un evento imposible. En 1697, exploradores holandeses se convirtieron en los primeros europeos en avistar cisnes negros, en Australia. El término morfó a connotar la idea de que una percibida imposibilidad podría llegar a ocurrir. La observación de un solo cisne negro puede desarmar la lógica de todo un sistema de pensamiento.

La moderna teoría de cisne negro o de eventos cisne negro fue desarrollada por Nassim Nicholas Taleb, como “una metáfora que se refiere a eventos inesperados de gran magnitud y consecuencia y su papel dominante en la historia”. Considera que grandes descubrimientos científicos y eventos históricos son cisnes negros, improbables e impredecibles. Algunos ejemplos serían el surgimiento de la computadora personal e internet, o el colapso de la Unión Soviética y los ataques terroristas de septiembre 11.

El coronavirus o covid 19 y sus secuelas globales constituyen un cisne negro. Tomó a los expertos y al mundo por sorpresa y está teniendo impacto de gran magnitud. El coronavirus representa más que un peligro para la salud; está pasando factura a la actividad productiva global. Los expertos analistas han estado pronosticando que el boom que experimentaba la economía global, liderado por las economías de EE. UU. y China, estaría por llegar a su fin para entrar a una recesión. Países como Japón y Alemania ya estaban dando muestras de desaceleración. Pero se pensaba que el detonante de la desaceleración económica sería la guerra comercial entre EE. UU. y China, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el agotamiento de los efectos de la política monetaria expansiva de los bancos centrales, la incertidumbre por la elección presidencial en EE. UU. o el masivo desplazamiento de refugiados y migrantes hacia Europa. Una pandemia por un virus originado en Wuhan, China, no figuraba en las pantallas de los oráculos y analistas.

El coronavirus está provocando efectos económicos en cascada. Ha interrumpido el movimiento de personas y mercancías, afectando el turismo, manufactura, comercio y la actividad productiva en general, desde encuentros deportivos, espectáculos, congresos, seminarios, ferias comerciales y, especialmente, la inversión, que es ahuyentada por la incertidumbre. El lunes pasado se desplomaron los precios de las acciones en las principales bolsas del mundo; el índice Dow Jones, referente global, perdió más de 7.8% de su valor en un día. Esto se sumó a las pérdidas de la semana anterior para una caída de 19.2% desde su punto alto del 12 de febrero. Esta caída representa pérdidas de valor de miles de millones de dólares, solo en las 30 empresas que integran el índice. Ese mismo día el precio del petróleo cayó 30%. El martes, el índice Dow Jones subió 4.9%, el aumento más grande en un solo día que ha tenido en su historia. No es seguro que se asentará una recesión económica en EE. UU. y China, arrastrando al mundo, pero habrá mucha volatilidad en los mercados financieros.

Una luz al final del túnel podría ser que se lograra estabilizar el virus a corto plazo, como ya sucedió en China, donde son pocos los casos nuevos de contagio y muerte. Sin cambios económicos fundamentales más allá del pánico y la incertidumbre pasajera, los mercados financieros y la actividad productiva podrían recuperarse rápidamente. Creo que los eventos recientes han abierto la puerta a una etapa de mucha incertidumbre. Pasará, así como eventualmente aparecerá otro cisne negro.