Presto non troppo

Hacia realidades más felices para el arte

Paulo Alvaradopresto_non_troppo@yahoo.com

Resulta interesante constatar que los productos culturales nos sirven para presumir lo talentosos que somos los guatemaltecos y las guatemaltecas. Desde el artesano rural que fabrica piezas naif, por ejemplo, hasta el artista cosmopolita que expone en una galería de zona elegante en la ciudad capital, es fácil que nos llenemos la boca con jactancias acerca de lo dotados que somos para la creación artística.

Nomás que… cuando se trata de apoyar económicamente a quien busca dedicarse al arte como medio de vida, los elogios se visten de escepticismo. A los primeros a quienes asalta la duda es a los cercanos; ¿será que el muchacho de veras podrá sobrevivir pintando cuadros? Más adelante sale a relucir la altanería de los encopetados que le compran uno de sus cuadros sólo porque aquel pintor se ha puesto de moda. Claro, a esos compradores les sirve ostentar una supuesta generosidad, un mecenazgo de ocasión, un auspicio que no es desinteresado, porque esperan algo sustancioso a cambio. Y esto, en el ámbito de las artes visuales tradicionales, debido a que los pintores y los escultores crean artículos tangibles, que un adquiriente puede usar como un complemento para la sala de su casa, para el lobby de su oficina, para su pinacoteca personal, más o menos accesible.

El asunto se torna todavía más dificultoso en el ámbito de lo escénico. ¿Pagar por una grabación de un concierto, o de una función de danza, o de una obra de teatro? La venta al menudeo, de un disco por aquí, de un video por allá, es poca cosa cuando se compara con el costo de un óleo, de la prueba de autor de un grabado, de un mármol, de un bronce.

Sin embargo, molestar la paciencia del lector no es para nada la intención de estas líneas. Sencillamente quisiéramos contribuir a empujar los hechos hacia realidades más felices, en las que muchos autores, muchas autoras, de composiciones musicales, dramas literarios, coreografías, películas, poemarios, novelas y toda suerte de trabajos pictóricos y de la plástica, recibieran el reconocimiento material adecuado a la alta calidad de su producción. Por eso caemos en la reiteración de lo mencionado una y otra vez en este espacio, en cuanto a la comprensión tan por completo ausente del imaginario nacional, que consiste en valorar la prolífera y meritoria producción simbólica de una Guatemala ignorada y, por desgracia, asaz menospreciada. O, ¿es que nos viene tan incómodo e imposible concebir que esta nación podría mover utilidades formales muy apreciables si considerara el arte y los artefactos culturales desde puntos de vista muy diferentes? Verdaderos productos de una verdadera cultura económica y, a la vez, impulsores de un desarrollo que se pueda tasar en términos de un bienestar material palpable.

Como siempre, en la actual coyuntura nacional, en que gradualmente se hacen evidentes las campañas propagandísticas –subliminales o abiertas– para puestos de elección pública, no se ven propuestas orientadas a transformar el sustento físico del arte guatemalteco. Como siempre, las disciplinas de expresión estética son las últimas en recibir la atención de los políticos. Como siempre también son las primeras en desaparecer de los presupuestos y las previsiones sociales cuando se invocan razones tales como prioridad, urgencia, austeridad, eficiencia y honestidad en el gasto público. ¿Es la de nunca acabar? Queremos creer que no. Pero esta fe tiene que estar respaldada y alimentada por los hechos concretos. De poco servirán las quejas y las protestas si no hay programas políticos en serio para darle vuelta al panorama del arte en el país.