Aleph

La buena educación

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

Cuando veo que se celebra a quienes roban, violan y corrompen, y se tacha de tontos —para ser más exacta, de “mulas”— a quienes son honestos y siguen las reglas del bien común y la convivencia digna, entiendo por qué seguimos siendo país subdesarrollado y tercermundista. Somos el feudo de las “buenas cunas”, donde los buenos cuneros se casan entre sí porque son gente “educada” de la misma manera.

A lo mejor no lo sabíamos, pero para algunos la buena educación tiene más que ver con encajes que con principios, desarrollo del pensamiento crítico y solidaridad humana. Tanto así, que cuando 56 niñas y adolescentes se quemaron vivas en el Hogar del Estado que estaba llamado a protegerlas, mucha gente bien educada agradeció públicamente en las redes que esas adolescentes de 12, 15 o 17 años se murieran. Muchos títulos de gente educada terminan valiendo más que la conciencia de quien se es y del país en el cual vive. Y cómo no, si aprendimos que las buenas maneras abren más puertas que la razón y los principios, aunque esas buenas maneras escondan a veces asesinos, ladrones, violadores o corruptos. Es que la educación no pelea con nadie. Tan particular es la concepción guatemalteca sobre el fin y sentido de la educación, que hasta nos damos el lujo de tener diputados en el Congreso con la ortografía de un niño de preprimaria y los principios de los cuarenta ladrones de Alí Babá.

Gracias a la buena educación tenemos hoy en el país unos 15 mil pandilleros, y solo en el 2018 vimos a 28 mil niños, niñas y adolescentes migrantes retornados, detenidos o deportados desde México y Estados Unidos (Ciprodeni). Gracias a la buena educación de quienes nos han gobernado y han imaginado este país, uno de cada dos niños y niñas menores de 5 años están crónicamente desnutridos. La noticia es que en 15 departamentos hay niños y niñas que están en riesgo de desnutrición aguda, lo cual quiere decir que esto afectará directamente sus posibilidades de responder adecuadamente al hecho educativo. La necesidad es real, pero nunca se ha tenido el sentido de urgencia que esto precisa. Gracias a la buena educación hubo más de 90 mil niñas y adolescentes embarazadas en el 2018 en Guatemala. Y tanto nos importa la educación, que a los 800 mil dentro del rango de 13 a 18 años que no están en el sistema educativo se sumaron otros 900 mil de entre 18 y 24 años. Esa fue la cifra conservadora que manejó el mismo ministro de Educación hace dos años: 1 millón 700 mil adolescentes y jóvenes fuera del sistema educativo. Una bomba de tiempo. Según el Icefi, hay 4.7 millones de niñas, niños y adolescentes que siguen sin recibir educación, sobre todo en departamentos del área rural, donde hay mayor población indígena.

En toda la historia de Guatemala, el único presidente que realmente se ha interesado por la educación y los problemas educativos del país ha sido Juan José Arévalo. De allí que la política educativa y las escuelas tipo federación de aquellos años, que surgieron como reacción a las escuelas para la dictadura, marcaran un hito en la historia de la educación de Guatemala. La educación posterior vino luego vestida de domesticación y doctrina, muy lejos de su sentido esencial y profundo. Pero más allá de la educación formal, quería hablar de la buena educación en general. De esa que significa asombro, descubrimiento, libertad de pensamiento y expresión, e invita a ser mejor persona con otras para el cruce de saberes.

Cuando veo a tanta gente tan educada de Guatemala, tan dispuesta a odiar y matar para encubrir o borrar lo “distinto”, “lo sucio” y “lo feo”, pienso que hemos entendido más la educación como estética, urbanidad y mano de obra, que como el acto liberador que puede llegar a ser.