Presto non troppo

Las voces en este desierto

Comienza el año. Año electoral. Mañana lunes estaremos justo a 365 días del traspaso presidencial programado para 2020. Las voces suenan, vienen sonando hace rato. Unas dicen que no llegaremos, que todo está puesto para una enésima ruptura del orden constitucional e incluso anhelan que eso suceda. Otras dicen que es importante llegar sin más tropiezos, haciendo gala de una paciencia que, en guatemalteco, significa inactividad. La mayoría, sin propuesta concreta. Todas, sin acciones eficaces. En eso ostentamos una larga práctica: hacer gala de celeridad al momento de quejarnos, no así al momento de meter el hombro y resolver.

Obviamente, el problema es complejo y no es de ahora. Si somos mínimamente honestos, tendremos que reconocer que se echaron las bases de todo este desastre desde la época en que unos cuantos aventureros, con cierta superioridad tecnológica y una desesperación por escapar a sus circunstancias socioeconómicas, se largaron de sus tierras allende el mar para venir a imponer un sistema nefasto en este lado del océano. La corrupción y la impunidad han marcado nuestra historia desde el primer momento. Lo que vivimos hoy no es más que la prolongación y profundización de los vicios de una sociedad predicada sobre la trampa y el engaño. Así, aunque mucho hablemos de la desfachatez de personajes innobles en la administración pública, no es sólo un puñado de pícaros con un poder descomunal e invencible, provenientes de otra galaxia. Es, ni más ni menos, el reflejo de una muchedumbre que no desea deshacerse de ellos para volver a una paz que nunca ha imperado, sino para tomar su lugar y aprovecharse de los beneficios que esos otros están usufructuando.

En el ámbito artístico, que no es en lo absoluto ajeno a esa contradicción, clama entonces en el desierto la voz de un amigo; de una amiga; de un grupo de colegas; de los trabajadores de la cultura y de los amantes del arte. ¡Debemos pronunciarnos! Correcto. ¡No podemos quedarnos esperando a ver qué pasa! Correcto. ¡Hay que actuar! Correcto. Pero… ¿por dónde y con qué? Nuestro legítimo derecho a la manifestación pública y, si es de mérito, a tomar medidas de hecho, no va de la mano con un proyecto a largo plazo, diseñado, madurado y consensuado. Somos, también los miembros del gremio artístico, hijos de lo coyuntural y de la procrastinación guatemalteca: no reaccionamos sino hasta que sentimos que la situación ya no se soporta. Encima, y salvo por los contados individuos que respetan la relevancia del arte para toda comunidad humana, el artista no pasa de ser un entretenedor, en el mejor de los casos; en el peor, un tonto útil. Útil a la propaganda del político, del comerciante y del místico, que se sirven del talento y de las habilidades para hacer más efectivo su proselitismo.

Estamos llamadas y llamados, quienes entendemos la importancia del sustento material de la actividad cultural, a no cesar en la producción artística, pese al severo desencanto que parece prevalecer tanto en el proceso de enseñanza y aprendizaje, como en el ejercicio profesional, en la investigación y en la divulgación. Para lo que atañe a este inicio del 2019, el desafío es el mismo que siempre hemos tenido que encarar. Transitar con la mayor integridad posible entre el riesgo de las grandes propuestas y la mera sobrevivencia. Ni desesperar, ni esperar hasta la hora postrera. Lo hemos dicho y lo diremos cien veces más: aun cuando el arte no necesariamente transforme al mundo, siempre nos dará las razones para transformarlo. La cabal comprensión de este presupuesto es nuestro punto de partida.