Hagamos la diferencia

Impacto al regresar

Publicado el

Cuando por diversas razones salimos algunos días del país, al ingresar a nuestra tierra inevitablemente sufrimos un shock al observar las condiciones de la infraestructura. Si venimos por vía aérea, en específico por medio del aeropuerto Internacional La Aurora, después de haber estado en otros aeropuertos, se percibe una sensación de soledad y de abandono, las instalaciones están sucias, con basura en el piso, basureros improvisados, servicios sanitarios sucios, pestilentes e inoperantes y/o chapuceados (como decimos los chapines). Se observa una pobre actitud de los empleados de Migración y Aduanas, vestimenta anticuada, desgano, y una evidente prepotencia. Las instrucciones de los formularios a llenar para ingresar son contradictorias, el diseño es para entregar uno por familia -así lo indican algunas líneas aéreas a sus clientes-, pero al llegar a ventanilla indican que es uno por persona, creando el enfado de los viajeros, al tener que regresar a buscar más formularios y llenarlos, pues en la ventanilla no los proporcionan. Al ingresar a migración las decoraciones son inadecuadas, solo se observan unas descoloridas imágenes colocadas por el Instituto Guatemalteco de Turismo. Al recoger el equipaje las fajas “rechinan” o no están funcionando, evidenciando su falta de mantenimiento. Las personas que acompañan a los viajeros para el abordaje o que llegan para recibirlos no pueden ingresar a las instalaciones; deben esperar afuera, sin un lugar adecuado y limpio, sufriendo las inclemencias climáticas, lo cual es inhumano, sobre todo para personas de edad avanzada o con discapacidades, especialmente cuando hay retraso en los vuelos. Vendedores informales han inundado el lugar de salida y también, en el segundo piso, el de entrada para el abordaje a los aviones, creando un ambiente de desorden.

Al salir del aeropuerto a las calles se percibe un ambiente caótico, se siente uno encajonado por lo estrecho de las mismas. El desorden y la cantidad de cables en los postes, aparentemente sin un orden, muestran un espectáculo denigrante de la ciudad; se puede llegar a contar hasta 60 cables en algunas vías como la calzada San Juan. La comparación que mentalmente uno realiza con otras ciudades nos hace pensar que vivimos primitivamente, y eso que estamos en la ciudad más grande y moderna del país, no digamos si después nos trasladamos al área rural. El caos vehicular es otro fenómeno que impacta al estar inmerso dentro del tránsito, los vehículos y motos se mueven como si no existiera ningún reglamento de tránsito; al parecer, cada quien hace lo que quiere, al tomar sus decisiones sin ningún orden aparente.

Pero luego llega la agradable sensación de estar de nuevo en el hogar, “dulce hogar”, nos vamos de nuevo acostumbrando a la realidad, olvidamos las grotescas comparaciones realizadas, una sensación especial de paz y tranquilidad inunda nuestro cuerpo. En esos momentos recordamos que vivimos en un país con libertades y privilegiado en muchos aspectos, sobre todo el natural y el posicionamiento geográfico, un país con alto potencial, uno de los 19 megadiversos a nivel mundial, con más de 360 microclimas, con 37 volcanes, más de tres mil sitios arqueológicos, cinco lagos, con una eterna primavera en promedio de 20 grados centígrados, con siete biomas, 25 idiomas, tres patrimonios de la humanidad Unesco, cuatro patrimonios inmateriales Unesco, tres reservas de biosfera, siete humedales Ramsar, 320 áreas protegidas, más de 10 mil especies de flora, 720 aves, 245 reptiles, 147 anfibios, 1,033 peces y 244 mamíferos. Con potencial energético eólico, solar, hídrico y geotérmico. Y de nuevo vuelve la esperanza al saber que en un futuro no lejano las condiciones cambiarán. El potencial existe, solo falta convicción de ser mejores,y priorizar la educación, infraestructura y el bien común.