Pluma invitada

El triunfo de Bukele y las lecciones para Guatemala

No hubo sorpresa. Nayib Bukele, candidato de la Gran Alianza por la Unidad Nacional (Gana), venció cómodamente y en primera vuelta, con el 53%, en las elecciones salvadoreñas del pasado domingo, caracterizadas por su normalidad y una muy baja participación electoral (51%).

Con un mensaje sencillo y a ritmo de un rap pegajoso: “Que devuelvan lo robado, que devuelvan lo robado”, sacó provecho del marcado enojo de la ciudadanía con la vieja política, la falta de resultados de un gobierno desgastado, el desprestigio de los partidos que gobernaron al país durante las últimas tres décadas —el izquierdista y oficialista FMLN y el opositor y derechista Arena—, los graves escándalos de corrupción y altos niveles de inseguridad.

Similar a otros procesos recientes en América Latina —México y Brasil, entre otros—, este caldo de cultivo facilitó la irrupción de un candidato con un discurso anti-establishment, quien apoyado en su carisma y juventud —37 años—, su trayectoria como exalcalde de San Salvador (2015-2018) dentro de las filas del FMLN, del cual fue expulsado, su experiencia como publicista y un uso inteligente e intensivo de las redes sociales enterró el bipartidismo y sentenció el fin a la etapa de la posguerra.

Sin embargo, y pese a este contundente triunfo —logró más votos que los de Arena, 31%, y del FMLN, 14%, juntos—, Bukele enfrentará importantes desafíos, entre ellos cumplir con las grandes expectativas generadas durante la campaña, formar un buen equipo de gobierno y construir gobernabilidad mediante acuerdos, debido al débil respaldo que tendrá en la Asamblea Legislativa.

Este resultado representa, asimismo, una nueva y significativa derrota de la izquierda en la región, que debilita aún más al ALBA y que provocará importantes cambios en la política exterior más crítica del nuevo gobierno con los regímenes autoritarios de Ortega en Nicaragua, a quien Bukele equiparó con Somoza, y de Maduro en Venezuela, a quien calificó de dictador, en un momento en que ambos atraviesan por graves crisis de legitimidad y un fuerte aislamiento internacional. Asimismo, este triunfo podría llegar a repercutir positivamente en la lucha contra la corrupción no solo en El Salvador —Bukele propuso durante la campaña establecer una comisión sobre el tema similar a la Cicig—, sino en Centroamérica.

Resumiendo: el mensaje central que enviaron los ciudadanos en esta elección es: “fuera lo viejo, bienvenido lo nuevo”. Pero el mismo encierra una paradoja: un presidente que llega al poder gracias a un discurso en contra de la vieja política y de los partidos tradicionales necesitará, para gobernar, lograr acuerdos con esos mismos partidos, ya que son estos quienes tienen, al menos hasta 2021, el control de la Asamblea Legislativa. Tamaño desafío.

En el caso concreto de Guatemala, el triunfo de Bukele debe ser analizado con suma atención, ya que del mismo se desprenden similitudes e importantes lecciones, entre ellas, el estado de enojo ciudadano con un gobierno que no cumple sus promesas ni ofrece resultados, el malestar con las élites políticas tradicionales, la importancia de fortalecer la lucha contra la corrupción y la inseguridad, el riesgo de que el proceso electoral se vea afectado por un alto abstencionismo, así como la necesidad de escoger líderes políticos que tengan la capacidad y el compromiso ético, para ejercer sus cargos con idoneidad y responsabilidad. Lamentablemente, Guatemala se ha equivocado, con bastante frecuencia, a la hora de escoger a sus mandatarios: tanto el exgeneral como el comediante resultaron ser un rotundo fracaso. Llegó la hora de elegir bien.

*Director regional de IDEA Internacional