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De la concentración del poder a la libertad

Jorge Jacobs Fb/jjliber

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Con pocos días de diferencia pudimos ver cómo se dieron dos acciones políticas muy distintas que nos pueden dejar lecciones interesantes. Por un lado, Nayib Bukele tomó el poder casi total en El Salvador, y por el otro, Isabel Díaz Ayuso arrasó en las elecciones de la Comunidad de Madrid con un mensaje de libertad.

El enfrentamiento de Bukele con el poder Judicial se incrementó a raíz de las restricciones que impuso para controlar la pandemia, de las más estrictas del mundo, con miles de personas detenidas por “incumplimiento” de la cuarentena domiciliaria. La Sala de lo Constitucional ordenó el cese de estas detenciones, el primero de muchos frenos a decretos y medidas de emergencia del Ejecutivo por el coronavirus. Los ataques del presidente contra los magistrados no han cesado desde entonces.

Los sucesos del sábado, la destitución del fiscal sin seguir el debido proceso, pese a su amoralidad, y la destitución de la Sala de lo Constitucional, señalan la intención de Bukele de pasar por encima de las leyes, sin mayores controles.

Estos experimentos de acumulación desmedida y descontrolada de poder suelen terminar mal. Sin embargo, hay que entender que este es un resultado normal de la “democracia”. De allí la importancia de comprender la diferencia entre una democracia y una república.

En una democracia, tarde o temprano el populismo se hará del poder total, que es lo que el sistema republicano busca evitar a través del sistema de pesos y contrapesos, y el respeto irrestricto a la ley y al estado de Derecho. Todo esto lleva un proceso, que en el caso del país vecino se originó con una serie de gobiernos extremadamente corruptos que llevaron al hartazgo a la población, que fue fácil presa de quien les endulzó el oído con el mensaje del “cambio”. No es muy distinto del proceso que llevó a Hugo Chávez al poder en Venezuela, por ejemplo.

Hay que reconocerle a Bukele que, como buen populista, es muy buen comunicador, pero también hay que entender que esa es una de las marcas de los populistas: desde Julio César hasta la fecha, la historia está llena de ejemplos de populistas que le endulzaron el oído a la población para llegar al poder, solo para luego darse la vuelta y utilizar ese poder contra los mismos ciudadanos que se lo dieron.

Lo peor de todo es que el populismo es contagioso y podemos ver cómo en Guatemala muchos admiran lo que ha hecho Bukele, y seguramente animarían el surgimiento de una figura similar acá, exactamente por los mismos motivos: la corrupción rampante en la mayoría de los gobiernos recientes.

Mientras que, del otro lado del charco, veo la victoria de Isabel Díaz Ayuso como un reconocimiento a la labor de su administración, en la cual no solo han bajado los impuestos, quitado regulaciones y vuelto más eficiente al gobierno regional, sino que, además, durante la pandemia fueron la región que más se opuso a las restricciones más severas, para permitir que los habitantes de la región pudieran mantener sus actividades.

Es un mensaje de esperanza de que no todas las personas se dejan llevar por los discursos populistas, y que cuando pueden comparar los resultados prefieren la libertad que los cantos de sirenas de los estatistas. Es impresionante el cambio que se dio de una elección a otra, en apenas dos años de buena gestión, al grado de que Díaz Ayuso le sacó más del triple de votos a su rival más cercano. Y, a pesar de que allá también le dieron una mayoría bastante grande en el parlamento regional, existen los controles para que no puedan arrogarse todo el poder, como lo está haciendo Bukele. Todo lo contrario, Díaz Ayuso arrasó con un llamado a la libertad y al respeto de todos.